Palabras para Carilda Oliver Labra

De noche. Noche espléndida.

Estábamos en la terraza de un café, bajo el cielo de Matanzas. Había música. Sobre un estrado, una pequeña orquesta tocaba. Escritores extranjeros y algunos cubanos visitábamos la ciudad. Algunos bailaban, otros sentados conversaban, tomando un ron o un daiquiry. Soplaba el aire de fines de febrero. Yo no la conocía, nunca antes en persona la vi. Vestida con traje oscuro, esa noche la veía bailar.

Pese a tanto tiempo transcurrido, lo recuerdo. Como si la viera de nuevo moverse con gracia, echar la rubia cabeza hacia atrás, bailando en brazos del escritor Jaime Sarusky. El recuerdo voluntariamente agrega el verde de sus ojos. Tenía ya publicados dos o tres libros, que le dieron cierto renombre popular. Apenas la había leído. Conocía poco de sus poemas. Más de sus aventuras eróticas, aventuras y rumores. Bastaba pronunciar su nombre, musical y raro, Carilda Oliver Labra, para que la gente, exaltada, repitiera leyendas, inventara erotismos o dijera a medias alguna verdad.

Terminó de sonar aquel bolero, deteniéndose se separaron y se soltaron las manos. Fue un minuto oportuno. Me levanté de un salto de mi puesto de observación y avancé con rapidez. “Jaime, preséntame”. La veo mirarme, sonreír, tenderme la mano. Regresó la música y la invité a bailar un lento bolero que hablaba de un amor fatal.

Así empezó nuestra amistad, que duraría hasta su muerte. A los dos nos gustaba la noche. Éramos un par de noctámbulos en una ocasión propicia. Después, cuando comencé a leerla, encontré en su escritura la mención de la noche una y otra vez, de una noche enemiga, de una noche amistosa, la propicia y la atormentadora. Durante aquella que nos había propiciado encontrarnos, nos sentamos a conversar. Esta conversación no terminó, ninguna, a partir de su aparición, terminaría: quedaban pendientes, en el aire, en espera de reanudarse. Algo nos faltaba, un episodio de nuestras vidas por contar, un autor que citar, un poema que decirnos.

Regresé a La Habana y volví a Matanzas, múltiples veces volví. Iba en auto de alquiler colectivo. Ella fue a La Habana numerosas veces, del mismo modo o en guagua o como invitada oficial a un acto de cultura. Durante aquel primer encuentro nos dijimos donde vivíamos, el nombre de la calle, el número de la casa, lo distante que estaríamos a partir de esa noche inesperada, ella en una ciudad y yo en otra. Pero algo sirvió para comunicarnos, para oír de nuevo nuestras voces, la de Carilda matizada de entonaciones, salidas humorísticas o tristes. Ese algo fue el número de nuestros teléfonos.

No podría decir cuántas veces nos citamos por teléfono. Cuántas veces, siempre de noche, estuve en su casa. Cuántas caminé la Calzada de Tirry o un auto me llevó al número 81. Cuántas toqué en su puerta.

Como es costumbre, la primera vez que llegué, la casa o más bien la antigua mansión de los Oliver Labra, construcción de fines del 19, me sorprendió. Gran puerta claveteada, de doble hoja, grandes ventanas enrejadas, tres o tal vez cuatro, integraban la extensa fachada, de alto puntal.

Ella abrió una puerta pequeña, empotrada en la grande. Anduvimos por el zaguán, al que daba primero la sala, siempre y completamente cerrada, desde la partida y la muerte de sus padres, y terminaba después en la saleta, el lugar donde le gustaba a Carilda Oliver recibir sus visitas.

Su colección de gatos la acompañaba escondiéndose del desconocido, la primera vez tras los muebles, y luego, dejándose ver un poco, cuidadosos, asomando la cabeza de ojos pendencieros, y más tarde, tras la continuidad de mis visitas, saliendo con el ama a saludar al visitante.

Se subían a los sillones vacíos de la saleta, dormitaban o parecían escucharnos. Con las horas supe sus nombres, enfermedades, sus gustos, por qué le faltaba a uno un pedazo de oreja, por qué el otro era sordo o había nacido ciego. Conocí a Mini, grande, jaspeado, gato montés. Cuando leí las páginas que Carilda le dedicó, entre las mejores que escribiera en prosa, conocía de antemano a quien se referían: estaba frente a mí y nos mirábamos fijo.

