Palabras para Carilda Oliver Labra

De noche. Noche espléndida.

Estábamos en la terraza de un café, bajo el cielo de Matanzas. Había música. Sobre un estrado, una pequeña orquesta tocaba. Escritores extranjeros y algunos cubanos visitábamos la ciudad. Algunos bailaban, otros sentados conversaban, tomando un ron o un daiquiry. Soplaba el aire de fines de febrero. Yo no la conocía, nunca antes en persona la vi. Vestida con traje oscuro, esa noche la veía bailar.

Pese a tanto tiempo transcurrido, lo recuerdo. Como si la viera de nuevo moverse con gracia, echar la rubia cabeza hacia atrás, bailando en brazos del escritor Jaime Sarusky. El recuerdo voluntariamente agrega el verde de sus ojos. Tenía ya publicados dos o tres libros, que le dieron cierto renombre popular. Apenas la había leído. Conocía poco de sus poemas. Más de sus aventuras eróticas, aventuras y rumores. Bastaba pronunciar su nombre, musical y raro, Carilda Oliver Labra, para que la gente, exaltada, repitiera leyendas, inventara erotismos o dijera a medias alguna verdad.

Terminó de sonar aquel bolero, deteniéndose se separaron y se soltaron las manos. Fue un minuto oportuno. Me levanté de un salto de mi puesto de observación y avancé con rapidez. “Jaime, preséntame”. La veo mirarme, sonreír, tenderme la mano. Regresó la música y la invité a bailar un lento bolero que hablaba de un amor fatal.

Así empezó nuestra amistad, que duraría hasta su muerte. A los dos nos gustaba la noche. Éramos un par de noctámbulos en una ocasión propicia. Después, cuando comencé a leerla, encontré en su escritura la mención de la noche una y otra vez, de una noche enemiga, de una noche amistosa, la propicia y la atormentadora. Durante aquella que nos había propiciado encontrarnos, nos sentamos a conversar. Esta conversación no terminó, ninguna, a partir de su aparición, terminaría: quedaban pendientes, en el aire, en espera de reanudarse. Algo nos faltaba, un episodio de nuestras vidas por contar, un autor que citar, un poema que decirnos.

Regresé a La Habana y volví a Matanzas, múltiples veces volví. Iba en auto de alquiler colectivo. Ella fue a La Habana numerosas veces, del mismo modo o en guagua o como invitada oficial a un acto de cultura. Durante aquel primer encuentro nos dijimos donde vivíamos, el nombre de la calle, el número de la casa, lo distante que estaríamos a partir de esa noche inesperada, ella en una ciudad y yo en otra. Pero algo sirvió para comunicarnos, para oír de nuevo nuestras voces, la de Carilda matizada de entonaciones, salidas humorísticas o tristes. Ese algo fue el número de nuestros teléfonos.

No podría decir cuántas veces nos citamos por teléfono. Cuántas veces, siempre de noche, estuve en su casa. Cuántas caminé la Calzada de Tirry o un auto me llevó al número 81. Cuántas toqué en su puerta.

Como es costumbre, la primera vez que llegué, la casa o más bien la antigua mansión de los Oliver Labra, construcción de fines del 19, me sorprendió. Gran puerta claveteada, de doble hoja, grandes ventanas enrejadas, tres o tal vez cuatro, integraban la extensa fachada, de alto puntal.

Ella abrió una puerta pequeña, empotrada en la grande. Anduvimos por el zaguán, al que daba primero la sala, siempre y completamente cerrada, desde la partida y la muerte de sus padres, y terminaba después en la saleta, el lugar donde le gustaba a Carilda Oliver recibir sus visitas.

Su colección de gatos la acompañaba escondiéndose del desconocido, la primera vez tras los muebles, y luego, dejándose ver un poco, cuidadosos, asomando la cabeza de ojos pendencieros, y más tarde, tras la continuidad de mis visitas, saliendo con el ama a saludar al visitante.

Se subían a los sillones vacíos de la saleta, dormitaban o parecían escucharnos. Con las horas supe sus nombres, enfermedades, sus gustos, por qué le faltaba a uno un pedazo de oreja, por qué el otro era sordo o había nacido ciego. Conocí a Mini, grande, jaspeado, gato montés. Cuando leí las páginas que Carilda le dedicó, entre las mejores que escribiera en prosa, conocía de antemano a quien se referían: estaba frente a mí y nos mirábamos fijo.

En la saleta había una mesa de comedor, de madera pulimentada con un largo mantel blanco. Algunas noches comimos en esa mesa. Aprendió a cocinar ya casada con Hugo Ania Mercier. Sobre él, después de su muerte, escribiría algunos poemas, tres sonetos que admiro y casi me sé de memoria. Salíamos al largo patio, al que daban todas las piezas de la casa, pleno de jazmines, galanes de noche, sembrados en macetas, cuidados y florecidos. Ella me daba sus nombres, los mencionaba, se acercaba a olerlos y a acariciarlos. Los gatos iban detrás, dando saltos, corriendo. Comían sobre las losas, comían, guerreaban. La noche es la hora elegida en que maúllan y hacen el amor.

Durante estas visitas de implacables conversaciones, opiniones literarias, recuerdos y aventuras pasadas, confidencias acerca del modo en que escribíamos, durante ellas nos fuimos dando nuestros libros con tiernas y admirativas dedicatorias.

Duraban hasta las once o el inicio de la madrugada, cuando salíamos a la acera, frente a su casa, en busca de un auto que me devolviera a La Habana.

Pasados dos o tres días sonaba el teléfono. Siempre a las once de la noche. “Es Carilda”, me decía su voz, y reanudábamos el diálogo que la partida nos había interrumpido. Hablábamos una o dos horas. Nuestra vida pasaba por el hilo telefónico. Más que en su casa, entre el olor de las plantas del patio y el maullido de algún gato, le preguntaba sobre su vida con mayor intimidad e insistencia que en su propia saleta. Ella hacía lo mismo con la mía.

