CARILDA MÁS ACÁ DEL POLVO

 

Roberto Méndez Martínez*

Yo soy uno de esos lectores que descubrió tardíamente la poesía de Carilda Oliver Labra. Quizá fue providencial. En los años de mi juventud temprana, cuando dividía mi admiración entre Rilke y T.S.Eliot, cuando volvía una y otra vez sobre la obra de Lezama, de Baquero, de Diego, libros como Al sur de mi garganta y Memoria de la fiebre, de haberse cruzado en mi camino, los hubiera visto apenas como curiosidades de otro tiempo. Piénsese que hablo de los años 70, cuando unos pocos, asqueados de la poesía oficial y oficiosa, mal soportada por un lenguaje arrancado del peor periodismo, nos refugiábamos en ciertas bibliotecas para leer los textos por entonces colocados en el Index: Primer libro de la ciudad, Toda la poesía, Escrito en las puertas, El justo tiempo humano. Nada de efusiones románticas, ni de poesía erótica femenina.

Recuerdo que por aquellos, mis años universitarios, se presentó en la Sala Hubert de Blanck una especie de revista musical concebida por Héctor Quintero con el título Algo muy serio, su humor grueso y su insospechada frivolidad mantuvieron la sala repleta por más de una temporada. En las primeras representaciones había una escena en la que una veterana actriz cómica, Juanita Caldevilla, parodiaba a las declamadoras de antaño. Ataviada con una especie de túnica griega y una enorme peluca llena de rizos, recitaba del modo más ridículo posible “Me desordeno, amor, me desordeno”. El público se desternillaba de la risa cuando ella hacía guiños y torcía los labios para decir el verso “Te toco con la punta de mi seno”. Creo que ni yo, ni casi nadie en el teatro, incluida la actriz y hasta el director sabían quién había escrito el poema. A mitad de temporada, el texto tuvo que ser sustituido por otro, escrito ad hoc. Se comentaba que la autora del poema ultrajado estaba viva, en Matanzas, se llamaba Carilda Oliver y que había amenazado al dramaturgo con ponerle una demanda judicial si no retiraba aquella apropiación irrespetuosa.

Llegué a conocerla, quizá tres lustros después, en Matanzas, cuando ella comenzaba a salir de aquella especie de ostracismo involuntario en su casa de la Calzada de Tirry 81, donde por años la rodearon el polvo y los fantasmas: el de su padre y su madre distantes, el agridulce de Hugo Ania Mercier. De repente, recobraba su lugar en la poesía y aunque la mimaban y cortejaban algunos escritores que eran sus coetáneos, había una generación mucho más joven ansiosa por acoger, aclamar y hasta aprender sus versos. De momento, una autora que hubiera podido colocarse de manera mecánica entre los creadores de los años 50 ganaba su verdadero lustre en las dos últimas décadas del siglo XX y hasta en la primera del siguiente.

Cuando me presentaron a la escritora, me sorprendió con su calidez, con su tranquila seguridad en sí misma, era evidente que en su interior la sobresaltaban malos recuerdos, amarguras, pero ella sabía dominarse y tratar a los demás con esa dignidad y altura del que ni siquiera se permite reconocer que tiene enemigos. Y eso que los tenía, y en número no despreciable. En una época de poetisas con la apariencia exterior de haber sido rescatadas de un naufragio, ella cuidaba su apariencia desde el cabello hasta las uñas. Era elegante hasta la extravagancia, pero eso mismo ocurría con su manera de situarse en el mundo y con una zona de sus versos. Yo aprendí pronto que si aquellos afeites podían parecer incómodos en un tiempo en que se sobrevaloraba el desaliño, bastaba con olvidarlos y mirarle directamente a los ojos, que eran profundos y a la vez sonrientes. En ellos brillaba con frecuencia una chispa de picardía.

Su apariencia me hizo pensar en otra figura de la poesía latinoamericana, la uruguaya Juana de Ibarbourou. Quizá ella constituyera un modelo en su juventud y prefiriera ese echar la belleza hacia afuera, hacer un desposorio entre la poesía y el espectáculo, con un divismo artístico de buena ley, aunque muy distante del estilo austero y aristocrático de Dulce María Loynaz o del áspero de la maestra y cónsul Gabriela Mistral.

