Homenaje a Roberto Fernández Retamar

La Academia Cubana de la Lengua finaliza las jornadas por el Día de la Cultura Cubana, con una Mesa de Homenaje a Roberto Fernández Retamar. Disertarán los numerarios Roberto Méndez, Marlen Domínguez y Jorge Fornet, con Cira Romero como moderadora.

Con entrada libre, le esperamos en el patio del Palacio del Conde de Lombillo, el martes 29 de octubre a las 3:00 p.m. Se accede por la calle Empedrado esquina a Mercaderes, o por la Plaza de la Catedral, con entrada a través del Palacio del Marqués de Arcos.

Presencias Europeas en Cuba, la identidad a debate

Este miércoles 10 de abril se inauguró en La Habana el III Coloquio Nacional Presencias Europeas en Cuba, organizado por el Centro para la interpretación de las relaciones culturales Cuba – Europa: Palacio del Segundo Cabo.

La conferencia magistral del Dr. Sergio Valdés Bernal, titulada “Las lenguas europeas y el español de Cuba”, fue la apertura del evento teórico que convoca cada año la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.

 

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En su intervención, el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas de 2018 abordó luces sobre la necesidad de analizar y describir en profundidad los patrones lingüístico-culturales aportados por los europeos, en el sentido de definir la procedencia sociolingüística de estos pobladores, o sea, qué tipo de español, inglés, francés u holandés trajeron consigo, y cuánto influyó en esto la jerga marinera o el habla portuaria, pues la colonización fue a través del océano.

La sesión de la mañana se centró en la transculturación lingüística con la moderación del Doctor en Ciencias Lingüísticas Alejandro Sánchez Castellanos, profesor del Departamento de Estudios Lingüísticos y Literarios de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana.

 

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Se presentaron así las ponencias del MSc. Pedro Adolfo Machado Aguiar (Los cuentos de mentira: la herencia cubana del español, Conde de Castañeda, y del alemán Barón de Münchhausen); el Dr. C. Ronald Antonio Ramírez Castellanos (De las crónicas a la narrativa romántico-costumbrista: Europa y Francia en la cultura popular santiaguera de la Colonia); la Lic. Tatiana Guerra Hernández (Voló como Matías Pérez, un refrán que tiene historia); sobre esta línea de dichos populares debatió la MSc. Bárbara Oneida Venegas Arbolaez con su presentación “La ruralización del refrán en Trinidad y Sancti Spíritus. Aproximación histórica”; así como MSc. Edilinda Chacón Campbell (El pregón una herencia hispana en Cuba. Actualidad en la ciudad de Santiago de Cuba).

 

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La sesión tarde, conducida por la MSc. Zenaida Iglesias Sánchez, historiadora e investigadora de la Empresa Restaura de la OHCH, incluyó la conferencia “Impacto inglés en la cultura popular tradicional cubana”, del Dr. Avelino Víctor Couceiro Rodríguez; “Incidencia de la migración balear en la cultura popular tradicional en la comunidad de Surgidero de Batabanó”, del MSc. Vicente Robinson Echevarría; a la MSc. Adriana Hernández Gómez de Molina con “Cultura y tradiciones en el asentamiento hebreo de La Habana Vieja”; Así como al MSc. Maciel Reyes Aguilera y la investigación “Vivir a la francesa en el cafetal oriental del siglo XIX”.

La Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana, en el marco del proyecto de cooperación internacional Gestión integral participativa y sostenible para el desarrollo local del Centro Histórico y la Bahía de La Habana, auspiciado por la Unión Europea y el Ayuntamiento de Barcelona, organiza el III Coloquio Nacional Presencias Europeas en Cuba, con la rectoría del Centro para la interpretación de las relaciones culturales Cuba – Europa: Palacio del Segundo Cabo. El evento se extenderá los días 11 y 12 de abril de 2019.

 

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Un total de 27 ponencias fueron aceptadas para su participación en la actual convocatoria del evento cuyos resultados serán incluidos en las memorias de este Coloquio y futuras publicaciones del Centro de Interpretación.

DISCURSO PARA LA RECEPCIÓN DEL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA 2019