En una de esas llamadas, el teléfono parecía propiciar otras confidencias, me dijo que quería mandarme, siempre que antes me comprometiera a decirle con entera franqueza cuanto pensaba, una recopilación de sus cuentos. “¿Cuentos? ¿Tú escribes cuentos?”, exclamé estupefacto, y firmé verbalmente el compromiso.

A los pocos días llegaron por correo electrónico.

Quedaba roto uno de sus secretos, guardado a lo largo de cuarenta años. El primero estaba fechado en 1948. Eran ocho en total. Varias noches mi teléfono dejó de sonar. La poeta desplegaba su astucia: me daba tiempo de lectura.

Mantuve encendida la computadora. Debieron pasar tres días, más exactamente, tres noches. No sólo era nuestro hábito conversar, leíamos, escribíamos, trabajábamos en las horas propicias de la noche, hasta entrada la madrugada. La máquina marcaba ochenta páginas. Lo que sumaría el original.

Cuando terminé de leer y sugerirle pequeñas correcciones, como ella me había pedido que hiciera, fui yo entonces quien la llamé. Eran las once y diez cuando terminé de darle mi opinión. Carilda la había escuchado en el mayor de los silencios. “Sin tu ayuda no me atrevería a mostrar a nadie esos cuentos”.

Volvieron a su casa por correo electrónico.

Mi sorpresa se contagió de curiosidad. Me atrajeron aquellos ocho cuentos, bastante extensos, escondidos por tantos años, escritos en el silencio nocturno de su antigua casa matancera, ocultos de la publicidad, que a Carilda Oliver le resultaba ya difícil eludir. Sin duda, durante ese lapso y de vez en cuando, los escribía para sí misma. ¿Dónde los guardaría? ¿En qué pieza de su inmensa casa? ¿En un sobre, en un file, en una carpeta, mientras transcurría el tiempo?

Resulta habitual que un poeta, en algún momento de su labor, se sienta tentado por la prosa, su violento antagonista. Novelistas y dramaturgos excelentes tuvieron su inicio en la poesía, la abandonaron luego, o como en el caso de Carilda Oliver, la hicieron coincidir, a ella, absorbente y díscola, con el resto de su escritura. Si Carilda Oliver resulta semejante en tal coincidencia, no lo es en un punto novedoso e inquietante: el silencio, casi absoluto, sobre su quehacer antagónico.

No obstante y si se aceptan ciertos límites entre los géneros, si las formas literarias son antagónicas: cualquiera que haya escrito poemas sabe que de ese modo no se escribe un relato.

A medida que frecuentaba la poesía de Carilda Oliver, tras la lectura sorprendente de sus narraciones, y pese a las diferencias entre un género y otro, me aguardaban en el conjunto de los ocho cuentos, deliciosas relaciones, resonancias, prolongaciones, repetición de estructuras, principalmente en algunos sonetos y ciertos poemas extensos, el placer de las confluencias, a ratos contradictorias y otras veces complementarias, entre los cuentos desconocidos y su obra poética publicada.

A sus poemas amorosos y eróticos se unen o conjugan, prestan luces, se reflejan como en espejos dobles, varios de estos relatos. En el nombrado “La tarjeta”, que figura entre los breves y extraños, con un final inesperado, la protagonista parece imaginar al amante para amarlo por reminiscencia, mientras que en “Palomo verde”, uno de los mejores, la relación lograda de la pareja se refleja como celosía en la madre del protagonista. O en el relato, tan conseguido, “A la una de la tarde”, la relación sexual furtiva, narrada con franqueza verbal y acierto, termina en una transformación casi mágica, que propicia otra lectura: la de una realidad doble, entre lo imaginario y lo factible. Leer este cuento me acercó a momentos semejantes de su escritura poética, al poema “Elegía en abril” y a otro que ¿casualmente? se llama “Cuento”.

“Deida” y “La calle del Refugio”, me dieron a conocer una faceta de la poeta, cercana a la escritura fantástica. El primero, “Deida”, me gustaría colocarlo dentro de una tradición: la de la mujer impregnada de naturaleza, de la naturaleza como razón sentimental y no como paisaje, tradición en la que figuran otras dos escritoras cubanas, con textos un tanto más complejos pero similares: la Avellaneda de La hija de las flores y la Loynaz de Jardín.

En las tres, una pieza teatral y dos relatos, las protagonistas son adolescentes, ingenuas y rebeldes a la vez. Desde su mundo o condición completamente natural, semejantes a las Claudines de Colette, casi sin quererlo o proponérselo, realizan una crítica de la organización antinatural de la sociedad humana.

“La calle del Refugio” establece con “La tarjeta” un diálogo de semejanzas y de soluciones: ambas parten de un malentendido emocional. En “La calle del Refugio” se busca una compensación imaginaria a la frustración o la soledad amorosa.

No debo pasar por alto dos opiniones, una de ellas quizá resulte más grave que una opinión, con la que ahora, dentro de un instante, cerraré estas palabras.

Le dije a Carilda Oliver, bien por teléfono o en una de nuestras noches en las que mezclábamos secretos, penas, goces imposibles, ilusiones. Lo primero que le dije fue esto: junto a “Palomo verde” y “A la una de la tarde”, otro relato constituye tu trilogía de excelencias. Ese relato es “Mini”.

Imantado me dejó su lectura. Caminé por mi casa acompañado de ese gato montés que, sin embargo, murió de tristeza, al pie de su cama, cuando la narradora abandona la casa por unos meses para hacer un viaje. Relato escrito con seguridad y maestría, ritmo creciente e insospechadas soluciones. Parecido a las viñetas de animales de Jules Renard.

Terminada la lectura de “Mini” le agregué a la autora: nunca antes había visto un gato. Lo familiar se nos ha vuelto extraño, es decir, esencial. En nuestra cuentística sólo encuentro un relato equiparable: “Belisario” de Virgilio Piñera, donde figura un extraordinario tigre.