Cuando aún no se hablaba de performances, Carilda hizo de la poesía algo performático. No leía sus versos como hacían casi todos hace treinta años, sentados en el suelo, huyendo de todo énfasis y con una especie de premura, como si debieran salir rápido de aquello para hacer algo más importante. Sus recitales eran un espectáculo, a los que ella debía llegar al menos una hora antes y encerrarse en un camerino o en el rincón que pudiera servirle de tal y preparar su interior y su exterior para el espectáculo. Ponía algo adicional en sus versos cuando los leía, un algo que ayudaría después a descifrar mejor las intenciones de la escritura. No temía la efusión sentimental, la confidencia y en sus textos más fuertemente eróticos había un elegante manejo del asunto, un límite artístico de buen gusto que no han sabido mantener sus múltiples imitadoras.

En una ocasión la vi hacer algo casi imposible para el resto de los poetas cubanos, incluidos los más grandes. Ofreció un recital de poesía al aire libre, en una enorme plaza de Holguín. El público era dilatado, pero apenas había un par de filas de intelectuales, reales o pretendidos, el resto eran en su mayoría eso que se dado en llamar “público en general”, lo que incluía a muchísimos estudiantes de la enseñanza media. Sola, en un enorme escenario, ella dirigió su lectura a las jóvenes, dialogó con ellas, les hizo confidencias, leyó algunos de sus textos más divulgados y también otros menos conocidos y, desde su butaca, mantuvo en vilo a los asistentes por más de una hora.

Creo que una clave de su escritura es haber asumido el neorromanticismo sin complejos de culpa, aunque por muchos años ese término fuera una mala palabra. Cuba es una de las naciones de América donde la expresión literaria nació verdaderamente con el Romanticismo y éste asumió cualidades especiales, se transformó en el Modernismo, pero no desapareció, nunca fue una asignatura vencida, se hizo peligrosamente popular en los libros de Hilarión Cabrisas, primero y luego en las múltiples ediciones de Oasis de José Angel Buesa, pero nutrió también Ala de Agustín Acosta, “Nocturno y elegía” de Ballagas, ciertos poemas de amor de Guillén, así como muchísimas páginas de Mirta Aguirre, Dulce María Loynaz, Fina García Marruz.

La Oliver supo asimilar el estilo coloquial que entre nosotros se inicia, quizá, con ciertos poemas de Tallet y con la “Conversación a mi padre” de Eugenio Florit, pero que es convertido en uso casi común por los autores de los años 50. Ella apela a la confesión directa, al tono arrebatado, pero también al giro cotidiano en el lenguaje, a la palabra de sabor prosaico, aún cuando esté resolviendo con virtuosismo un soneto. Aprovechó también ciertas lecciones de los autores del posmodernismo, como su coterráneo Agustín Acosta y aún del camagüeyano Felipe Pichardo Moya.

Casi todos se han fijado en su poesía amatoria, en la fluida facilidad de las décimas del “Canto a Matanzas”, sin embargo se recuerdan menos sus elegías, escritas con una sinceridad y llaneza que calan muy hondo, no solo las referidas a la pérdida de alguien cercano: “Elegía por Mercedes”, “La vecina muerta” -que nos hace pensar en “La amiga muerta” de Pichardo Moya- o en los estremecedores “Sonetos a mi padre” y “En vez de lágrima”: “Hugo Ania Mercier yo te quería…”, sino, sobre todo, aquellas dirigidas a sí misma, donde se mezclan la introspección, la ironía, la lucidez para descubrir el efecto devastador del tiempo, como se muestran en “Elegía por mi presencia” o esa otra de 1969 que comienza con una línea terrible: “Los besos se me han vuelto telarañas…” y el soneto de aliento quevedesco: “Yo no me enfermo de las casi hermosas / arrugas que prometen ser mi cara.” Hace pocos días el mundo literario y muchísimos amigos y admiradores han despedido a una poetisa que se ha querido ver como provocadora, feminista, exhibicionista en su erotismo, creo que las aguas tomarán su nivel y descubriremos pronto que se ha ido una de nuestras grandes elegíacas.

Mirta Aguirre escribió hace mucho tiempo que Sor Juana Inés de la Cruz fue una gran escritora que tuvo la desgracia de escribir el poema “Hombres necios que acusáis” porque esas fáciles redondillas hicieron que se olvidara el resto de su obra. Creo que a Carilda le sucedió con “Me desordeno..”, un poema juvenil – está fechado en 1946- que parece ocultar el resto de lo que vivió y escribió.