Siempre que me preguntan sobre el oficio del escritor y la escritora, acudo a una definición atribuida a los franceses hermanos Goncourt: “facilidad innata y dificultad adquirida”. A lo que yo añado dos premisas: el dominio de la lengua y la conciencia de pertenecer a una cultura determinada.
Yo también he tenido otras divisas como persona y como escritora, y una de estas ha sido un hermoso y lúcido verso de la poesía lírica azteca que se preguntaba qué debía dejar uno después de su muerte y contestaba: “Al menos flores al menos cantos.”
Recibir el Premio Nacional de Literatura me ha redondeado los afanes de mi vida literaria. No solo lo agradezco enormemente, sino que estoy conmovida por tantas muestras de afecto. Y lo comparto con todos aquellos, familia, amigos, colegas, que me han ayudado a llegar a este punto.
Deseo aprovechar la ocasión de este acto para rendir sincero homenaje a aquellos ganadores anteriores de la distinción con la que hoy se me honra, afirmando que el ser merecedora del premio por ellos ya alcanzado prestigia aún más mi propia condición de premiada y el honor de compartir este pase de lista.
Antes de continuar quiero agradecer de manera particular a los jurados, a los amigos como Lázaro García que me han estimulado a no perder las esperanzas y a los editores de mi obra. Y agradecer a mis amistades en el extranjero que han traducido y publicado mi obra: Colette Casado, Irina Bajini, Sara Cooper y Fabio Murrieta.
Como tantas personas me han ido diciendo, siento que al fin he alcanzado algo que hace mucho quería. Lamento que por pasado ese tiempo, no estén a mi lado algunos difuntos que lo hubieran celebrado conmigo como Ezequiel Vieta, mi hermano Albertico Yáñez y Nancy Alonso. Pero el obtenerlo ha sido una emoción y un honor grande. Como ya he repetido, entre las manifestaciones más importantes han estado en las tantas demostraciones de afecto y aprobación que he recibido.
Si mi padre Alberto Yáñez estuviera vivo, diría que me acaban de dar un equivalente al balón de oro. (¡GOL!) Y yo añadiría también con un toque de humor negro que este premio me ha cambiado hasta mi epitafio que consistía en “Al fin en todas las listas negras”. Ya no.
Cómo y cuándo nació esta vocación mía por las letras
En mis comienzos de escritora, sin lugar a dudas, está en primerísimo lugar la familia. Mi papá periodista, y una madre con una excepcional sensibilidad. Así que creo que hay algo en los genes por ahí. Las motivaciones… bueno, cuando era pequeña quería que los cuentos terminaran como a mí me gustaba y así empecé…
Desde niña, con una familia inclinada a las Letras y un tío abuelo que me enseñaba poemas, siempre tuve la lectura como parte de mi esencia. Escribía cuentecitos. Mi niñez fue común, si se puede llamar común a tener un tío abuelo como el mío, o unos padres como Nena y Alberto. Mi tía Tata me regaló a los seis años Los tres mosqueteros y una lamparita para leer en la cama. Todavía conservo ambos objetos y la costumbre. Mi familia me puso a estudiar piano y baile español, lo típico; pero al mismo tiempo me llevaban a los juegos de la Habana y Almendares, a los palcos reservados para los periodistas de las carreras de autos, a corretear con los futbolistas en el stadium de la Tropical, sin ningún melindre. Mi tío abuelo Félix era el coime de los billares del Centro Asturiano, un ser peculiar, dulce y enamorado. Escribía poemas y se daba tragos con Hemingway en el Floridita. El tío Félix me secundaba en mis fantasías aventureriles, íbamos a pescar a Casablanca con un cordelito y un clavo jorobado, o a cazar leones con una escopetica que disparaba un corcho en los jardines del Capitolio. La escalera de la casa de la abuela era el barranco donde se escondían los eternos enemigos, los indios apaches. El campamento de «los buenos» era detrás del escaparate de mi mamá. Mi mamá Nena tenía una mente muy ágil y una sensibilidad peculiar, mi papá Alberto, periodista y futbolista, un sentido del humor todo el tiempo en acción. Desde siempre que recuerdo, mi casa era un avispero de imaginación. Creo que todo ese caldo de cultivo hizo que mi hermano y yo nos inclináramos a las letras…. tal vez la manera más apacible de canalizar aquellas energías tan locas de mi familia.
Mi primer premio literario me lo dieron en el sexto grado en el Plantel Jovellanos donde yo estudiaba, tenía 10 años y era un concurso sobre la Fundación del Centro Asturiano de la Habana. Me gané una medalla y mi texto, escrito en el aula como un examen, fue publicado en la revista TOPICOS hispano cubanos en julio de 1959. La primera frase de mi texto era “El triunfo es de los que se sacrifican”.
No obstante, mi principal giro fue el de la profesión. Desde niña yo quería trabajar en publicidad y ser caricaturista. Combinar la destreza para el trazado de dibujos con la habilidad para escribir. De esta manera, apenas con 12 años participé junto a mi padre como Fundadora del Diario Humorístico Palante donde incluso llegué a publicar algunas caricaturas.
Me incliné a estudiar pintura y de hecho pasé las pruebas para entrar en la Escuela Nacional de Arte. Entonces, a punto ya de hacer mis maletas para becarme en Cubanacán, me avisaron de que había sido seleccionada para una escuela distinta, un bachillerato para adolescentes superdotados, lo que sería el Instituto Preuniversitario Especial Raúl Cepero Bonilla. Una interferencia en mis planes, aunque a mi favor, pues esos tres años en el Cepero Bonilla fueron no sólo felices, sino decisivos en el establecimiento de una ética de exigencia y de rigor. Hubo otros giros más: de una niña mimada y bien educada, me transformé en joven rebelde y medio hippie.
Me inicié en la literatura escribiendo narrativa, cuando era una adolescente. Y lo primero de ficción que publiqué en una revista fue un cuento en la Revista Santiago. Luego estudiaba en la Escuela de Letras y allí por la asignatura de Historia del Arte, Adelaida de Juan nos encomendó la tarea de visitar la parte antigua de la Habana, lo que llamamos “La Habana Vieja”, con sus mansiones de siglos pasados, sus callejuelas, sus iglesias, sus plazas. Mientras descubría una parte de la ciudad que, aunque la había caminado de vez en cuando, no la había visto con los ojos de la admiración artística y para mí fue un deslumbramiento. Tenía veinte años y también descubrí el primer amor. Un día me senté y como en una racha incontenible escribí un manojo de poemas. Esos poemas que cuentan del arrebato por mi ciudad y por el amor formaron el libro LAS VISITAS que fue Premio del concurso universitario “13 de marzo” y mi primer libro publicado. Es además mi libro más querido.
Para mi ese fue durante mucho tiempo el gran premio de mi vida. Me publicaron el libro, que se convirtió en mi texto más estimado. Era un galardón que muchos teníamos en alta estima (Abel Prieto también lo ganó, en narrativa).
En los años sesenta, éramos fanáticos de aquella película que se llamaba Hiroshima Mon Amour. Lo que más me impresionaba de ese título proyectado sobre la trama era su oculta relación entre el amor y el sufrimiento. Es cuando uno ama tanto a algo o a alguien que le duele. Esa es la Habana mi amor, para mí. Es la sustancia de mis primeros poemas, Las visitas, un recorrido por la Habana Vieja. Es la sustancia de mi primer cuento y que le dio título a una de mis colecciones de narraciones La Habana es una ciudad bien grande, y creo que es la razón de buena parte de mis elecciones en la vida. La Habana es el mar, sus ruinas, sus gentes, la nostalgia concreta de los que no están, mis perros, mi patio de Cojímar, mi propio «huerto claro donde madura el limonero», como diría Machado.