Finalmente la segunda cosa que le dije tal vez era una confesión o más que una confesión una decepción confiable: es una lástima que hayas escrito tan pocos cuentos. Aunque “Mini”, “Palomo verde” y “A la una de la tarde” puedan figurar, con mucha dignidad, en cualquier antología futura, si insistieras, Carilda, y a estos cuentos agregaras un puñado más, tendríamos en la narrativa cubana una cuentista excelente.

Con estos cuentos confeccionó un pequeño libro, al que le puso el nombre de uno de ellos “A la una de la tarde”. Le mandé o llevé una noche una nota preliminar que ella me pidió y aceptó complacida. De esa nota he tomado algunos apuntes. El libro apareció en 2004, por la editorial Letras Cubanas. Los años, con su inveterada mala costumbre, pasaron, siguieron pasando. Carilda Oliver Labra murió en este mismo 2018. Fui a acompañarla por última vez a Tirry 81. Tengo la ilusión de que se encuentre entre sus papeles póstumos un puñado de cuentos inéditos, ocultos, sin mencionar, escritos durante esto catorce años, como los ocho que me mandó una vez.

Muchas gracias por escucharme.

 

PARA CARILDA EN EL RECUERDO

 

 


 

Este homenaje a Carilda que le ofrece la Academia Cubana de la Lengua me permite traer ante ustedes, más que un análisis de su poesía, un testimonio de mi relación con su obra, con la cual intenté un primer diálogo hace muchos años, en una época en la que me encontraba yo comenzando mis lecturas en medio de mis estudios universitarios. Ya tenía yo ciertos criterios acerca de la poesía y conocía algunos textos de Martí, de Lezama, de Heredia y de autores no cubanos. Esos autores me habían permitido conocer páginas magníficas y tendencias expresivas que diferían notablemente de la estética de Carilda, si bien esta era heredera, aunque lejanamente, del romanticismo herediano, pero sustantivamente modificado por una modernidad que no está presente en el cantor de Niágara. Leí mucho por entonces de esos autores y me fui haciendo una manera de percibir la poesía con un especial rechazo a la tendencia noerromántica, representada entre nosotros por un autor muy célebre, pero para mí carente de interés: José Ángel Buesa, a quien años más tarde aprendí a estimar más allá de aquellas impresiones que tuve de su quehacer y que estaban dictadas por mi rechazo a la utilización de la poesía para conquistar mujeres. Esa línea expresiva estaba en el centro de la obra de Dulce María Loynaz, pero con una jerarquía mayor, de un vuelo mucho más alto que los años han venido a confirmar, y era asimismo la línea creadora del primer libro de un importante poeta posterior: Fayad Jamís, a quien no conocía yo por entonces más que de nombre. Pasaron los años y yo no me había vuelto a acercar a la poesía de nuestra autora en parte por falta de tiempo y en parte por aquel prejuicio contra el neorromanticismo, una escuela tan señaladamente pobre en los años sesenta, setenta y ochenta incluso en una figura tan notable como Pablo Neruda con su libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada, libro carente de interés para mí casi tanto como el resto de su obra no obstante la fama de que disfruta entre los grandes.

 

A mi distanciamiento de la obra de Carilda contribuyeron también las apariciones que ella hacía en televisión recitando sus poemas y no menos la devoción que despertaba entre tantos admiradores a los que nunca escuché elogiar de ese modo a Vallejo, a Martí o a Gabriela Mistral. No me gustaba esa imagen de escritora heterodoxa, supuestamente desinhibida, con aquello de “me desordeno, amor, me desordeno”, acogido casi siempre para la risa criolla sin más, y la risa me parece maravillosa, pero no tanto la banalidad. Ahora, a propósito de este homenaje, volví a su obra y me ha sorprendido cómo una mala lectura puede deformar a un autor y hacer que perdamos mucho de lo valioso que hay en sus páginas. Ese mismo texto en que aparece ese “desorden” hay una calidad muy respetable, y no menos en otros igualmente signados por un erotismo fuerte y dinamizante que ha constituido el centro de buena parte del quehacer literario de esta poetisa. En esos textos en los que la autora refiere parte de su experiencia amorosa hay una autenticidad que muchos querrían para su obra, y en especial un riquísimo imaginario que irrumpe en esos textos de manera inesperada, particularmente en un léxico que por momentos rompe el discurso y nos entrega inusuales asociaciones, distantes a veces de lo que en apariencia es el discurso central del poema, una apertura que nos conduce por un sendero que de pronto se nos ilumina, algo que en la experiencia lírica está actuando en la sensibilidad de la autora y que ella tiene necesidad de decirnos. La primera impresión que ese rasgo de su escritura puede producir en los lectores es la de que ha entrado en la trama erótica un elemento caótico, desestructurador, lo cual es quizá interpretado como una pulsión inconsciente, ajena al rigor del autocontrol de la persona que escribe, pero en mi criterio eso habla, de ser cierta esa valoración, de la genuina emoción que en ese momento vive esta mujer que lamenta y sufre la ausencia del ser amado, la ausencia de su seducción, tan intensa a todo lo largo del texto. Cuando esa experiencia es narrada en el poema es frecuente que la muerte haga acto de presencia como una violencia que el acontecer ejerce sobre la hermosa vivencia que se nos cuenta. Ese desequilibrio que aflora en el discurso pude ser interpretado como un factor subyacente en el delirio de la entrega amorosa, un factor que viene a ser como un destino inexorable cuya presencia alimenta continuamente el miedo de todo amante, la dualidad eros/tánatos, tan citada y estudiada. Hay momentos en los que sentimos que el poema cae, no mantiene la esbeltez y riqueza de otros de sus pasajes, como si hubiese faltado la mano depuradora de la expresión que habría dejado impoluto el poderoso testimonio lírico que tenemos delante, pero el impacto está ahí definitivo.