En la saleta había una mesa de comedor, de madera pulimentada con un largo mantel blanco. Algunas noches comimos en esa mesa. Aprendió a cocinar ya casada con Hugo Ania Mercier. Sobre él, después de su muerte, escribiría algunos poemas, tres sonetos que admiro y casi me sé de memoria. Salíamos al largo patio, al que daban todas las piezas de la casa, pleno de jazmines, galanes de noche, sembrados en macetas, cuidados y florecidos. Ella me daba sus nombres, los mencionaba, se acercaba a olerlos y a acariciarlos. Los gatos iban detrás, dando saltos, corriendo. Comían sobre las losas, comían, guerreaban. La noche es la hora elegida en que maúllan y hacen el amor.

Durante estas visitas de implacables conversaciones, opiniones literarias, recuerdos y aventuras pasadas, confidencias acerca del modo en que escribíamos, durante ellas nos fuimos dando nuestros libros con tiernas y admirativas dedicatorias.

Duraban hasta las once o el inicio de la madrugada, cuando salíamos a la acera, frente a su casa, en busca de un auto que me devolviera a La Habana.

Pasados dos o tres días sonaba el teléfono. Siempre a las once de la noche. “Es Carilda”, me decía su voz, y reanudábamos el diálogo que la partida nos había interrumpido. Hablábamos una o dos horas. Nuestra vida pasaba por el hilo telefónico. Más que en su casa, entre el olor de las plantas del patio y el maullido de algún gato, le preguntaba sobre su vida con mayor intimidad e insistencia que en su propia saleta. Ella hacía lo mismo con la mía.

En una de esas llamadas, el teléfono parecía propiciar otras confidencias, me dijo que quería mandarme, siempre que antes me comprometiera a decirle con entera franqueza cuanto pensaba, una recopilación de sus cuentos. “¿Cuentos? ¿Tú escribes cuentos?”, exclamé estupefacto, y firmé verbalmente el compromiso.

A los pocos días llegaron por correo electrónico.

Quedaba roto uno de sus secretos, guardado a lo largo de cuarenta años. El primero estaba fechado en 1948. Eran ocho en total. Varias noches mi teléfono dejó de sonar. La poeta desplegaba su astucia: me daba tiempo de lectura.

Mantuve encendida la computadora. Debieron pasar tres días, más exactamente, tres noches. No sólo era nuestro hábito conversar, leíamos, escribíamos, trabajábamos en las horas propicias de la noche, hasta entrada la madrugada. La máquina marcaba ochenta páginas. Lo que sumaría el original.

Cuando terminé de leer y sugerirle pequeñas correcciones, como ella me había pedido que hiciera, fui yo entonces quien la llamé. Eran las once y diez cuando terminé de darle mi opinión. Carilda la había escuchado en el mayor de los silencios. “Sin tu ayuda no me atrevería a mostrar a nadie esos cuentos”.

Volvieron a su casa por correo electrónico.

Mi sorpresa se contagió de curiosidad. Me atrajeron aquellos ocho cuentos, bastante extensos, escondidos por tantos años, escritos en el silencio nocturno de su antigua casa matancera, ocultos de la publicidad, que a Carilda Oliver le resultaba ya difícil eludir. Sin duda, durante ese lapso y de vez en cuando, los escribía para sí misma. ¿Dónde los guardaría? ¿En qué pieza de su inmensa casa? ¿En un sobre, en un file, en una carpeta, mientras transcurría el tiempo?

Resulta habitual que un poeta, en algún momento de su labor, se sienta tentado por la prosa, su violento antagonista. Novelistas y dramaturgos excelentes tuvieron su inicio en la poesía, la abandonaron luego, o como en el caso de Carilda Oliver, la hicieron coincidir, a ella, absorbente y díscola, con el resto de su escritura. Si Carilda Oliver resulta semejante en tal coincidencia, no lo es en un punto novedoso e inquietante: el silencio, casi absoluto, sobre su quehacer antagónico.

No obstante y si se aceptan ciertos límites entre los géneros, si las formas literarias son antagónicas: cualquiera que haya escrito poemas sabe que de ese modo no se escribe un relato.