Así que dedico parte de emoción al 500 aniversario de la Ciudad de la Habana.
Cojímar tiene lo que más amo de la Habana: el mar… y ese aire que imprime de limpieza de espíritu, de aventura no culminada, de serenidad y también de furia cuando viene a cuento. Es, como hubiera dicho Hemingway, trasladando el set: “un lugar limpio y bien alumbrado”. Para vivir, para escribir, y para morir, también cuando venga a cuento.
Como ya he dicho en otras ocasiones, entre los escritores del exterior como influencia después de su lectura, empezaría por Salinger; después Carson McCullers, y Hemingway. También Marguerite Yourcenar y Juan Rulfo. Y entre los escritores cercanos que me han apoyado en mi elección de convertirme en escritora me siento agradecida a Ezequiel Vieta, (que me llevaba recio en el ejercicio de escribir, pero sin desalentarme, todo lo contrario), a mis profesores Roberto Fernández Retamar, César López, Jaime Sarusky y Juan Arcocha. Amigos como Pepe Triana. Y también a mis profesores de literatura tanto en el Instituto Cepero Bonilla como en la Escuela de Letras, como Nuria Nuiry, Camila Henríquez Ureña, Juanita Conejero, Lucía Sardiñas y Mirta Aguirre. La literatura se volvió la inquietud más seria de mi vida. Leer y escribir son las almas de mi existencia.
Los libros extranjeros que entonces se publicaban en Cuba se conseguían por centavos y en Cuba se publicaba muchísimo de lo mejor de la literatura europea, norteamericana y latinoamericana (y de otros lares también, claro). Uno de mis primeros trabajos críticos fue un prólogo sobre Carson McCullers. Leí mucho a Salinger, a Hemingway, la novela realista francesa, a las Marguerite Duras y Yourcenar, a Benito Pérez Galdós que es una estupenda escuela para quien quiera escribir en correcto español y no parezcan como traducciones (algo que ocurría en algunos textos cubanos que han tenido mucho bombo). Por supuesto, también leía y daba clases sobre ellos, desde fechas bien tempranas, a Borges, Rulfo, Cortázar, Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa. Algunos me influyeron para bien, como en la concisión. Otros me influyeron para mal y con los que he cometido parricidio en mi disco duro. A Raymond Carver lo descubrí gracias a Alain Sicard, colega y amigo profesor en Poitiers, que vio puntos de contacto y me regaló sus cuentos…¡en francés!
Y como buena hemingweyana siempre he estado pendiente de lo que se oculta debajo de la punta del iceberg.
Para seguir, insisto en que defiendo el término de poetisa. En el uso correcto de la lengua ese es el término que corresponde. Entiendo las razones de orden histórico y estético que ha provocado que muchas prefieran ser llamadas “poetas”, pero no debemos dejarnos arrebatar por determinaciones de género, el uso de un término en correcto español y además tan bello.
Yo creo muy firmemente en que para escribir en una lengua hay que, ante todo, dominarla. Aunque resulte tedioso, el aprendizaje de los autores españoles del siglo XIX no tiene comparación. El instrumento del escritor es, como el martillo del carpintero, el idioma. Insisto, hay que ser culto y conocedor de la lengua en la cual uno escribe. Es el ABC de la escritura.
Mi intención estética, aunque haya elementos fantásticos, es sobre todo realista. Y con distintos personajes como el de la mujer enloquecida que habla sola en mi novela Sangra por la herida uso exactamente estos componentes: el sueño y el humor. Lo qué siempre se mantiene de una u otra forma en mi obra, es la mezcla del humor con lo trágico, diría que casi es un sello literario mío. En los momentos más trágicos, más horribles de mi vida, no he podido dejar el humor negro, porque si se hiciera un recuento lo primero que yo escribía eran cuentos negros.
Por otra parte, ya como un rasgo de estilo, me gusta que mis personajes hablen desde una autenticidad. La busco, sin que ello implique un naturalismo banal o la aceptación de la grosería para ser realista. Creo que el español del habla no se puede trasferir literal a la literatura como si se puede en otras lenguas. Con el español hay que hacer un cuidadoso trabajo de reelaboración, pero siempre partiendo de lo genuino.
La emoción y la sensibilidad son importantes a la hora de escribir, pero también la cultura y el conocimiento preciso del idioma y lograr que salga de una forma natural. Como decía Bioy Casares, estoy convencida de que «el escritor debe escribir con claridad», a lo que añado austeridad en el estilo, sinceridad en la elección de temas y enfoque, y naturalmente dominio del lenguaje.
La literatura es para mí, en primerísimo lugar, conocimiento. En segundo lugar entretenimiento. La tercera es comunicación. Yo creo que estos son los tres aspectos fundamentales. El escritor tiene que comunicar una emoción y tiene que trasmitir su verdad. Es que para mí la literatura verdadera cumple una función cognoscitiva dentro del entretenimiento y del intercambio con los demás. Y esto vale para todos los géneros que he asumido desde la ficción, el testimonio, el periodismo hasta los guiones.
Ahora quisiera leer una cita del narrador cubano Lisandro Otero en su discurso de aceptación del Premio Nacional en 2003. No se puede decir mejor y más sintético de cómo él lo dijo:
“A veces fui catalogado como conflictivo y polémico por mantener ciertas pautas divergentes, pero sostuve mis discrepancias sin ceder jamás en los principios. Los disentimientos nunca fueron de fondo. No he sido un conformista sumiso ni un resignado sin criterio y a ello debo no pocos tropiezos. Me considero intransigente y por ello mismo, revolucionario.”
La lengua dura de la escritora norteamericana Djuna Barnes advertía que había que «huir del veredicto de lo vulgar». Pero yo no huyo….presento pelea. Efectivamente, aunque no lo disfruto, no me puedo morder la lengua —como me recomendaba mi sabia mamá— ante la vulgaridad, la corrupción, la mediocridad, la injusticia. Supongo que la fama de buscapleitos me la hayan endilgado algunos que no han salido bien parados de una discrepancia conmigo. Y pudiera contar muchas historias.
Desde joven, siempre he pensado que se debe ser consecuente con uno mismo. Una de las palabras claves es compromiso y otra es la honradez al escribir. La literatura no es un sofá cómodo desde donde disponerse a ser testigo de la realidad. Escribo para exorcizarme de verdades insoportables.
Todo lo demás es floritura. La esencia es esa: la igualdad de condiciones, de posibilidades. En el caso de la literatura se trata también de hacer una lectura de los textos desde una mirada de género. No exclusivista naturalmente. Siempre recalco que todo fundamentalismo es anti intelectual, y que lo principal es el talento, escribir bien. Ser escritora feminista significa para mí el rescate del olvido de la obra de muchas escritoras silenciadas, tomar conciencia ante el hecho creativo, y en definitiva escribir cómo se piensa.
Antes de cerrar estas palabras quiero recordar a mis dos personajes inspiradores en todas las épocas: el Principito y el Zorro. Y la célebre frase de que:
“He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos. (…) Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa”
Y para cerrar voy a leer las últimas líneas de un poema que me regalo el amigo y colega Rolando López del Amo, por haber obtenido el Premio Nacional de Literatura:
Así es como me parece
que se debe reaccionar
al ocupar un lugar
prestigioso y merecido
que triunfa contra el olvido.
Entonces: ¡a trabajar!
MUCHAS GRACIAS