 

En mi criterio alcanza Carilda su mayor riqueza en las páginas en las que evoca a sus muertos amados, como su padre y su madre, a quienes dedica magníficos ejemplos de buen gusto y creatividad, a la altura de los mejores momentos de la mejor poesía elegíaca hispanoamericana. Leamos estos fragmentos de “Madre mía que estás en una carta”:

 

I

Madre mía que estás en una carta

y en un regaño antiguo que no encuentro,

quédate para siempre aquí en el centro

de la rosa total que no se aparta.

 

 

Madre mía que estás tan lejos, harta

de la nieve y la bruma, espera, que entro

a ponerte a vivir con el sol dentro,

madre mía que estás en una carta.

 

Puedes darle al misterio tu infinita

amistad con las sombras hechiceras:

puedes ser una piedra que se quita

 

o borrarme ahora mismo las ojeras,

pero, madre, recuerda nuestra cita:

¡no te atrevas a todo, no te mueras!

 

II

[…]

Mamá,

vuelve con el terral, entre en el tiempo,

aprovecha el milagro de la tarde;

te cogerá la mano zurcidora

aquel olor a piña,

has de encontrar en tu zaguán la areca

que se secó de echarle lágrimas.

[…]

Gracias a usted por su tiempo, su memoria, sus palabras.        

CARILDA MÁS ACÁ DEL POLVO

 

Roberto Méndez Martínez*

Yo soy uno de esos lectores que descubrió tardíamente la poesía de Carilda Oliver Labra. Quizá fue providencial. En los años de mi juventud temprana, cuando dividía mi admiración entre Rilke y T.S.Eliot, cuando volvía una y otra vez sobre la obra de Lezama, de Baquero, de Diego, libros como Al sur de mi garganta y Memoria de la fiebre, de haberse cruzado en mi camino, los hubiera visto apenas como curiosidades de otro tiempo. Piénsese que hablo de los años 70, cuando unos pocos, asqueados de la poesía oficial y oficiosa, mal soportada por un lenguaje arrancado del peor periodismo, nos refugiábamos en ciertas bibliotecas para leer los textos por entonces colocados en el Index: Primer libro de la ciudad, Toda la poesía, Escrito en las puertas, El justo tiempo humano. Nada de efusiones románticas, ni de poesía erótica femenina.

Recuerdo que por aquellos, mis años universitarios, se presentó en la Sala Hubert de Blanck una especie de revista musical concebida por Héctor Quintero con el título Algo muy serio, su humor grueso y su insospechada frivolidad mantuvieron la sala repleta por más de una temporada. En las primeras representaciones había una escena en la que una veterana actriz cómica, Juanita Caldevilla, parodiaba a las declamadoras de antaño. Ataviada con una especie de túnica griega y una enorme peluca llena de rizos, recitaba del modo más ridículo posible “Me desordeno, amor, me desordeno”. El público se desternillaba de la risa cuando ella hacía guiños y torcía los labios para decir el verso “Te toco con la punta de mi seno”. Creo que ni yo, ni casi nadie en el teatro, incluida la actriz y hasta el director sabían quién había escrito el poema. A mitad de temporada, el texto tuvo que ser sustituido por otro, escrito ad hoc. Se comentaba que la autora del poema ultrajado estaba viva, en Matanzas, se llamaba Carilda Oliver y que había amenazado al dramaturgo con ponerle una demanda judicial si no retiraba aquella apropiación irrespetuosa.

Llegué a conocerla, quizá tres lustros después, en Matanzas, cuando ella comenzaba a salir de aquella especie de ostracismo involuntario en su casa de la Calzada de Tirry 81, donde por años la rodearon el polvo y los fantasmas: el de su padre y su madre distantes, el agridulce de Hugo Ania Mercier. De repente, recobraba su lugar en la poesía y aunque la mimaban y cortejaban algunos escritores que eran sus coetáneos, había una generación mucho más joven ansiosa por acoger, aclamar y hasta aprender sus versos. De momento, una autora que hubiera podido colocarse de manera mecánica entre los creadores de los años 50 ganaba su verdadero lustre en las dos últimas décadas del siglo XX y hasta en la primera del siguiente.

Cuando me presentaron a la escritora, me sorprendió con su calidez, con su tranquila seguridad en sí misma, era evidente que en su interior la sobresaltaban malos recuerdos, amarguras, pero ella sabía dominarse y tratar a los demás con esa dignidad y altura del que ni siquiera se permite reconocer que tiene enemigos. Y eso que los tenía, y en número no despreciable. En una época de poetisas con la apariencia exterior de haber sido rescatadas de un naufragio, ella cuidaba su apariencia desde el cabello hasta las uñas. Era elegante hasta la extravagancia, pero eso mismo ocurría con su manera de situarse en el mundo y con una zona de sus versos. Yo aprendí pronto que si aquellos afeites podían parecer incómodos en un tiempo en que se sobrevaloraba el desaliño, bastaba con olvidarlos y mirarle directamente a los ojos, que eran profundos y a la vez sonrientes. En ellos brillaba con frecuencia una chispa de picardía.

Su apariencia me hizo pensar en otra figura de la poesía latinoamericana, la uruguaya Juana de Ibarbourou. Quizá ella constituyera un modelo en su juventud y prefiriera ese echar la belleza hacia afuera, hacer un desposorio entre la poesía y el espectáculo, con un divismo artístico de buena ley, aunque muy distante del estilo austero y aristocrático de Dulce María Loynaz o del áspero de la maestra y cónsul Gabriela Mistral.

Cuando aún no se hablaba de performances, Carilda hizo de la poesía algo performático. No leía sus versos como hacían casi todos hace treinta años, sentados en el suelo, huyendo de todo énfasis y con una especie de premura, como si debieran salir rápido de aquello para hacer algo más importante. Sus recitales eran un espectáculo, a los que ella debía llegar al menos una hora antes y encerrarse en un camerino o en el rincón que pudiera servirle de tal y preparar su interior y su exterior para el espectáculo. Ponía algo adicional en sus versos cuando los leía, un algo que ayudaría después a descifrar mejor las intenciones de la escritura. No temía la efusión sentimental, la confidencia y en sus textos más fuertemente eróticos había un elegante manejo del asunto, un límite artístico de buen gusto que no han sabido mantener sus múltiples imitadoras.