A medida que frecuentaba la poesía de Carilda Oliver, tras la lectura sorprendente de sus narraciones, y pese a las diferencias entre un género y otro, me aguardaban en el conjunto de los ocho cuentos, deliciosas relaciones, resonancias, prolongaciones, repetición de estructuras, principalmente en algunos sonetos y ciertos poemas extensos, el placer de las confluencias, a ratos contradictorias y otras veces complementarias, entre los cuentos desconocidos y su obra poética publicada.

A sus poemas amorosos y eróticos se unen o conjugan, prestan luces, se reflejan como en espejos dobles, varios de estos relatos. En el nombrado “La tarjeta”, que figura entre los breves y extraños, con un final inesperado, la protagonista parece imaginar al amante para amarlo por reminiscencia, mientras que en “Palomo verde”, uno de los mejores, la relación lograda de la pareja se refleja como celosía en la madre del protagonista. O en el relato, tan conseguido, “A la una de la tarde”, la relación sexual furtiva, narrada con franqueza verbal y acierto, termina en una transformación casi mágica, que propicia otra lectura: la de una realidad doble, entre lo imaginario y lo factible. Leer este cuento me acercó a momentos semejantes de su escritura poética, al poema “Elegía en abril” y a otro que ¿casualmente? se llama “Cuento”.

“Deida” y “La calle del Refugio”, me dieron a conocer una faceta de la poeta, cercana a la escritura fantástica. El primero, “Deida”, me gustaría colocarlo dentro de una tradición: la de la mujer impregnada de naturaleza, de la naturaleza como razón sentimental y no como paisaje, tradición en la que figuran otras dos escritoras cubanas, con textos un tanto más complejos pero similares: la Avellaneda de La hija de las flores y la Loynaz de Jardín.

En las tres, una pieza teatral y dos relatos, las protagonistas son adolescentes, ingenuas y rebeldes a la vez. Desde su mundo o condición completamente natural, semejantes a las Claudines de Colette, casi sin quererlo o proponérselo, realizan una crítica de la organización antinatural de la sociedad humana.

“La calle del Refugio” establece con “La tarjeta” un diálogo de semejanzas y de soluciones: ambas parten de un malentendido emocional. En “La calle del Refugio” se busca una compensación imaginaria a la frustración o la soledad amorosa.

No debo pasar por alto dos opiniones, una de ellas quizá resulte más grave que una opinión, con la que ahora, dentro de un instante, cerraré estas palabras.

Le dije a Carilda Oliver, bien por teléfono o en una de nuestras noches en las que mezclábamos secretos, penas, goces imposibles, ilusiones. Lo primero que le dije fue esto: junto a “Palomo verde” y “A la una de la tarde”, otro relato constituye tu trilogía de excelencias. Ese relato es “Mini”.

Imantado me dejó su lectura. Caminé por mi casa acompañado de ese gato montés que, sin embargo, murió de tristeza, al pie de su cama, cuando la narradora abandona la casa por unos meses para hacer un viaje. Relato escrito con seguridad y maestría, ritmo creciente e insospechadas soluciones. Parecido a las viñetas de animales de Jules Renard.

Terminada la lectura de “Mini” le agregué a la autora: nunca antes había visto un gato. Lo familiar se nos ha vuelto extraño, es decir, esencial. En nuestra cuentística sólo encuentro un relato equiparable: “Belisario” de Virgilio Piñera, donde figura un extraordinario tigre.

Finalmente la segunda cosa que le dije tal vez era una confesión o más que una confesión una decepción confiable: es una lástima que hayas escrito tan pocos cuentos. Aunque “Mini”, “Palomo verde” y “A la una de la tarde” puedan figurar, con mucha dignidad, en cualquier antología futura, si insistieras, Carilda, y a estos cuentos agregaras un puñado más, tendríamos en la narrativa cubana una cuentista excelente.

Con estos cuentos confeccionó un pequeño libro, al que le puso el nombre de uno de ellos “A la una de la tarde”. Le mandé o llevé una noche una nota preliminar que ella me pidió y aceptó complacida. De esa nota he tomado algunos apuntes. El libro apareció en 2004, por la editorial Letras Cubanas. Los años, con su inveterada mala costumbre, pasaron, siguieron pasando. Carilda Oliver Labra murió en este mismo 2018. Fui a acompañarla por última vez a Tirry 81. Tengo la ilusión de que se encuentre entre sus papeles póstumos un puñado de cuentos inéditos, ocultos, sin mencionar, escritos durante esto catorce años, como los ocho que me mandó una vez.