ELOGIO A MIRTA YÁÑEZ

Advertencia: No esperen que este Elogio a Mirta Yáñez sea un largo memorial, vale advertirles que todos los elogios, alabanzas y adjetivos serán pocos para una obra sobrecogedora por su amplitud y su calidad estética. Pero trataremos de cumplir con el encargo del jurado.
Para la Doctora en Ciencias Literarias y Académica de Número de la Academia Cubana de la Lengua, Mirta Yáñez, la escritura ha sido más que una vocación, es una manera de vivir, es un elemento esencial de su humanidad. Es también la vía para sus explosiones de rebeldía y para revelar a los otros su personal y única percepción de la realidad.
Podríamos preguntarnos: ¿es solo la admiración por el arte de escribir lo que nos trae aquí hoy? ¿Acaso es el tributo a una vida para y por la literatura? ¿Quizás venimos porque distinguimos a una escritora con un amplio registro en cuanto a los géneros como la poesía, el ensayo, el testimonio, el cuento y la novela?
Sí, puede ser que eso nos convoque, y también para reconocer que desde su temprano cuaderno de poesía Las visitas de 1971, aparece una voz distinta, con el giro brillante que sorprende y conmueve, poesía que madura con los años sin abandonar los signos iniciales de su poética.
Los años de desempeño en la docencia, las investigaciones y estudios literarios desembocan en una brillante ensayística, baste mencionar el ensayo publicado por Casa de las Américas y Premio de la Crítica: La narrativa del romanticismo en Latinoamérica. Agreguemos su recopilación de ensayos en: Cubanas a capítulo y El Matadero: un modelo para desarmar. Pero si revisamos los prólogos de Mirta, nos damos cuenta que son verdaderos ensayos de alto valor y constituyen un excelente material más que atendible para su compilación y publicación.
La poesía es para Mirta Yáñez, según sus propias palabras “una necesidad de expresar algo”, pero el cuento, ha advertido, fue asimismo la necesidad de hacer sus propias historias para llenar un vacío, para hacer lo que no habían hecho otros, y así estamos ante una magnífica posición creadora: la escritora propone algo nuevo, sin descuidar el lenguaje, sin atender a modas, con una voz narrativa particular. Dos de sus libros de cuentos obtuvieron el Premio de la Crítica: El diablo son las cosas en 1988, y Falsos documentos en 2005. He dejado para último su novela Sangra por la herida, Premio de la Crítica en 2010; además, por ofrecer dicha novela el testimonio de toda una generación en diálogo con la ciudad y con su época de formación, al tiempo que en ella puede apreciarse el magistral dominio de diversos estratos lingüísticos, obtuvo el Premio de la Academia Cubana de la Lengua en el 2012.
Para completar los cinco premios de la Crítica Literaria en distintos géneros, falta mencionar el obtenido en el 2014 por Damas de social, en colaboración con Nancy Alonso.
No podemos quedarnos en los premios, títulos y reconocimientos, o porque su cuentística sea objeto de estudio en universidades extranjeras, sobre todo norteamericanas. Es que la obra de Mirta Yáñez tiene una trascendencia alcanzada por su profunda cubanidad que hallamos en el manejo del lenguaje, en el humor fino y cáustico, en el diseño y conflictos de sus personajes, en la intensidad con que expone la realidad, donde la crítica está implícita. Recuerdo que dijiste algo así: “en la literatura nada puede presentarse de manera obvia.” No podría yo expresarlo mejor que Sara Cooper, quien te entrevistó, y cito: “Los temas de clase, raza, género y sexualidad están entretejidos artísticamente en lo humorístico y en narrativas conmovedoras que hacen al lector detenerse para reconsiderar sus puntos de vista o razonamientos acerca de Cuba y de la vida.”
La huella trascendente de Mirta la encontramos en la Literatura para niños y jóvenes, pues con su narrativa propone un punto de giro que dará paso a una novedosa visión y manera de hacer, para colocar a esta serie literaria en el lugar que le corresponde en las letras de la Isla.
Su escritura y su accionar le otorgó visibilidad al discurso literario femenino, en nuestro país. La antología de cuentistas cubanas Estatuas de sal preparada por Mirta y Marilyn Bobes, constituye un lugar obligatorio de referencia para quienes emprenden los estudios de literatura escrita por mujeres.
Y quiero terminar con una cita de Mirta donde expone su compromiso con la literatura. Cito: “la literatura es la literatura y no se puede vender por unas monedas y creo que el acto de escribir va como un cuadro, como pintar un cuadro con flores lindas […]. Y tú tienes que pintar lo que tengas dentro. Si tienes dentro algún monstruo espantoso píntalo, o escríbelo. O si tienes una flor, aquí hay que decirlo al revés, si tienes una flor escríbela, aunque estén de moda los monstruos.”
Mirta, estamos contigo.
Muchas gracias.

Palabras para Carilda Oliver Labra

De noche. Noche espléndida.

Estábamos en la terraza de un café, bajo el cielo de Matanzas. Había música. Sobre un estrado, una pequeña orquesta tocaba. Escritores extranjeros y algunos cubanos visitábamos la ciudad. Algunos bailaban, otros sentados conversaban, tomando un ron o un daiquiry. Soplaba el aire de fines de febrero. Yo no la conocía, nunca antes en persona la vi. Vestida con traje oscuro, esa noche la veía bailar.

Pese a tanto tiempo transcurrido, lo recuerdo. Como si la viera de nuevo moverse con gracia, echar la rubia cabeza hacia atrás, bailando en brazos del escritor Jaime Sarusky. El recuerdo voluntariamente agrega el verde de sus ojos. Tenía ya publicados dos o tres libros, que le dieron cierto renombre popular. Apenas la había leído. Conocía poco de sus poemas. Más de sus aventuras eróticas, aventuras y rumores. Bastaba pronunciar su nombre, musical y raro, Carilda Oliver Labra, para que la gente, exaltada, repitiera leyendas, inventara erotismos o dijera a medias alguna verdad.

Terminó de sonar aquel bolero, deteniéndose se separaron y se soltaron las manos. Fue un minuto oportuno. Me levanté de un salto de mi puesto de observación y avancé con rapidez. “Jaime, preséntame”. La veo mirarme, sonreír, tenderme la mano. Regresó la música y la invité a bailar un lento bolero que hablaba de un amor fatal.

Así empezó nuestra amistad, que duraría hasta su muerte. A los dos nos gustaba la noche. Éramos un par de noctámbulos en una ocasión propicia. Después, cuando comencé a leerla, encontré en su escritura la mención de la noche una y otra vez, de una noche enemiga, de una noche amistosa, la propicia y la atormentadora. Durante aquella que nos había propiciado encontrarnos, nos sentamos a conversar. Esta conversación no terminó, ninguna, a partir de su aparición, terminaría: quedaban pendientes, en el aire, en espera de reanudarse. Algo nos faltaba, un episodio de nuestras vidas por contar, un autor que citar, un poema que decirnos.