Guardo entre mis papeles un curioso plegable realizado por Ediciones Vigía que contiene un poema suyo. Yo estuve en esa presentación en aquella sala alta, en la esquina de la calle Río, donde entraban el aire y la luz por las ventanas para hacer más llevaderos aquellos días de 199…y tantos. En vez de firmar con un bolígrafo después de la presentación, fue armada con un lápiz labial de rojo intenso y estampó un beso en el sitio reservado a la rúbrica en cada ejemplar. A algunos se nos antojó frívolo o cursi el gesto, hoy quiero pensar que era un modo de sellar un pacto de amor con la poesía. A lo mejor comenzaba a despedirse, o lo estaba haciendo desde mucho antes, desde 1983, cuando escribió su soneto “Pensar que yo estaré muerta también” incluido en su libro Se me ha perdido un hombre:

Pensar que yo estaré muerta también,
tan muerta como tú, de otros comida;
en esa trampa donde al fin, cogida,
a contraluz me clave no sé quién.

Pensar que yo estaré muerta también
es algo que me tiene enternecida,
con ganas de decir: «sigo perdida,
no guardes esa mano ni esa sien,

espérame esta noche. Tuya. Amén.»
¿No ves que sueño con andar dormida
donde tus bromas de inocente estén?

¿No ves que yo te estaba prometida
y vuelvo a ti, quitándome esta vida,
porque ya has dicho con la tierra: ¡ven!?

 

* ROBERTO MÉNDEZ MARTÍNEZ (Camagüey, 1958) Poeta, ensayista y narrador. Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española. Tiene publicados más de cuarenta títulos. Su ensayo Plácido y el laberinto de la ilustración recibió el Premio Alejo Carpentier, 2017 y el Premio de la Crítica correspondiente a ese año.

 