Muchas gracias por escucharme.

 

CARILDA MÁS ACÁ DEL POLVO

 

Roberto Méndez Martínez*

Yo soy uno de esos lectores que descubrió tardíamente la poesía de Carilda Oliver Labra. Quizá fue providencial. En los años de mi juventud temprana, cuando dividía mi admiración entre Rilke y T.S.Eliot, cuando volvía una y otra vez sobre la obra de Lezama, de Baquero, de Diego, libros como Al sur de mi garganta y Memoria de la fiebre, de haberse cruzado en mi camino, los hubiera visto apenas como curiosidades de otro tiempo. Piénsese que hablo de los años 70, cuando unos pocos, asqueados de la poesía oficial y oficiosa, mal soportada por un lenguaje arrancado del peor periodismo, nos refugiábamos en ciertas bibliotecas para leer los textos por entonces colocados en el Index: Primer libro de la ciudad, Toda la poesía, Escrito en las puertas, El justo tiempo humano. Nada de efusiones románticas, ni de poesía erótica femenina.

Recuerdo que por aquellos, mis años universitarios, se presentó en la Sala Hubert de Blanck una especie de revista musical concebida por Héctor Quintero con el título Algo muy serio, su humor grueso y su insospechada frivolidad mantuvieron la sala repleta por más de una temporada. En las primeras representaciones había una escena en la que una veterana actriz cómica, Juanita Caldevilla, parodiaba a las declamadoras de antaño. Ataviada con una especie de túnica griega y una enorme peluca llena de rizos, recitaba del modo más ridículo posible “Me desordeno, amor, me desordeno”. El público se desternillaba de la risa cuando ella hacía guiños y torcía los labios para decir el verso “Te toco con la punta de mi seno”. Creo que ni yo, ni casi nadie en el teatro, incluida la actriz y hasta el director sabían quién había escrito el poema. A mitad de temporada, el texto tuvo que ser sustituido por otro, escrito ad hoc. Se comentaba que la autora del poema ultrajado estaba viva, en Matanzas, se llamaba Carilda Oliver y que había amenazado al dramaturgo con ponerle una demanda judicial si no retiraba aquella apropiación irrespetuosa.

Llegué a conocerla, quizá tres lustros después, en Matanzas, cuando ella comenzaba a salir de aquella especie de ostracismo involuntario en su casa de la Calzada de Tirry 81, donde por años la rodearon el polvo y los fantasmas: el de su padre y su madre distantes, el agridulce de Hugo Ania Mercier. De repente, recobraba su lugar en la poesía y aunque la mimaban y cortejaban algunos escritores que eran sus coetáneos, había una generación mucho más joven ansiosa por acoger, aclamar y hasta aprender sus versos. De momento, una autora que hubiera podido colocarse de manera mecánica entre los creadores de los años 50 ganaba su verdadero lustre en las dos últimas décadas del siglo XX y hasta en la primera del siguiente.

Cuando me presentaron a la escritora, me sorprendió con su calidez, con su tranquila seguridad en sí misma, era evidente que en su interior la sobresaltaban malos recuerdos, amarguras, pero ella sabía dominarse y tratar a los demás con esa dignidad y altura del que ni siquiera se permite reconocer que tiene enemigos. Y eso que los tenía, y en número no despreciable. En una época de poetisas con la apariencia exterior de haber sido rescatadas de un naufragio, ella cuidaba su apariencia desde el cabello hasta las uñas. Era elegante hasta la extravagancia, pero eso mismo ocurría con su manera de situarse en el mundo y con una zona de sus versos. Yo aprendí pronto que si aquellos afeites podían parecer incómodos en un tiempo en que se sobrevaloraba el desaliño, bastaba con olvidarlos y mirarle directamente a los ojos, que eran profundos y a la vez sonrientes. En ellos brillaba con frecuencia una chispa de picardía.

Su apariencia me hizo pensar en otra figura de la poesía latinoamericana, la uruguaya Juana de Ibarbourou. Quizá ella constituyera un modelo en su juventud y prefiriera ese echar la belleza hacia afuera, hacer un desposorio entre la poesía y el espectáculo, con un divismo artístico de buena ley, aunque muy distante del estilo austero y aristocrático de Dulce María Loynaz o del áspero de la maestra y cónsul Gabriela Mistral.