Regresé a La Habana y volví a Matanzas, múltiples veces volví. Iba en auto de alquiler colectivo. Ella fue a La Habana numerosas veces, del mismo modo o en guagua o como invitada oficial a un acto de cultura. Durante aquel primer encuentro nos dijimos donde vivíamos, el nombre de la calle, el número de la casa, lo distante que estaríamos a partir de esa noche inesperada, ella en una ciudad y yo en otra. Pero algo sirvió para comunicarnos, para oír de nuevo nuestras voces, la de Carilda matizada de entonaciones, salidas humorísticas o tristes. Ese algo fue el número de nuestros teléfonos.

No podría decir cuántas veces nos citamos por teléfono. Cuántas veces, siempre de noche, estuve en su casa. Cuántas caminé la Calzada de Tirry o un auto me llevó al número 81. Cuántas toqué en su puerta.

Como es costumbre, la primera vez que llegué, la casa o más bien la antigua mansión de los Oliver Labra, construcción de fines del 19, me sorprendió. Gran puerta claveteada, de doble hoja, grandes ventanas enrejadas, tres o tal vez cuatro, integraban la extensa fachada, de alto puntal.

Ella abrió una puerta pequeña, empotrada en la grande. Anduvimos por el zaguán, al que daba primero la sala, siempre y completamente cerrada, desde la partida y la muerte de sus padres, y terminaba después en la saleta, el lugar donde le gustaba a Carilda Oliver recibir sus visitas.

Su colección de gatos la acompañaba escondiéndose del desconocido, la primera vez tras los muebles, y luego, dejándose ver un poco, cuidadosos, asomando la cabeza de ojos pendencieros, y más tarde, tras la continuidad de mis visitas, saliendo con el ama a saludar al visitante.

Se subían a los sillones vacíos de la saleta, dormitaban o parecían escucharnos. Con las horas supe sus nombres, enfermedades, sus gustos, por qué le faltaba a uno un pedazo de oreja, por qué el otro era sordo o había nacido ciego. Conocí a Mini, grande, jaspeado, gato montés. Cuando leí las páginas que Carilda le dedicó, entre las mejores que escribiera en prosa, conocía de antemano a quien se referían: estaba frente a mí y nos mirábamos fijo.

En la saleta había una mesa de comedor, de madera pulimentada con un largo mantel blanco. Algunas noches comimos en esa mesa. Aprendió a cocinar ya casada con Hugo Ania Mercier. Sobre él, después de su muerte, escribiría algunos poemas, tres sonetos que admiro y casi me sé de memoria. Salíamos al largo patio, al que daban todas las piezas de la casa, pleno de jazmines, galanes de noche, sembrados en macetas, cuidados y florecidos. Ella me daba sus nombres, los mencionaba, se acercaba a olerlos y a acariciarlos. Los gatos iban detrás, dando saltos, corriendo. Comían sobre las losas, comían, guerreaban. La noche es la hora elegida en que maúllan y hacen el amor.

Durante estas visitas de implacables conversaciones, opiniones literarias, recuerdos y aventuras pasadas, confidencias acerca del modo en que escribíamos, durante ellas nos fuimos dando nuestros libros con tiernas y admirativas dedicatorias.

Duraban hasta las once o el inicio de la madrugada, cuando salíamos a la acera, frente a su casa, en busca de un auto que me devolviera a La Habana.

Pasados dos o tres días sonaba el teléfono. Siempre a las once de la noche. “Es Carilda”, me decía su voz, y reanudábamos el diálogo que la partida nos había interrumpido. Hablábamos una o dos horas. Nuestra vida pasaba por el hilo telefónico. Más que en su casa, entre el olor de las plantas del patio y el maullido de algún gato, le preguntaba sobre su vida con mayor intimidad e insistencia que en su propia saleta. Ella hacía lo mismo con la mía.

En una de esas llamadas, el teléfono parecía propiciar otras confidencias, me dijo que quería mandarme, siempre que antes me comprometiera a decirle con entera franqueza cuanto pensaba, una recopilación de sus cuentos. “¿Cuentos? ¿Tú escribes cuentos?”, exclamé estupefacto, y firmé verbalmente el compromiso.

A los pocos días llegaron por correo electrónico.

Quedaba roto uno de sus secretos, guardado a lo largo de cuarenta años. El primero estaba fechado en 1948. Eran ocho en total. Varias noches mi teléfono dejó de sonar. La poeta desplegaba su astucia: me daba tiempo de lectura.

Mantuve encendida la computadora. Debieron pasar tres días, más exactamente, tres noches. No sólo era nuestro hábito conversar, leíamos, escribíamos, trabajábamos en las horas propicias de la noche, hasta entrada la madrugada. La máquina marcaba ochenta páginas. Lo que sumaría el original.

Cuando terminé de leer y sugerirle pequeñas correcciones, como ella me había pedido que hiciera, fui yo entonces quien la llamé. Eran las once y diez cuando terminé de darle mi opinión. Carilda la había escuchado en el mayor de los silencios. “Sin tu ayuda no me atrevería a mostrar a nadie esos cuentos”.

Volvieron a su casa por correo electrónico.

Mi sorpresa se contagió de curiosidad. Me atrajeron aquellos ocho cuentos, bastante extensos, escondidos por tantos años, escritos en el silencio nocturno de su antigua casa matancera, ocultos de la publicidad, que a Carilda Oliver le resultaba ya difícil eludir. Sin duda, durante ese lapso y de vez en cuando, los escribía para sí misma. ¿Dónde los guardaría? ¿En qué pieza de su inmensa casa? ¿En un sobre, en un file, en una carpeta, mientras transcurría el tiempo?

Resulta habitual que un poeta, en algún momento de su labor, se sienta tentado por la prosa, su violento antagonista. Novelistas y dramaturgos excelentes tuvieron su inicio en la poesía, la abandonaron luego, o como en el caso de Carilda Oliver, la hicieron coincidir, a ella, absorbente y díscola, con el resto de su escritura. Si Carilda Oliver resulta semejante en tal coincidencia, no lo es en un punto novedoso e inquietante: el silencio, casi absoluto, sobre su quehacer antagónico.

No obstante y si se aceptan ciertos límites entre los géneros, si las formas literarias son antagónicas: cualquiera que haya escrito poemas sabe que de ese modo no se escribe un relato.

A medida que frecuentaba la poesía de Carilda Oliver, tras la lectura sorprendente de sus narraciones, y pese a las diferencias entre un género y otro, me aguardaban en el conjunto de los ocho cuentos, deliciosas relaciones, resonancias, prolongaciones, repetición de estructuras, principalmente en algunos sonetos y ciertos poemas extensos, el placer de las confluencias, a ratos contradictorias y otras veces complementarias, entre los cuentos desconocidos y su obra poética publicada.