Cuidar el lenguaje es cuidar el pensamiento

Aunque los tiempos no estén para andar haciendo confesiones personales, quede la siguiente como testimonio de honradez al menos. La primera noticia que el autor de este artículo tuvo sobre la supresión de la prueba de lengua española en exámenes de ingreso a los Institutos Preuniversitarios Vocacionales de Ciencias Exactas —a la universidad, llegó a decirse—, la recibió por vía oral, y él pensó: “¡Otra bola para crear confusiones y desprestigiar a la Revolución Cubana, y nada menos que en el sistema educacional, uno de sus pilares!” Pero esta vez, lamentablemente, lo que circulaba no era una nueva expresión de tantos rumores como los que ha sido necesario refutar para combatir a enemigos externos o domésticos. Era cierto lo tocante a los mencionados institutos.
Esos centros constituyen una relevante puerta de acceso a la universidad en Cuba, y lo que se decida para ellos puede tener repercusiones que los desborden. No son la única vía para hacerlo —de otras aulas salen también alumnos brillantes—, pero forman lo que está llamado a ser una cantera fundamental de profesionales para el país, especialmente en el área que el nombre genérico de dichos institutos señala: las denominadas ciencias exactas, que no son las únicas, pero tienen prioridad en ellos y particular significación para el ámbito tecnológico y otros afines.
A las confirmaciones sobre la medida mencionada se sumó una declaración emitida el 17 de abril último por la junta de gobierno de la Academia Cubana de la Lengua: http://www.acul.ohc.cu/consideraciones-acerca-de-la-eliminacion-del-examen-de-espanol/. Tampoco se habían hecho esperar diversos comentarios que iban por igual o similar camino y, desde que se dio a conocer, el pronunciamiento de la Academia ha suscitado justas aprobaciones. Ese organismo cumplió su deber, cuando no siempre todas las instituciones cumplen el suyo en plenitud y con tino, y ratificó una verdad insoslayable: cuidar el lenguaje es cuidar el pensamiento. Con ello defendió a la patria y su sistema educacional.
Según se sabe, la supresión este año del español en las pruebas para el ingreso a los mencionados institutos ni siquiera puede disculparse argumentando que fue impensada. De haberlo sido, también merecería rechazo; pero se pensó, solo que, a juicio de quien esto escribe, y de no pocas otras personas que se han manifestado sobre el tema, se pensó mal. El mismo día en que conoció el pronunciamiento de la Academia el articulista lo reprodujo en su página de Facebook, y le han llegado comentarios que merecen atención en su totalidad. Si no cita ninguno es por los apremios del espacio, pero aspira a que todos se sientan representados en lo que aquí sustenta.
El clamor de repudio contra la medida tomada ha sido y está siendo amplio, y nuestra Academia no ha hecho más, ni menos, que apoyarlo con un peso institucional que sería más que irresponsable desconocer. Deben tenerlo en cuenta los implicados en una decisión que ha merecido calificarse como torpe cuando menos, o de lesa cultura. Lo sería, cabe suponer, en cualquier momento, pero lo es aún más cuando pululan errores y horrores que son como para echarse a llorar, o a correr para tratar de erradicarlos.
Quien desee conocer esa realidad y no vivir en el limbo de las resignaciones y la ignorancia voluntaria, solo tiene que asomarse a textos que corren en internet y en otros soportes diversos, editados incluso. A veces no sería acertado hablar siquiera de mala ortografía, sino de un caos heterográfico que amenaza con babelizar el español. Se dice que no ocurre solamente en este idioma, pero de él se trata, y esa lengua no le pertenece solamente a Cuba, ni al país donde nació y por obra y gracia del colonialismo lleva su gentilicio por nombre, sino a una de las mayores comunidades lingüísticas y literarias del mundo.
La referencia explícita a textos impresos obeece al valor documental que ellos tienen para valorar el asunto, no porque se piense que la expresión oral anda por mucho mejor camino en jóvenes y no jóvenes. Aunque al decirlo quisiera uno limitarse a desastres que pudieran estimarse solamente formales, entre forma y contenido funciona una unidad orgánica. Eso es algo que no deben ignorar quienes alguna vez hayan blasonado, o blasonen hoy, de defender el materialismo dialéctico, aunque para ser consciente de tal hecho pudieran bastar el extraordinario sentido común y conocimientos elementales.
Ejemplos de dislates que apuntan a la urgencia de perfeccionar —nunca descuidar— la enseñanza y el conocimiento de la lengua abundan por todas partes en Cuba, y en grado alarmante son palmarios incluso en personas que tienen alto grado de responsabilidad profesional en esa esfera. Para no ir más lejos, basta mencionar la frecuencia con que se sufren errores de concordancia elemental en el plano de la gramática, o la alteración radical del sentido en expresiones tan comunes como favoritismo y dar al traste con, mal empleadas con el uso que les corresponde a ventaja y a propiciar, respectivamente.
Es ineludible insistir en un ejemplo de algo todavía más grave, y que va resultando una epidemia ya: el empleo de humanitario como sinónimo de humano, cuando aquel adjetivo califica a lo que es beneficioso para la humanidad, para las personas. En medios de comunicación y hasta en altos podios políticos se habla de crisis y desastres “humanitarios”. Tal error sirve para avalar la calificación de humanitarias dada por el imperialismo estadounidense y su lacaya OTAN a intervenciones que esas fuerzas genocidas llevan a cabo para masacrar pueblos y robarles sus riquezas naturales. ¿No viene de ahí la manipulación de ese calificativo? Aceptarla por error o ignorancia no resta gravedad al asunto. Quizás la refuerce.
Frente a semejante realidad, ¿qué es la pobreza idiomática apreciable cuando en la pantalla del televisor comunicadores y entrevistados aparecen usando un idioma que se diría de muñequitos y comienzan sus parlamentos con giros de este corte: “Decirles que…”? ¿Dónde quedó el antecedente que exprese la intención real del infinitivo decir? Así como tampoco nadie, y menos supuestos defensores del materialismo dialéctico e histórico deben, ignorar la unidad orgánica que opera entre pensamiento y lenguaje, ¿no se aprecia en esa pobreza expresiva una señal de pobreza de ideas?