Cuando aún no se hablaba de performances, Carilda hizo de la poesía algo performático. No leía sus versos como hacían casi todos hace treinta años, sentados en el suelo, huyendo de todo énfasis y con una especie de premura, como si debieran salir rápido de aquello para hacer algo más importante. Sus recitales eran un espectáculo, a los que ella debía llegar al menos una hora antes y encerrarse en un camerino o en el rincón que pudiera servirle de tal y preparar su interior y su exterior para el espectáculo. Ponía algo adicional en sus versos cuando los leía, un algo que ayudaría después a descifrar mejor las intenciones de la escritura. No temía la efusión sentimental, la confidencia y en sus textos más fuertemente eróticos había un elegante manejo del asunto, un límite artístico de buen gusto que no han sabido mantener sus múltiples imitadoras.

En una ocasión la vi hacer algo casi imposible para el resto de los poetas cubanos, incluidos los más grandes. Ofreció un recital de poesía al aire libre, en una enorme plaza de Holguín. El público era dilatado, pero apenas había un par de filas de intelectuales, reales o pretendidos, el resto eran en su mayoría eso que se dado en llamar “público en general”, lo que incluía a muchísimos estudiantes de la enseñanza media. Sola, en un enorme escenario, ella dirigió su lectura a las jóvenes, dialogó con ellas, les hizo confidencias, leyó algunos de sus textos más divulgados y también otros menos conocidos y, desde su butaca, mantuvo en vilo a los asistentes por más de una hora.

Creo que una clave de su escritura es haber asumido el neorromanticismo sin complejos de culpa, aunque por muchos años ese término fuera una mala palabra. Cuba es una de las naciones de América donde la expresión literaria nació verdaderamente con el Romanticismo y éste asumió cualidades especiales, se transformó en el Modernismo, pero no desapareció, nunca fue una asignatura vencida, se hizo peligrosamente popular en los libros de Hilarión Cabrisas, primero y luego en las múltiples ediciones de Oasis de José Angel Buesa, pero nutrió también Ala de Agustín Acosta, “Nocturno y elegía” de Ballagas, ciertos poemas de amor de Guillén, así como muchísimas páginas de Mirta Aguirre, Dulce María Loynaz, Fina García Marruz.

La Oliver supo asimilar el estilo coloquial que entre nosotros se inicia, quizá, con ciertos poemas de Tallet y con la “Conversación a mi padre” de Eugenio Florit, pero que es convertido en uso casi común por los autores de los años 50. Ella apela a la confesión directa, al tono arrebatado, pero también al giro cotidiano en el lenguaje, a la palabra de sabor prosaico, aún cuando esté resolviendo con virtuosismo un soneto. Aprovechó también ciertas lecciones de los autores del posmodernismo, como su coterráneo Agustín Acosta y aún del camagüeyano Felipe Pichardo Moya.

Casi todos se han fijado en su poesía amatoria, en la fluida facilidad de las décimas del “Canto a Matanzas”, sin embargo se recuerdan menos sus elegías, escritas con una sinceridad y llaneza que calan muy hondo, no solo las referidas a la pérdida de alguien cercano: “Elegía por Mercedes”, “La vecina muerta” -que nos hace pensar en “La amiga muerta” de Pichardo Moya- o en los estremecedores “Sonetos a mi padre” y “En vez de lágrima”: “Hugo Ania Mercier yo te quería…”, sino, sobre todo, aquellas dirigidas a sí misma, donde se mezclan la introspección, la ironía, la lucidez para descubrir el efecto devastador del tiempo, como se muestran en “Elegía por mi presencia” o esa otra de 1969 que comienza con una línea terrible: “Los besos se me han vuelto telarañas…” y el soneto de aliento quevedesco: “Yo no me enfermo de las casi hermosas / arrugas que prometen ser mi cara.” Hace pocos días el mundo literario y muchísimos amigos y admiradores han despedido a una poetisa que se ha querido ver como provocadora, feminista, exhibicionista en su erotismo, creo que las aguas tomarán su nivel y descubriremos pronto que se ha ido una de nuestras grandes elegíacas.

Mirta Aguirre escribió hace mucho tiempo que Sor Juana Inés de la Cruz fue una gran escritora que tuvo la desgracia de escribir el poema “Hombres necios que acusáis” porque esas fáciles redondillas hicieron que se olvidara el resto de su obra. Creo que a Carilda le sucedió con “Me desordeno..”, un poema juvenil – está fechado en 1946- que parece ocultar el resto de lo que vivió y escribió.