En una ocasión la vi hacer algo casi imposible para el resto de los poetas cubanos, incluidos los más grandes. Ofreció un recital de poesía al aire libre, en una enorme plaza de Holguín. El público era dilatado, pero apenas había un par de filas de intelectuales, reales o pretendidos, el resto eran en su mayoría eso que se dado en llamar “público en general”, lo que incluía a muchísimos estudiantes de la enseñanza media. Sola, en un enorme escenario, ella dirigió su lectura a las jóvenes, dialogó con ellas, les hizo confidencias, leyó algunos de sus textos más divulgados y también otros menos conocidos y, desde su butaca, mantuvo en vilo a los asistentes por más de una hora.

Creo que una clave de su escritura es haber asumido el neorromanticismo sin complejos de culpa, aunque por muchos años ese término fuera una mala palabra. Cuba es una de las naciones de América donde la expresión literaria nació verdaderamente con el Romanticismo y éste asumió cualidades especiales, se transformó en el Modernismo, pero no desapareció, nunca fue una asignatura vencida, se hizo peligrosamente popular en los libros de Hilarión Cabrisas, primero y luego en las múltiples ediciones de Oasis de José Angel Buesa, pero nutrió también Ala de Agustín Acosta, “Nocturno y elegía” de Ballagas, ciertos poemas de amor de Guillén, así como muchísimas páginas de Mirta Aguirre, Dulce María Loynaz, Fina García Marruz.

La Oliver supo asimilar el estilo coloquial que entre nosotros se inicia, quizá, con ciertos poemas de Tallet y con la “Conversación a mi padre” de Eugenio Florit, pero que es convertido en uso casi común por los autores de los años 50. Ella apela a la confesión directa, al tono arrebatado, pero también al giro cotidiano en el lenguaje, a la palabra de sabor prosaico, aún cuando esté resolviendo con virtuosismo un soneto. Aprovechó también ciertas lecciones de los autores del posmodernismo, como su coterráneo Agustín Acosta y aún del camagüeyano Felipe Pichardo Moya.

Casi todos se han fijado en su poesía amatoria, en la fluida facilidad de las décimas del “Canto a Matanzas”, sin embargo se recuerdan menos sus elegías, escritas con una sinceridad y llaneza que calan muy hondo, no solo las referidas a la pérdida de alguien cercano: “Elegía por Mercedes”, “La vecina muerta” -que nos hace pensar en “La amiga muerta” de Pichardo Moya- o en los estremecedores “Sonetos a mi padre” y “En vez de lágrima”: “Hugo Ania Mercier yo te quería…”, sino, sobre todo, aquellas dirigidas a sí misma, donde se mezclan la introspección, la ironía, la lucidez para descubrir el efecto devastador del tiempo, como se muestran en “Elegía por mi presencia” o esa otra de 1969 que comienza con una línea terrible: “Los besos se me han vuelto telarañas…” y el soneto de aliento quevedesco: “Yo no me enfermo de las casi hermosas / arrugas que prometen ser mi cara.” Hace pocos días el mundo literario y muchísimos amigos y admiradores han despedido a una poetisa que se ha querido ver como provocadora, feminista, exhibicionista en su erotismo, creo que las aguas tomarán su nivel y descubriremos pronto que se ha ido una de nuestras grandes elegíacas.

Mirta Aguirre escribió hace mucho tiempo que Sor Juana Inés de la Cruz fue una gran escritora que tuvo la desgracia de escribir el poema “Hombres necios que acusáis” porque esas fáciles redondillas hicieron que se olvidara el resto de su obra. Creo que a Carilda le sucedió con “Me desordeno..”, un poema juvenil – está fechado en 1946- que parece ocultar el resto de lo que vivió y escribió.

Guardo entre mis papeles un curioso plegable realizado por Ediciones Vigía que contiene un poema suyo. Yo estuve en esa presentación en aquella sala alta, en la esquina de la calle Río, donde entraban el aire y la luz por las ventanas para hacer más llevaderos aquellos días de 199…y tantos. En vez de firmar con un bolígrafo después de la presentación, fue armada con un lápiz labial de rojo intenso y estampó un beso en el sitio reservado a la rúbrica en cada ejemplar. A algunos se nos antojó frívolo o cursi el gesto, hoy quiero pensar que era un modo de sellar un pacto de amor con la poesía. A lo mejor comenzaba a despedirse, o lo estaba haciendo desde mucho antes, desde 1983, cuando escribió su soneto “Pensar que yo estaré muerta también” incluido en su libro Se me ha perdido un hombre:

Pensar que yo estaré muerta también,
tan muerta como tú, de otros comida;
en esa trampa donde al fin, cogida,
a contraluz me clave no sé quién.

Pensar que yo estaré muerta también
es algo que me tiene enternecida,
con ganas de decir: “sigo perdida,
no guardes esa mano ni esa sien,

espérame esta noche. Tuya. Amén.”
¿No ves que sueño con andar dormida
donde tus bromas de inocente estén?

¿No ves que yo te estaba prometida
y vuelvo a ti, quitándome esta vida,
porque ya has dicho con la tierra: ¡ven!?

 

* ROBERTO MÉNDEZ MARTÍNEZ (Camagüey, 1958) Poeta, ensayista y narrador. Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española. Tiene publicados más de cuarenta títulos. Su ensayo Plácido y el laberinto de la ilustración recibió el Premio Alejo Carpentier, 2017 y el Premio de la Crítica correspondiente a ese año.