A sus poemas amorosos y eróticos se unen o conjugan, prestan luces, se reflejan como en espejos dobles, varios de estos relatos. En el nombrado “La tarjeta”, que figura entre los breves y extraños, con un final inesperado, la protagonista parece imaginar al amante para amarlo por reminiscencia, mientras que en “Palomo verde”, uno de los mejores, la relación lograda de la pareja se refleja como celosía en la madre del protagonista. O en el relato, tan conseguido, “A la una de la tarde”, la relación sexual furtiva, narrada con franqueza verbal y acierto, termina en una transformación casi mágica, que propicia otra lectura: la de una realidad doble, entre lo imaginario y lo factible. Leer este cuento me acercó a momentos semejantes de su escritura poética, al poema “Elegía en abril” y a otro que ¿casualmente? se llama “Cuento”.

“Deida” y “La calle del Refugio”, me dieron a conocer una faceta de la poeta, cercana a la escritura fantástica. El primero, “Deida”, me gustaría colocarlo dentro de una tradición: la de la mujer impregnada de naturaleza, de la naturaleza como razón sentimental y no como paisaje, tradición en la que figuran otras dos escritoras cubanas, con textos un tanto más complejos pero similares: la Avellaneda de La hija de las flores y la Loynaz de Jardín.

En las tres, una pieza teatral y dos relatos, las protagonistas son adolescentes, ingenuas y rebeldes a la vez. Desde su mundo o condición completamente natural, semejantes a las Claudines de Colette, casi sin quererlo o proponérselo, realizan una crítica de la organización antinatural de la sociedad humana.

“La calle del Refugio” establece con “La tarjeta” un diálogo de semejanzas y de soluciones: ambas parten de un malentendido emocional. En “La calle del Refugio” se busca una compensación imaginaria a la frustración o la soledad amorosa.

No debo pasar por alto dos opiniones, una de ellas quizá resulte más grave que una opinión, con la que ahora, dentro de un instante, cerraré estas palabras.

Le dije a Carilda Oliver, bien por teléfono o en una de nuestras noches en las que mezclábamos secretos, penas, goces imposibles, ilusiones. Lo primero que le dije fue esto: junto a “Palomo verde” y “A la una de la tarde”, otro relato constituye tu trilogía de excelencias. Ese relato es “Mini”.

Imantado me dejó su lectura. Caminé por mi casa acompañado de ese gato montés que, sin embargo, murió de tristeza, al pie de su cama, cuando la narradora abandona la casa por unos meses para hacer un viaje. Relato escrito con seguridad y maestría, ritmo creciente e insospechadas soluciones. Parecido a las viñetas de animales de Jules Renard.

Terminada la lectura de “Mini” le agregué a la autora: nunca antes había visto un gato. Lo familiar se nos ha vuelto extraño, es decir, esencial. En nuestra cuentística sólo encuentro un relato equiparable: “Belisario” de Virgilio Piñera, donde figura un extraordinario tigre.

Finalmente la segunda cosa que le dije tal vez era una confesión o más que una confesión una decepción confiable: es una lástima que hayas escrito tan pocos cuentos. Aunque “Mini”, “Palomo verde” y “A la una de la tarde” puedan figurar, con mucha dignidad, en cualquier antología futura, si insistieras, Carilda, y a estos cuentos agregaras un puñado más, tendríamos en la narrativa cubana una cuentista excelente.

Con estos cuentos confeccionó un pequeño libro, al que le puso el nombre de uno de ellos “A la una de la tarde”. Le mandé o llevé una noche una nota preliminar que ella me pidió y aceptó complacida. De esa nota he tomado algunos apuntes. El libro apareció en 2004, por la editorial Letras Cubanas. Los años, con su inveterada mala costumbre, pasaron, siguieron pasando. Carilda Oliver Labra murió en este mismo 2018. Fui a acompañarla por última vez a Tirry 81. Tengo la ilusión de que se encuentre entre sus papeles póstumos un puñado de cuentos inéditos, ocultos, sin mencionar, escritos durante esto catorce años, como los ocho que me mandó una vez.

Muchas gracias por escucharme.

 

CARILDA MÁS ACÁ DEL POLVO

 

Roberto Méndez Martínez*

Yo soy uno de esos lectores que descubrió tardíamente la poesía de Carilda Oliver Labra. Quizá fue providencial. En los años de mi juventud temprana, cuando dividía mi admiración entre Rilke y T.S.Eliot, cuando volvía una y otra vez sobre la obra de Lezama, de Baquero, de Diego, libros como Al sur de mi garganta y Memoria de la fiebre, de haberse cruzado en mi camino, los hubiera visto apenas como curiosidades de otro tiempo. Piénsese que hablo de los años 70, cuando unos pocos, asqueados de la poesía oficial y oficiosa, mal soportada por un lenguaje arrancado del peor periodismo, nos refugiábamos en ciertas bibliotecas para leer los textos por entonces colocados en el Index: Primer libro de la ciudad, Toda la poesía, Escrito en las puertas, El justo tiempo humano. Nada de efusiones románticas, ni de poesía erótica femenina.

Recuerdo que por aquellos, mis años universitarios, se presentó en la Sala Hubert de Blanck una especie de revista musical concebida por Héctor Quintero con el título Algo muy serio, su humor grueso y su insospechada frivolidad mantuvieron la sala repleta por más de una temporada. En las primeras representaciones había una escena en la que una veterana actriz cómica, Juanita Caldevilla, parodiaba a las declamadoras de antaño. Ataviada con una especie de túnica griega y una enorme peluca llena de rizos, recitaba del modo más ridículo posible “Me desordeno, amor, me desordeno”. El público se desternillaba de la risa cuando ella hacía guiños y torcía los labios para decir el verso “Te toco con la punta de mi seno”. Creo que ni yo, ni casi nadie en el teatro, incluida la actriz y hasta el director sabían quién había escrito el poema. A mitad de temporada, el texto tuvo que ser sustituido por otro, escrito ad hoc. Se comentaba que la autora del poema ultrajado estaba viva, en Matanzas, se llamaba Carilda Oliver y que había amenazado al dramaturgo con ponerle una demanda judicial si no retiraba aquella apropiación irrespetuosa.