Ante esos hechos, las instituciones y las autoridades responsabilizadas con fortalecer el buen uso del español en Cuba no deben permitirse acto alguno que menoscabe el efecto de sus funciones. Si hasta ahora las pruebas de ingreso a los institutos ya mencionados, y a la universidad, han revelado deficiencias, alarmantes incluso, en lo que respecta al español, la solución no es eliminar las mediciones que evidencien crisis, sino fortalecer los planes de enseñanza y la preparación de quienes —desde el aula hasta la cúpula de los ministerios correspondientes— deben garantizar la calidad de la enseñanza. Para eso es también necesario, lo recuerda la Academia Cubana de la Lengua, estimular la inteligencia y la voluntad de aprendizaje del estudiantado, no acomodarlas hasta que entren en letargo. Por ese camino pudieran más bien extinguirse.
Eliminar exámenes, como ahora intenta hacerse —o ya se ha decidido con una medida a la que urge dar marcha atrás—, equivale, acudamos al lenguaje popular y culto, a tirar por la ventana el sofá, o la bañera con el agua sucia y el niño dentro. En términos más técnicos, o literales, de algún modo equivaldría a retomar o seguir validando el síndrome del promocionismo, que tanto le ha costado y pudiera seguir costándole al país, con independencia de las intenciones con que ese morbo se haya propiciado: un morbo que da al traste con los irrenunciables propósitos de índole cualitativa que deben ser rectores en la instrucción y en la educación, y confiere favoritismo a la ignorancia.
Aducir que se trata de viabilizar el acceso a las aulas a futuros profesionales de determinadas áreas de la ciencia y la tecnología supone, cuando menos, un grave déficit cultural por parte de quienes propician el dislate, o lo aceptan. Si lo que se quiere fomentar no es un indeseable proyecto para fabricar emigrantes, esos profesionales deben preverse como parte, en primer lugar, de Cuba y, por consiguiente, de la comunidad lingüística hispanohablante. La sabiduría científica no parte del aire, ni se afinca en él: es una etapa superior del conocimiento, que empieza por ser elemental y cotidiano y se extiende a esferas cada vez más altas y complejas.
Si el profesional no conoce bien su idioma —y no es cuestión de dominar tecnicismos o saber dibujar cuadritos de gramática estructural, aunque unos y otros pueden ser muy beneficiosos para el buen pensamiento—, ¿cómo va a interpretar rectamente los fenómenos y explicárselos a sí mismo? ¿Le bastará dialogar solamente con la pantalla de su computadora? ¿Entendería así de manera cabal todo cuanto puede llegarle por esa vía? ¿Podrá creer que para ser científico o tecnólogo le bastan las jergas y abreviaturas que ha empleado para intercambiar ágiles mensajes por el correo electrónico o el teléfono celular? Mucho más, ¿cómo va a comunicarse con la comunidad científica? No está de más recordar la sabiduría integral que ha caracterizado a quienes han sido paradigmas en el plano del conocimiento. Y los paradigmas no están para ser elogiados y olvidados, sino para respetar lo que enseñan, y tratar de seguirlo.
¡Ah!, pero no tarda en asomar el fantasma de la lingua franca imperial que se ha entronizado en el mundo. Aparte de que los malos hábitos y la ignorancia en el uso de la lengua madre pueden trasladarse nocivamente al aprendizaje y el empleo de otros idiomas, vale detenerse en algunos elementos valorativos. A ningún nivel de la nación se debería estimular acríticamente, como acto de inercia irreflexiva, el conocimiento de otros idiomas, conocimiento en sí mismo útil, valioso, aconsejable, y no solo si se trata del inglés. Es necesario favorecer en todo caso la asunción de perspectivas culturales adecuadas, incluidas las de índole histórica y política. Ya hay en Cuba centros privados de enseñanza donde el inglés se les enseña a niños y niñas del país como si residieran en Miami o en Nueva York. Aunque solo fuera frente a eso, algo les corresponde hacer a las instituciones nacionales.
No se habrá repetido lo bastante: el privilegio de que goza hoy la lengua inglesa no se debe solo ni principalmente a las grandezas de William Shakespeare y Walt Whitman. Grandezas tendrán o tienen los demás idiomas, el sobresaliente español entre ellos, honrado por las de Miguel de Cervantes, José Martí, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rubén Darío y otros. El paso avasallador del inglés se basa, sobre todo, en el poderío económico, político, tecnológico, mediático y bélico de un imperio que se expresa en ese idioma. No es una realidad que se deba soslayar, como si la cultura fuera algo tan abstracto y aséptico que no se requiriese estar advertido de cuanto ocurre en el planeta.
Cuando hace unos siglos el latín se usaba como lingua franca de las ciencias, ya no se rendía pleitesía a ningún imperio que se comunicara en ese idioma, y este hace un todavía mayor número de siglos que dio lugar a otros: los romances, como el español. Hoy, con el inglés, la realidad es diferente. No se trata de no usarlo, ni de darle la espalda, como algún “cosmopolita posmoderno” pudiera pretender que los presentes apuntes proponen. Pero no se piensa aquí en interlocutores tales, sino en lo mejor del pueblo de Cuba, y en quienes de cualquier modo tengan la posibilidad y el deber de actuar para que se revierta una decisión que, de solo estar vigente un año, ya sería impertinente y puede acarrear consecuencias lamentables, como sucede con cualquier error introducido en el sistema educacional. Ni pensar en lo que ocurriría si se permitiera que dure más de un curso, o devenga pauta para el ingreso a la universidad.
La indeseable medida confirma que no solo en lo más explícita o directamente económico puede asomar la oreja peluda, lobuna, del pragmatismo, forma de pensamiento —o falta de él— característica del actuar capitalista. Menospreciar o relegar el español en Cuba hace recordar tristemente el Plan Bolonia, tan combatido en Europa por pedagogos y otros profesionales de actitud revolucionaria, emancipadora, y tan propulsado por quienes pretenden eliminar todo lo que estiman ajeno a la finalidad de formar tecnócratas, ejecutivos y otros representantes del capitalismo. El ateo convencido que esto escribe pide perdón para decir: ¡Dios nos ampare!

Luis Toledo Sande

Cubarte, 30/abril/2018