Guardo entre mis papeles un curioso plegable realizado por Ediciones Vigía que contiene un poema suyo. Yo estuve en esa presentación en aquella sala alta, en la esquina de la calle Río, donde entraban el aire y la luz por las ventanas para hacer más llevaderos aquellos días de 199…y tantos. En vez de firmar con un bolígrafo después de la presentación, fue armada con un lápiz labial de rojo intenso y estampó un beso en el sitio reservado a la rúbrica en cada ejemplar. A algunos se nos antojó frívolo o cursi el gesto, hoy quiero pensar que era un modo de sellar un pacto de amor con la poesía. A lo mejor comenzaba a despedirse, o lo estaba haciendo desde mucho antes, desde 1983, cuando escribió su soneto “Pensar que yo estaré muerta también” incluido en su libro Se me ha perdido un hombre:

Pensar que yo estaré muerta también,
tan muerta como tú, de otros comida;
en esa trampa donde al fin, cogida,
a contraluz me clave no sé quién.

Pensar que yo estaré muerta también
es algo que me tiene enternecida,
con ganas de decir: “sigo perdida,
no guardes esa mano ni esa sien,

espérame esta noche. Tuya. Amén.”
¿No ves que sueño con andar dormida
donde tus bromas de inocente estén?

¿No ves que yo te estaba prometida
y vuelvo a ti, quitándome esta vida,
porque ya has dicho con la tierra: ¡ven!?

 

* ROBERTO MÉNDEZ MARTÍNEZ (Camagüey, 1958) Poeta, ensayista y narrador. Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española. Tiene publicados más de cuarenta títulos. Su ensayo Plácido y el laberinto de la ilustración recibió el Premio Alejo Carpentier, 2017 y el Premio de la Crítica correspondiente a ese año.

 

Hacia una historia de la lengua española

Presentación del libro Hacia una historia de la lengua española,

de Marlen A. Domínguez Hernández

<… estudiar historia de la lengua no es una actividad de erudición,

sino de formación.>

Luis Álvarez (Prólogo).

por Margarita Vásquez Quirós,

Academia Panameña de la Lengua

Agradezco a Marlen Domínguez y a la Editorial Universitaria Félix Varela la oportunidad que me brindan para presentar el libro Hacia una historia de la lengua española. No soy más que lectora gozosa de los temas tratados en este libro, un poco temidos, en general, en estos tiempos, incluso en las universidades. Esto lo digo, y puedo dar fe de ello. Creo que hay aprensión, para no decir temor (y tengo que morderme la lengua para no llamarlo ignorancia). Nace en aquel que no las tiene todas consigo cuando se enfrenta al cambio; y, particularmente, a los cambios provocados en las lenguas por las necesidades comunicativas que atraviesan el tiempo y el uso.

Por lo mismo, tengo que imitar los versos de Andrés Laguna citados en el epígrafe del capítulo titulado <Generalidades>: pensando que sabemos mucho sobre el tema, pecamos por no querer saber más. Y porque la experiencia me dicta lo que digo y porque admiro el trabajo incansable de los maestros dedicados, quienes son los que más necesitan de este libro, aplaudo con entusiasmo la adecuación a la docencia de una refrescante bibliografía y la creación de materiales para la docencia filológica y lingüística, tarea que no es fácil y que aquí se logra con creces en quienes más lo agradecen: los estudiantes.

Confío y espero porque este libro anuncia para las universidades una dirección metodológica para la formación de personal capaz de documentar y registrar los cambios lingüísticos, la variación, la evolución del español, que, como sabemos, es la lengua oficial de veintitrés países a los que habría que sumar un grupo más de hablantes disgregados por el mundo. Este adiestramiento parte del análisis de textos o de la caracterización de las principales tendencias de transformación en nuestra lengua, con la posibilidad de compararlas con otros idiomas con los cuales convivimos en nuestra aldea global. Este libro, con su disciplinado sello magistral de la Historia, con su generosa entrega de bienes intangibles, proyecta a otros niveles de análisis los conocimientos gramaticales del español, el latín, las diferentes literaturas en lengua española (que, a su vez, arrastran consigo elementos culturales relacionados con la lingüística, la sociolingüística, la comprensión de la metodología de la investigación o la estilística y prepara para el análisis del discurso o la lexicografía). Leer más …