 

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Por:  Graziella Pogolotti Jacobson

Aquí y allá, en establecimientos comerciales de carácter privado se extiende, como por onda expansiva, el uso de anuncios en inglés. Esa
presencia comienza a invadir el espacio público. En estas circunstancias, es imprescindible recordar que el español constituye la lengua oficial en nuestro país. Portadora de identidad, componente esencial de nuestra cultura, integra los factores constitutivos de la nación soberana. Por demás, la ley impone la exigencia de su cumplimiento obligatorio por parte del conjunto de los ciudadanos.

Cabría suponer que entre los comerciantes de reciente estreno se manifiesta la tentación de complacer, por esta vía, a los visitantes de otros países que, en flujo creciente, llegan al nuestro, aunque no todos sean hablantes nativos del inglés.

Se trata de una apreciación errónea. Las motivaciones de los viajeros son múltiples. Muchos se solazan con los atractivos de la naturaleza,
disfrutan del sol y la playa. Otros, prefieren frecuentar las ciudades, interesados por los valores patrimoniales que las singularizan y por el comportamiento de un pueblo comunicativo, callejero, acogedor y cordial, tal como lo reconocieron quienes pasaron temporadas entre nosotros desde los tiempos de la colonia. En el ámbito edificado y en las gentes que lo habitan, descubren los valores de una cultura diferente, amasada a través de una historia específica.

Por vía inconsciente, el ambiente que nos rodea influye en el uso del idioma. Era yo una joven recién graduada en busca de trabajo, cuando
se me ofreció la oportunidad de colaborar en la elaboración de un manual de ortografía. La autora del texto había realizado previamente
una encuesta entre estudiantes para detectar los errores más frecuentes. No los hubo al escribir la palabra cerveza, a pesar de la
c, la v y la z, tan comprometidas en nuestra habla latinoamericana. Por aquel entonces, la competencia entre las marcas más reconocidas se
manifestaba en un despliegue publicitario en las calles y en la televisión. La grafía se grababa de manera indeleble en la retina de todos.

Según reseña la prensa, el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel, subrayó en palabras pronunciadas en el
Ministerio de Educación la necesidad de conceder la importancia que merece al desarrollo de los hábitos de lectura mediante la conducta de un maestro, portador siempre de un libro ante los escolares que deberán seguir su ejemplo.

El asunto adquiere mayor trascendencia en tiempos de dominio creciente de la comunicación audiovisual. Ha sido objeto de análisis e investigación a nivel internacional. Entre nosotros, el tema reclama atención de primer orden ante el deterioro en el empleo de la lengua
que concita preocupación en amplios sectores sociales. Por distintas vías se ha manifestado la necesidad de conceder la debida jerarquía al
aprendizaje del idioma, no solo mediante el manejo de la gramática, sino a través del entrenamiento en la comprensión de textos literarios.

El dominio del idioma asociado a la comunicación humana y a la capacidad de forjar en los educandos el ejercicio de un pensar independiente, crítico y creativo, abierto al acceso al conocimiento y a la búsqueda permanente de la innovación, resulta reclamo fundamental de esta época. Constituye un integrante inseparable, junto a la historia y las matemáticas, de la tríada de disciplinas que, más allá de lo instrumental, se distinguen por su carácter formador.

Preservar el potencial de riqueza y expresividad de la palabra y diseñar estrategias en función del presente y, sobre todo, con vistas
al futuro de las criaturas que están naciendo, cuando los mensajes telegráficos dominantes en el empleo de los teléfonos celulares suplantan el arte de la conversación, bloquean el diálogo productivo, interfieren la transmisión de saberes, castran el impulso creativo de la imaginación y limitan el acercamiento sensible entre los humanos, son demandas impostergables.

La complejidad del desafío compromete a la familia y a la escuela, pero trasciende delimitaciones institucionales compartimentadas. Desde
el amanecer, la comunicación preside, tanto como el oxígeno que respiramos, la totalidad de nuestro existir. Se manifiesta en la zona
más íntima del hogar, en el tránsito por las calles, en la prestación de servicios, en las fórmulas de una convivencia civilizada, en el tejido de las redes de la información que nos conectan con la realidad del país y con los derroteros del acontecer internacional. Comprender
la magnitud del problema es paso indispensable para afrontar la búsqueda de las soluciones.

Cultura e identidad arropan el territorio de la espiritualidad, residencia de los valores que nos definen como pueblo. Perduran y se transmiten a través de la lengua que hemos heredado. Cuidemos de ella en los mensajes que animan nuestras calles, en los medios de comunicación, en el ámbito de la escuela y del centro de trabajo. Podemos hacerlo ahora mismo. Mientras tanto, para precisar estrategias a largo plazo, convoquemos al análisis y la reflexión. Ante la complejidad de los problemas, pensar es un modo de ir haciendo.

Tomado de Juventud Rebelde

http://www.juventudrebelde.cu/index.php/opinion/2018-05-19/closed

Publicado: Sábado 19 mayo 2018 | 09:21:59 PM

«En Román Paladino: La ‘Glosa 89’ el primer texto español»

Frente a quienes sitúan los orígenes del castellano en el ‘Cartulario de Valpuesta’, el autor mantiene que es en la llamada ‘glosa 89’ donde se encuentra el primer testimonio de una lengua que «con sus vaivenes y sus crisis» se ha convertido en universal

 

Se ha publicado recientemente la noticia de que la editorial ‘Siloé, Arte y Bibliofilia’ ultima una edición facsimilar del Cartulario de Valpuesta (Becerros Gótico y Galicano). En ese artículo, los entrevistados -los dos editores de la obra- otorgan a la documentación altomedieval de Valpuesta el rango de «los registros más antiguos del castellano», incluso anteriores a las mismas Glosas Emilianenses. Como estudioso de estos temas desde hace ya muchos años, creo que puede ser oportuno ofrecer algunas aclaraciones o precisiones, solo algunas y sencillas, en torno a esta compleja cuestión.