Llegué a conocerla, quizá tres lustros después, en Matanzas, cuando ella comenzaba a salir de aquella especie de ostracismo involuntario en su casa de la Calzada de Tirry 81, donde por años la rodearon el polvo y los fantasmas: el de su padre y su madre distantes, el agridulce de Hugo Ania Mercier. De repente, recobraba su lugar en la poesía y aunque la mimaban y cortejaban algunos escritores que eran sus coetáneos, había una generación mucho más joven ansiosa por acoger, aclamar y hasta aprender sus versos. De momento, una autora que hubiera podido colocarse de manera mecánica entre los creadores de los años 50 ganaba su verdadero lustre en las dos últimas décadas del siglo XX y hasta en la primera del siguiente.

Cuando me presentaron a la escritora, me sorprendió con su calidez, con su tranquila seguridad en sí misma, era evidente que en su interior la sobresaltaban malos recuerdos, amarguras, pero ella sabía dominarse y tratar a los demás con esa dignidad y altura del que ni siquiera se permite reconocer que tiene enemigos. Y eso que los tenía, y en número no despreciable. En una época de poetisas con la apariencia exterior de haber sido rescatadas de un naufragio, ella cuidaba su apariencia desde el cabello hasta las uñas. Era elegante hasta la extravagancia, pero eso mismo ocurría con su manera de situarse en el mundo y con una zona de sus versos. Yo aprendí pronto que si aquellos afeites podían parecer incómodos en un tiempo en que se sobrevaloraba el desaliño, bastaba con olvidarlos y mirarle directamente a los ojos, que eran profundos y a la vez sonrientes. En ellos brillaba con frecuencia una chispa de picardía.

Su apariencia me hizo pensar en otra figura de la poesía latinoamericana, la uruguaya Juana de Ibarbourou. Quizá ella constituyera un modelo en su juventud y prefiriera ese echar la belleza hacia afuera, hacer un desposorio entre la poesía y el espectáculo, con un divismo artístico de buena ley, aunque muy distante del estilo austero y aristocrático de Dulce María Loynaz o del áspero de la maestra y cónsul Gabriela Mistral.

Cuando aún no se hablaba de performances, Carilda hizo de la poesía algo performático. No leía sus versos como hacían casi todos hace treinta años, sentados en el suelo, huyendo de todo énfasis y con una especie de premura, como si debieran salir rápido de aquello para hacer algo más importante. Sus recitales eran un espectáculo, a los que ella debía llegar al menos una hora antes y encerrarse en un camerino o en el rincón que pudiera servirle de tal y preparar su interior y su exterior para el espectáculo. Ponía algo adicional en sus versos cuando los leía, un algo que ayudaría después a descifrar mejor las intenciones de la escritura. No temía la efusión sentimental, la confidencia y en sus textos más fuertemente eróticos había un elegante manejo del asunto, un límite artístico de buen gusto que no han sabido mantener sus múltiples imitadoras.

En una ocasión la vi hacer algo casi imposible para el resto de los poetas cubanos, incluidos los más grandes. Ofreció un recital de poesía al aire libre, en una enorme plaza de Holguín. El público era dilatado, pero apenas había un par de filas de intelectuales, reales o pretendidos, el resto eran en su mayoría eso que se dado en llamar “público en general”, lo que incluía a muchísimos estudiantes de la enseñanza media. Sola, en un enorme escenario, ella dirigió su lectura a las jóvenes, dialogó con ellas, les hizo confidencias, leyó algunos de sus textos más divulgados y también otros menos conocidos y, desde su butaca, mantuvo en vilo a los asistentes por más de una hora.

Creo que una clave de su escritura es haber asumido el neorromanticismo sin complejos de culpa, aunque por muchos años ese término fuera una mala palabra. Cuba es una de las naciones de América donde la expresión literaria nació verdaderamente con el Romanticismo y éste asumió cualidades especiales, se transformó en el Modernismo, pero no desapareció, nunca fue una asignatura vencida, se hizo peligrosamente popular en los libros de Hilarión Cabrisas, primero y luego en las múltiples ediciones de Oasis de José Angel Buesa, pero nutrió también Ala de Agustín Acosta, “Nocturno y elegía” de Ballagas, ciertos poemas de amor de Guillén, así como muchísimas páginas de Mirta Aguirre, Dulce María Loynaz, Fina García Marruz.

La Oliver supo asimilar el estilo coloquial que entre nosotros se inicia, quizá, con ciertos poemas de Tallet y con la “Conversación a mi padre” de Eugenio Florit, pero que es convertido en uso casi común por los autores de los años 50. Ella apela a la confesión directa, al tono arrebatado, pero también al giro cotidiano en el lenguaje, a la palabra de sabor prosaico, aún cuando esté resolviendo con virtuosismo un soneto. Aprovechó también ciertas lecciones de los autores del posmodernismo, como su coterráneo Agustín Acosta y aún del camagüeyano Felipe Pichardo Moya.

Casi todos se han fijado en su poesía amatoria, en la fluida facilidad de las décimas del “Canto a Matanzas”, sin embargo se recuerdan menos sus elegías, escritas con una sinceridad y llaneza que calan muy hondo, no solo las referidas a la pérdida de alguien cercano: “Elegía por Mercedes”, “La vecina muerta” -que nos hace pensar en “La amiga muerta” de Pichardo Moya- o en los estremecedores “Sonetos a mi padre” y “En vez de lágrima”: “Hugo Ania Mercier yo te quería…”, sino, sobre todo, aquellas dirigidas a sí misma, donde se mezclan la introspección, la ironía, la lucidez para descubrir el efecto devastador del tiempo, como se muestran en “Elegía por mi presencia” o esa otra de 1969 que comienza con una línea terrible: “Los besos se me han vuelto telarañas…” y el soneto de aliento quevedesco: “Yo no me enfermo de las casi hermosas / arrugas que prometen ser mi cara.” Hace pocos días el mundo literario y muchísimos amigos y admiradores han despedido a una poetisa que se ha querido ver como provocadora, feminista, exhibicionista en su erotismo, creo que las aguas tomarán su nivel y descubriremos pronto que se ha ido una de nuestras grandes elegíacas.

Mirta Aguirre escribió hace mucho tiempo que Sor Juana Inés de la Cruz fue una gran escritora que tuvo la desgracia de escribir el poema “Hombres necios que acusáis” porque esas fáciles redondillas hicieron que se olvidara el resto de su obra. Creo que a Carilda le sucedió con “Me desordeno..”, un poema juvenil – está fechado en 1946- que parece ocultar el resto de lo que vivió y escribió.