Llegada de Cira Romero a la Academia Cubana

 

 

Es un acierto notable la entrada de la investigadora literaria Cira Romero a la Academia Cubana de la Lengua, sorprende que no estuviera desde mucho tiempo antes en una de nuestras sillas. No se requieren aptitudes de adivinación para vaticinar que su presencia redundará un beneficio ante el cúmulo de tareas que solemos afrontar. Su currículo dispone de un respaldo inmediato en las estanterías de nuestras bibliotecas y librerías, beneficio para nuestra literatura colocado en las manos de los lectores. Ha trabajado con dedicación y ahínco sobre textos coloniales, republicanos y de la inmediatez. Antes de su llegada ya la contábamos como colaboradora en labores de gran empeño y necesidad, ediciones críticas y trazados periódicos imprescindibles.
De ese amplio abanico de obras y de autores trabajados por nuestra colega, se decidió por su estudio al narrador Lino Novás Calvo, con el cual entra en la Academia Cubana de la Lengua. Ningún otro autor requeriría mayor complejidad de observación, y para hacerla entre nosotros ningún analista más autorizado que ella. Su amplitud de intereses ha dado lecciones. Sin abandonar otros, ha profundizado en la narrativa del autor de Pedro Blanco, el negrero, en su desempeño como corresponsal de guerra en la República Española, y en la jefatura de información de la mítica revista Bohemia, a cuanto añadió traducciones que constituyeron benéficos regalos a nuestra cultura. Los textos de Novás Calvo recorrieron las más significativas publicaciones cubanas en la primera mitad del siglo xx, sin convertirlas en fijación a grupos y tendencias alejadas del aperturismo requerido por una cultura como la nuestra. Parece que en un conjunto desamorado alcanzó a ser la mano estrechada en tiempos de tormenta y una ilimitada voluntad de comunicación. Leer más …

Ingreso a la ACuL de Cira Romero Rodríguez

 

La Academia Cubana de la Lengua tiene el placer de informar que el acto de ingreso como su Miembro de Número, de la acuciosa investigadora de nuestra literatura, Cira Romero Rodríguez, será el lunes 10 de septiembre a las 3:00 p.m. en el teatro del Museo de Arte Colonial, ubicado en la Plaza de la Catedral. El mismo será de carácter público y solemne. Los títulos de los discursos de ingreso y de recibimiento son, respectivamente, “Lino Novás Calvo: entre la certeza y la incertidumbre” y “Lino Novás Calvo leído por Cira Romero”, a cargo del Académico de Número y Premio Nacional de Literatura, Reynaldo González Zamora.

JUNTA DE GOBIERNO

HOMENAJE AL ANIVERSARIO 165 DEL NATALICIO DE JOSÉ MARTÍ

HOMENAJE AL ANIVERSARIO 165 DEL NATALICIO DE JOSÉ MARTÍ

El próximo viernes 26 de enero a las dos de la tarde, la Academia Cubana de la Lengua rendirá homenaje al aniversario 165 del natalicio de José  Martí, primera acción de su plan conmemorativo por el sesquicentenario del inicio de las Guerras de Independencia, con un acto que se  efectuará en el Aula Magna del Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana. Las palabras iniciales estarán a cargo del historiador y pedagogo Dr. Eduardo Torres Cuevas,  Director de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí y Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua.  De gran interés resultará la lectura comentada de textos de José Martí por los académicos Elina Miranda, Marlen Domínguez, Reynaldo González, Roberto Méndez y  Rogelio Rodríguez Coronel. El pianista y compositor Franco Rivero Bueno y el tenor Bernardo Lichilín interpretarán seis poemas del Apóstol musicalizados por el primero.