1.- ¿La atribución de la máxima antigüedad a estas escrituras romances de Valpuesta, que recoge dicha noticia periodística, pone realmente en cuestión la tesis hasta ahora defendida de asociar los orígenes del español con el escritorio de San Millán de la Cogolla?

No, en modo alguno. Y ¿por qué? Por las razones siguientes, fáciles de comprender:

  1. a) La antigüedad de una lengua debe quedar de manifiesto en todos sus niveles. Es decir, debe darse una primera expresión de características romances en todos los niveles lingüísticos. Al tratarse tan solo de palabras, por ejemplo, estaríamos hablando de la antigüedad del léxico de una lengua, pero no de una lengua en su integridad. Quiere esto decir que ese título de ‘cuna de la lengua’ sólo podría atribuirse estrictamente a un enunciado o conjunto de enunciados donde estén presentes todos los niveles lingüísticos que constituyen los modos de hablar que llamamos lenguas: los niveles gráfico, fonético, gramatical (morfológico y sintáctico), lexicológico y semántico.
  2. b) Un texto en romance es aquel que, con un sistema gráfico romance refleja todos los niveles lingüísticos de una lengua, incluida la pronunciación. Es necesario representar la lengua hablada de una nueva manera, desde las palabras hasta los sonidos pasando por la morfología y la sintaxis. Por esta importante característica sobresalen los testimonios emilianenses de las glosas respecto de otros hispanos donde se sigue escribiendo la morfología hablada con la ortografía latina. En efecto, los monjes de Suso se esforzaron por dotar de nuevas reglas ortográficas al romance, de dejar de escribir la lengua hablada total al modo tradicional, a la latina, para pasar a una escritura innovadora, una nueva técnica fonográfica, la escritura a la española.
  3. c) La riqueza y complejidad cognoscitiva y física, en su realización, de una lengua requiere unos mínimos de expresión para reconocer en ella alguna de sus admirables singularidades específicas. Y el texto constituye, a mi juicio, la unidad indispensable, esto es, el enunciado escrito donde todas sus secuencias de significado están cohesionadas o relacionadas entre sí, por lo que transmiten un mensaje coherente, es decir, un mensaje que adquiere una unidad de sentido.

2.- Pues bien ¿se ajusta el Cartulario de Valpuesta a estos criterios?, ¿cumple estas indispensables condiciones? Es evidente que no:

– No contiene textos en romance, sino simplemente palabras romances.

– Lejos de presentar todos los niveles de la lengua, se limita casi exclusivamente a uno solo, al nivel léxico. Los documentos recogidos en los dos cartularios de Valpuesta, donde el valor lingüístico es sin duda muy apreciable, no alcanza a la totalidad de los niveles de nuestra lengua. La antigüedad, insistimos, ha de valorarse rigurosamente, esto es, con referencia a la manifestación de un estado de lengua en todas sus dimensiones. Porque, si se alude a una antigüedad parcial, a la específica de un solo nivel, por ejemplo, a la correspondiente al ámbito lexicológico, se podría objetar con toda razón que otros niveles, como el sintáctico, nuclear sin duda en la constitución de cualquier lengua, hunde sus raíces, para muchos, en las varias Vetus latinas (siglo II) y la Vulgata (siglo IV) o incluso, para otros, en los textos del latín vulgar anteriores a nuestra era. Sin pasar por alto las palabras que ya dejaron de pertenecer al lexicón latino, por ejemplo, en los escritos de Isidoro de Sevilla o en los viejos glosarios hispanos, como el Liber glosarum del siglo VIII, cuya copia se llevó a cabo en Hispania. Ni tampoco deberían silenciarse, parece evidente, las formas de contenido semánticas que hoy compartimos con los hablantes de la Romania de cualquier tiempo.

Por lo tanto, los documentos valpostanos no pueden ser considerados testimonios romances, sino unos escritos latinos en donde aparecen palabras romances. La antigüedad del cartulario de Valpuesta es, sin duda, un valor de gran interés para la lexicología romance, pero no presenta las credenciales suficientes para la reivindicación específica de los orígenes del castellano. En este sentido, la prudencia y cautela de los especialistas castellanos, lejos de tener que ser recriminadas, tienen que ser comprendidas.

3.- Por el contrario, la llamada ‘glosa 89’, escrita en el folio 72r del códice emilianense 60, sí es un texto iberorromance propiamente dicho: el primer texto romance en el sentido genuino del concepto de texto.

– Es el primer texto iberorromance que reúne las dos condiciones anteriores:

  1. a) Constituye la primera manifestación en todos sus niveles lingüísticos de la lengua iberorromance.
  2. b) Y también por primera vez, intencionadamente, está escrito en su integridad (el léxico, la gramática y los sonidos del habla) de una nueva manera, a la española. Es el primer testimonio, de extraordinaria entidad lingüística y cultural, donde con notoria solvencia y llamativa limpieza se expresa completamente y por vez primera el habla romance de la Hispania altomedieval.

Por todo ello, dentro de la notable producción filológica y lingüística del monasterio emilianense (glosas, glosarios, innovaciones ortográficas, Becerro Galicano, Berceo, etc.), debe ocupar el centro de la atención y del estudio de los orígenes del español la así llamada ‘glosa 89’ o ‘doxología’, de cuya edición paleográfica doy aquí mi versión, muy fiel al original: «Cono aIutorio . < d e > nuest r < o > dueno . dueno christ o . dueno salbatore . qual dueno get ena honore . equal due n no tienet . Ella mandatjone . cono patre cono sp irit u s an c t o enos sieculos . delosieculos . facanos d eu s om ni p o t en s tal serbitjo fere . ke d e na n te ela sua face gaudioso segam us . Am em».

Quiero destacar que esta ‘glosa’ fue ya considerada por un reconocido especialista, Díaz y Díaz, como «el primer texto escrito en román paladino”, un texto en el que los hispanistas deberían centrar más su estima porque «es ahí donde ya está la lengua que con sus vaivenes y sus crisis de crecimiento se ha convertido en una lengua universal».