Guardo entre mis papeles un curioso plegable realizado por Ediciones Vigía que contiene un poema suyo. Yo estuve en esa presentación en aquella sala alta, en la esquina de la calle Río, donde entraban el aire y la luz por las ventanas para hacer más llevaderos aquellos días de 199…y tantos. En vez de firmar con un bolígrafo después de la presentación, fue armada con un lápiz labial de rojo intenso y estampó un beso en el sitio reservado a la rúbrica en cada ejemplar. A algunos se nos antojó frívolo o cursi el gesto, hoy quiero pensar que era un modo de sellar un pacto de amor con la poesía. A lo mejor comenzaba a despedirse, o lo estaba haciendo desde mucho antes, desde 1983, cuando escribió su soneto “Pensar que yo estaré muerta también” incluido en su libro Se me ha perdido un hombre:

Pensar que yo estaré muerta también,
tan muerta como tú, de otros comida;
en esa trampa donde al fin, cogida,
a contraluz me clave no sé quién.

Pensar que yo estaré muerta también
es algo que me tiene enternecida,
con ganas de decir: «sigo perdida,
no guardes esa mano ni esa sien,

espérame esta noche. Tuya. Amén.»
¿No ves que sueño con andar dormida
donde tus bromas de inocente estén?

¿No ves que yo te estaba prometida
y vuelvo a ti, quitándome esta vida,
porque ya has dicho con la tierra: ¡ven!?

 

* ROBERTO MÉNDEZ MARTÍNEZ (Camagüey, 1958) Poeta, ensayista y narrador. Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española. Tiene publicados más de cuarenta títulos. Su ensayo Plácido y el laberinto de la ilustración recibió el Premio Alejo Carpentier, 2017 y el Premio de la Crítica correspondiente a ese año.

 

Hacia una historia de la lengua española

Presentación del libro Hacia una historia de la lengua española,

de Marlen A. Domínguez Hernández

<… estudiar historia de la lengua no es una actividad de erudición,

sino de formación.>

Luis Álvarez (Prólogo).

por Margarita Vásquez Quirós,

Academia Panameña de la Lengua

Agradezco a Marlen Domínguez y a la Editorial Universitaria Félix Varela la oportunidad que me brindan para presentar el libro Hacia una historia de la lengua española. No soy más que lectora gozosa de los temas tratados en este libro, un poco temidos, en general, en estos tiempos, incluso en las universidades. Esto lo digo, y puedo dar fe de ello. Creo que hay aprensión, para no decir temor (y tengo que morderme la lengua para no llamarlo ignorancia). Nace en aquel que no las tiene todas consigo cuando se enfrenta al cambio; y, particularmente, a los cambios provocados en las lenguas por las necesidades comunicativas que atraviesan el tiempo y el uso.

Por lo mismo, tengo que imitar los versos de Andrés Laguna citados en el epígrafe del capítulo titulado <Generalidades>: pensando que sabemos mucho sobre el tema, pecamos por no querer saber más. Y porque la experiencia me dicta lo que digo y porque admiro el trabajo incansable de los maestros dedicados, quienes son los que más necesitan de este libro, aplaudo con entusiasmo la adecuación a la docencia de una refrescante bibliografía y la creación de materiales para la docencia filológica y lingüística, tarea que no es fácil y que aquí se logra con creces en quienes más lo agradecen: los estudiantes.

Confío y espero porque este libro anuncia para las universidades una dirección metodológica para la formación de personal capaz de documentar y registrar los cambios lingüísticos, la variación, la evolución del español, que, como sabemos, es la lengua oficial de veintitrés países a los que habría que sumar un grupo más de hablantes disgregados por el mundo. Este adiestramiento parte del análisis de textos o de la caracterización de las principales tendencias de transformación en nuestra lengua, con la posibilidad de compararlas con otros idiomas con los cuales convivimos en nuestra aldea global. Este libro, con su disciplinado sello magistral de la Historia, con su generosa entrega de bienes intangibles, proyecta a otros niveles de análisis los conocimientos gramaticales del español, el latín, las diferentes literaturas en lengua española (que, a su vez, arrastran consigo elementos culturales relacionados con la lingüística, la sociolingüística, la comprensión de la metodología de la investigación o la estilística y prepara para el análisis del discurso o la lexicografía). Leer más …

Llegada de Cira Romero a la Academia Cubana

 

 

Es un acierto notable la entrada de la investigadora literaria Cira Romero a la Academia Cubana de la Lengua, sorprende que no estuviera desde mucho tiempo antes en una de nuestras sillas. No se requieren aptitudes de adivinación para vaticinar que su presencia redundará un beneficio ante el cúmulo de tareas que solemos afrontar. Su currículo dispone de un respaldo inmediato en las estanterías de nuestras bibliotecas y librerías, beneficio para nuestra literatura colocado en las manos de los lectores. Ha trabajado con dedicación y ahínco sobre textos coloniales, republicanos y de la inmediatez. Antes de su llegada ya la contábamos como colaboradora en labores de gran empeño y necesidad, ediciones críticas y trazados periódicos imprescindibles.
De ese amplio abanico de obras y de autores trabajados por nuestra colega, se decidió por su estudio al narrador Lino Novás Calvo, con el cual entra en la Academia Cubana de la Lengua. Ningún otro autor requeriría mayor complejidad de observación, y para hacerla entre nosotros ningún analista más autorizado que ella. Su amplitud de intereses ha dado lecciones. Sin abandonar otros, ha profundizado en la narrativa del autor de Pedro Blanco, el negrero, en su desempeño como corresponsal de guerra en la República Española, y en la jefatura de información de la mítica revista Bohemia, a cuanto añadió traducciones que constituyeron benéficos regalos a nuestra cultura. Los textos de Novás Calvo recorrieron las más significativas publicaciones cubanas en la primera mitad del siglo xx, sin convertirlas en fijación a grupos y tendencias alejadas del aperturismo requerido por una cultura como la nuestra. Parece que en un conjunto desamorado alcanzó a ser la mano estrechada en tiempos de tormenta y una ilimitada voluntad de comunicación. Leer más …

Ingreso a la ACuL de Cira Romero Rodríguez

 

La Academia Cubana de la Lengua tiene el placer de informar que el acto de ingreso como su Miembro de Número, de la acuciosa investigadora de nuestra literatura, Cira Romero Rodríguez, será el lunes 10 de septiembre a las 3:00 p.m. en el teatro del Museo de Arte Colonial, ubicado en la Plaza de la Catedral. El mismo será de carácter público y solemne. Los títulos de los discursos de ingreso y de recibimiento son, respectivamente, «Lino Novás Calvo: entre la certeza y la incertidumbre» y «Lino Novás Calvo leído por Cira Romero», a cargo del Académico de Número y Premio Nacional de Literatura, Reynaldo González Zamora.

JUNTA DE GOBIERNO