José Enrique Rodó, entre Próspero y Ariel

Dr. Roberto Méndez Martínez

A inicios de 1917 llegó al Hotel des Palmes en Palermo un extranjero muy raro. Desgarbado, meditabundo y con todas las señas de un misántropo, pronto se convirtió en un enigma para los huéspedes y el personal de aquel sitio. Según unos era un aristócrata arruinado, según otros un burgués avaro, aunque la mayoría sencillamente aseguraba que era un loco. Dejó pasar meses sin asearse ni recortarse la barba, cada vez más hosco y maloliente. La administración sintió un evidente alivio cuando fue preciso trasladarlo al hospital San Saverio, donde falleció, el 1 de mayo de aquel año, de una nefritis mal cuidada. Tampoco las autoridades de su país tenían demasiado interés en el personaje. Tardaron tres años en repatriar sus restos a su tierra natal, Uruguay. José Enrique Rodó, el escritor modernista al que sólo Rubén Darío pudo superar en celebridad y ediciones en vida, había muerto lejos de la América que quiso proteger de la voracidad norteamericana y refundar bajo la égida de utópicas élites culturales. Leer más …

Develan monumento a Cervantes en La Habana

A la Izquierda Dr. Eusebio Leal Spengler, a la derecha D. Alfonso Dastis Quecedo
A la Izquierda Dr. Eusebio Leal Spengler, a la derecha D. Alfonso Dastis Quecedo

 En la tarde del 6 de septiembre de 2017, el Dr. Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana , en compañía de D. Alfonso Dastis Quecedo,  Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación de España;  D. Juan J. Buitrago de Benito, Embajador de España; Dr. Rogelio Rodríguez Coron

el, Director de la Academia Cubana de la Lengua, junto a miembros de esta corporación y otros distinguidos invitados, develaron una estatua de Miguel de Cervantes y Saavedra realizada por el escultor José Villa Soberón, en la Plazuela de Santo Domingo, en La Habana Vieja,  justo a la entrada al Aula Magna del Colegio San Gerónimo, edificio este sede también de la Academia Cubana de la Lengua.

Esta será la segunda estatua del escritor de El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha en el capitalino municipio de La Habana Vieja.  La primera está ubicada en el parque de la calle San Juan de Dios y Empedrado, develada el 1 de noviembre de 1908,  la cual se considera la primera estatua de Cervantes erigida en América Latina. Allí ya es tradicional la peregrinación que realizan los miembros de la Academia  Cubana de la Lengua cada 23 de abril para homenajear el Día del Idioma Español.

Imagenes

De derecha a izquierda : Antón Arrufat, Rogelio Rodríguez Coronel-Director de la ACuL, y miembros de la delegación de España.
De derecha a izquierda : Antón Arrufat, Rogelio Rodríguez Coronel-Director de la ACuL, y miembros de la delegación de España.
Dr. Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana
Dr. Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana
Dr. Eusebio Leal Spengler en compañía de D. Alfonso Dastis Quecedo, Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación de España
Dr. Eusebio Leal Spengler en compañía de D. Alfonso Dastis Quecedo, Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación de España
Segunda estatua del escritor de El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha en el capitalino municipio de La Habana Vieja
Segunda estatua del escritor de El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha en el capitalino municipio de La Habana Vieja

Para celebrar el 23 de Abril

Estimados asistentes a la celebración conjunta de la literatura, el idioma español, el libro, y para honrar a Cervantes:

         En un lugar de La Habana, de cuyo nombre sí quiero acordarme, mi cartuja de Cojímar, y al tiempo que pasaba los trabajos de Persiles y Segismunda, rodeada de Rinconetes y Cortadillos, llevando un buen coloquio con mis perros (y mis gatos), me puse a meditar cuál sería la mejor manera de celebrar el próximo día 23 de Abril. Y me dije que nos convendría pactar y cimentar la idea de que todos los días del año debían ser días de celebración de nuestro idioma: hablando, escribiendo y leyendo mejor. Leer más …

Cepos de la memoria, un libro necesario

Por: Reynaldo González

 

Pido excusas si al abordar el libro que ha merecido el premio de la Academia Cubana de la Lengua en el año 2016 no comienzo alabando sus notables virtudes, a las que me referiré. Cepos de la memoria. Impronta de la esclavitud en el imaginario social cubano, de Zuleica Romay, no es solamente un libro bueno y bien escrito, al punto de merecer el reconocimiento conquistado. Es un texto de significación alta en el panorama actual de las publicaciones cubanas, pareado a su antecesor Elogio de la altea o Las paradojas de la racialidad (2012), sobre un tema que siempre ha sido una piedra de tope en la sociedad cubana, merecedor de espléndidos abordamientos, en los que se empeñaron talentos extraordinarios. En sus páginas se observa el conocimiento que la autora tiene de esa literatura anterior, muy crecida en las últimas décadas. Leer más …