Además, atendiendo incluso a la cuestión de la antigüedad, mis últimas investigaciones descubren en la ‘glosa 89’ un texto con un estado de lengua desde luego muy anterior a la segunda mitad del siglo XI, fecha en la que algunos la datan, principalmente porque es muy difícil concebir el estado de la lengua de la ‘glosa 89’ como el correspondiente a una época solo un siglo y medio anterior a Gonzalo de Berceo. Por cierto, el poeta riojano ha enriquecido el vocabulario culto como nadie lo ha hecho con tal intensidad en la literatura española. Es decir que gracias a él, no hay que olvidarlo, nos entendemos hoy.

Cartularios de Valpuesta: cuando el latín se hizo español

Tomado de: El país.

Clonados por primera vez los códices del siglo IX que contienen los vestigios más antiguos del idioma

Bajo una helada del demonio y la mirada escrutadora del arcediano, el pobre monje, temeroso de Dios y de que le tiemble el pulso, copia lentamente en su scriptorium la relación de bienes que generosos donantes han regalado al monasterio. Traza con una pluma de ave mojada en hollín desleído en agua:

“Kaballos”. Donde tenía que poner, o donde hasta entonces ponía, “Caballum”. Leer más …

Un Aniversario más de Nicolás Guillén

Por Nancy Morejón

 

A Sara Casal Enríquez

 

Nacido un 10 de julio de 1902, en una comarca camagueyana de «pastores y sombreros», Guillén asoma su perfil en la proa de un barquito de papel, que todavía boga y boga por el Mar de las Antillas sin haber perdido jamás la memoria de los barcos negreros.

 Escoltados por Don Federico y Taita Facundo, sus sones y elegías navegaron por todos los océanos del planeta, en todos los idiomas aprendidos y por aprender.

 Los niños amigos del Principito recuerdan la estampa del Che sencillo, al declamar: «Como si San Martín la mano pura / a Martí familiar tendido hubiera/ como si el Plata vegetal viniera / con el Cauto a juntar agua y ternura».

 El aire gira y pasa, en una mariposa, y toca su frente como para depositar allí una flor ahora reverdecida en este hermoso aire de julio.

 

La Habana, 10 de Julio, 2016

Cepos de la memoria, un libro necesario

Por: Reynaldo González

 

Pido excusas si al abordar el libro que ha merecido el premio de la Academia Cubana de la Lengua en el año 2016 no comienzo alabando sus notables virtudes, a las que me referiré. Cepos de la memoria. Impronta de la esclavitud en el imaginario social cubano, de Zuleica Romay, no es solamente un libro bueno y bien escrito, al punto de merecer el reconocimiento conquistado. Es un texto de significación alta en el panorama actual de las publicaciones cubanas, pareado a su antecesor Elogio de la altea o Las paradojas de la racialidad (2012), sobre un tema que siempre ha sido una piedra de tope en la sociedad cubana, merecedor de espléndidos abordamientos, en los que se empeñaron talentos extraordinarios. En sus páginas se observa el conocimiento que la autora tiene de esa literatura anterior, muy crecida en las últimas décadas. Leer más …

Julián del Casal y la música del porvenir

Por:Roberto Méndez Martínez

 

La música no ocupa en la obra de Julián del Casal un sitio capital como ocurre con las artes plásticas. Como cronista, debió reseñar con frecuencia conciertos, veladas benéficas, representaciones líricas; en la mayoría de esos textos se hace evidente que fueron escritos por obligación y que el autor no eligió libremente asistir a tales actos.

En La Habana de su tiempo, además de los bailes de moda, el panorama musical está dominado por la ópera, no sólo gracias a las temporadas del Tacón, a cargo de compañías extranjeras, sino porque en la mayor parte de las sociedades y salones de casas particulares, los aficionados interpretan fragmentos de obras líricas y los pianistas nutren su repertorio de “fantasías” sobre las óperas de moda. Sólo en ocasiones muy especiales es posible reunir una orquesta sinfónica, lo habitual es escuchar las retretas de las bandas y cuando alguien se refiere a los compositores más relevantes del siglo citan a Rossini, a Bellini, a Verdi, cuando no a Offenbach, Auber, Lecoq y otros cultivadores de la opereta y el vaudeville francés, sin olvidar a Emilio Chueca y demás autores de zarzuelas españolas. Los grandes creadores románticos, desde Beethoven y Schubert hasta Chopin y Liszt solo eran conocidos por una minoría muy selecta de melómanos y las corrientes renovadoras en la música representadas por autores como Wagner y Debussy, solo comenzaron a entrar en los programas de concierto, con mucha lentitud, con el advenimiento del siglo XX.

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Un cuervo de blanco plumaje en la filología hispanoamericana.

Apuntes sobre Rufino José Cuervo

Por: Maritza Carrillo Guibert

Günther Schütz, reconocido compilador del epistolario de Rufino José Cuervo con eminentes filólogos europeos, recoge un pasaje sobre los vínculos del bogotano con el germanista Friedrich Pott con el que deseamos comenzar nuestras palabras de reconocimiento a la figura y a la obra de Cuervo. Nos cuenta Schutz que, Cuervo decidió enviarle un ejemplar de la segunda edición (aumentada y corregida) de sus Apuntaciones al lenguaje colombiano con el propósito de oír los comentarios del especialista sobre la obra. Al recibirla, Pott expresó que el descubrimiento de un filólogo de la talla de Cuervo en (una entonces ignorada porción del mundo para los científicos europeos) le resultaba tan rara como la aparición de un cuervo de blanco plumaje. Pero no sería Pott el único sorprendido, pues Cuervo había tenido el acierto de hacer circular sus Apuntaciones… entre otros especialistas alemanas con el propósito de establecer una relación profesional que contribuyera a enriquecer su obra con oportunas y sólidas observaciones, así como también a ampliar su formación en la ciencia del lenguaje. Leer más …