Premio Nacional de Literatura 2018

La filóloga, profesora y escritora cubana Mirta Yáñez recibió el Premio Nacional de Literatura 2018 en reconocimiento a su labor como una de las investigadoras del discurso femenino en la literatura del país.

La narrativa de Yáñez contribuye a difundir la obra de autoras prácticamente olvidadas o poco conocidas en el panorama de la literatura cubana, indicó el jurado encargado de otorgar la distinción.

Nacida en La Habana en 1947, la investigadora se doctoró en Filología en 1992 y pasó especialidades en literatura latinoamericana y cubana, así como en estudios sobre el discurso literario femenino cubano.

La escritora ostenta el premio de poesía del Concurso 13 de Marzo, obtenido en 1970 por Las visitas, al que se suman otros reconocimientos.

Es considerada una de las más relevantes intelectuales de su generación debido a su labor también como guionista para el cine y la televisión.

Estudios cursados y trayectoria laboral

Después de graduarse de bachiller en el Instituto Preuniversitario Especial Raúl Cepero Bonilla —considerado entonces como centro para adolescentes de alto rendimiento— ingresó en 1965 en la Universidad de La Habana, donde terminó cinco años después la carrera de Letras.

Doctorada en Filología (1991) por la citada universidad.

Ejerció por largos años la docencia y la investigación. En distintas épocas ha desempeñado tareas en el Departamento de Actividades Culturales de la Dirección de Extensión Universitaria, ha sido lectora e investigadora visitante del Centre des Recherches Latino-Américaines de la Université de Poitiers y la organización del Ateneo de la Crítica.

También formó parte del Consejo de Dirección del Centro Wifredo Lam donde encabezó el equipo que confeccionó el Catálogo de la “II Bienal de La Habana”.

Trabajó como guionista para el cine y la televisión y perteneció al Taller de Guiones del ICAIC. Formó parte del consejo asesor de la Editorial Gente Nueva e integró el Comité de redacción de la revista En julio como en enero.

Entre otras gestiones, fue miembro de la Brigada Hermanos Saíz de escritores y artistas jóvenes; consultante literario de la Editorial Letras Cubanas; ha realizado numerosas versiones literarias de traducciones de textos para niños; ha sido tribunal en la II y IV Conferencia Científica del Instituto Superior de Arte y del Seminario Juvenil Martiano en 1975; además ha sido jurado en los eventos de talleres provinciales y nacionales de literatura. Ha prologado y editado decenas de publicaciones relacionadas con la literatura. Como articulista cuenta también con una larga trayectoria, colaborando con diversas publicaciones, tanto cubanas como extranjeras.

Es una estudiosa de la literatura latinoamericana del siglo XIX y de la literatura contemporánea cubana, en especial del discurso literario femenino cubano. Se ha desempeñado como profesora en la Universidad de La Habana, donde ha sido investigadora destacada del Departamento de Literaturas Hispánicas.

Ha realizado antologías, prólogos y otros textos de crítica literaria, entre ellas Estatuas de sal. Cuentistas cubanas contemporáneas, La Habana, 1996, Álbum de poetisas cubanas, La Habana, 1997, Cubana (narrativa), Boston, 1998 y Habaneras, España, 2000, Making a scene (narrativa), Londres, 2004 y la antología El romanticismo hispanoamericano, La Habana, 2012.

Premios literarios:

  • 1970 Premio de Poesía del Concurso 13 de Marzo por Las visitas
  • 1977 Premio de Narrativa del concurso La Edad de Oro
  • 1988 Premio de la Crítica por la colección de cuentos El diablo son las cosas
  • 1990 Premio de la Crítica por por el ensayo La narrativa del romanticismo en Latinoamérica
  • 1999 Premio Memoria otorgado por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau
  • 2001 Forderpreis der Iniciative LiBeraturpreis, Frankfurt, Alemania
  • 2005 Premio de la Crítica por Falsos Documentos (cuentos)
  • 2010 Premio de la Crítica por la novela Sangra por la herida
  • 2012 Premio de la Academia Cubana de la Lengua por Sangra por la herida

Dividiendo una conversación en unidades y subunidades mediante principios pragmáticos

 

Dr. Salvador Pons Bordería

Universidad de Valencia

 

Objetivos: Introducir a los alumnos principios del análisis de conversaciones coloquiales. Elementos conceptuales y procedimentales. Lo monológico y lo dialógico. Unidades por encima del turno. La unidad superior del análisis conversacional. Cómo romper los turnos en constituyentes inmediatos. Relación con la sintaxis. El papel de la prosodia.

Relación temática: El estudio pragmático es uno de los campos en los que la investigación en el mundo hispánico se ha desarrollado con mayor ímpetu en los últimos veinte años. El presente seminario ofrece una muestra de dicho desarrollo en el área de las conversaciones coloquiales.

Bibliografía fundamental:

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CARILDA MÁS ACÁ DEL POLVO

 

Roberto Méndez Martínez*

Yo soy uno de esos lectores que descubrió tardíamente la poesía de Carilda Oliver Labra. Quizá fue providencial. En los años de mi juventud temprana, cuando dividía mi admiración entre Rilke y T.S.Eliot, cuando volvía una y otra vez sobre la obra de Lezama, de Baquero, de Diego, libros como Al sur de mi garganta y Memoria de la fiebre, de haberse cruzado en mi camino, los hubiera visto apenas como curiosidades de otro tiempo. Piénsese que hablo de los años 70, cuando unos pocos, asqueados de la poesía oficial y oficiosa, mal soportada por un lenguaje arrancado del peor periodismo, nos refugiábamos en ciertas bibliotecas para leer los textos por entonces colocados en el Index: Primer libro de la ciudad, Toda la poesía, Escrito en las puertas, El justo tiempo humano. Nada de efusiones románticas, ni de poesía erótica femenina.

Recuerdo que por aquellos, mis años universitarios, se presentó en la Sala Hubert de Blanck una especie de revista musical concebida por Héctor Quintero con el título Algo muy serio, su humor grueso y su insospechada frivolidad mantuvieron la sala repleta por más de una temporada. En las primeras representaciones había una escena en la que una veterana actriz cómica, Juanita Caldevilla, parodiaba a las declamadoras de antaño. Ataviada con una especie de túnica griega y una enorme peluca llena de rizos, recitaba del modo más ridículo posible “Me desordeno, amor, me desordeno”. El público se desternillaba de la risa cuando ella hacía guiños y torcía los labios para decir el verso “Te toco con la punta de mi seno”. Creo que ni yo, ni casi nadie en el teatro, incluida la actriz y hasta el director sabían quién había escrito el poema. A mitad de temporada, el texto tuvo que ser sustituido por otro, escrito ad hoc. Se comentaba que la autora del poema ultrajado estaba viva, en Matanzas, se llamaba Carilda Oliver y que había amenazado al dramaturgo con ponerle una demanda judicial si no retiraba aquella apropiación irrespetuosa.

Llegué a conocerla, quizá tres lustros después, en Matanzas, cuando ella comenzaba a salir de aquella especie de ostracismo involuntario en su casa de la Calzada de Tirry 81, donde por años la rodearon el polvo y los fantasmas: el de su padre y su madre distantes, el agridulce de Hugo Ania Mercier. De repente, recobraba su lugar en la poesía y aunque la mimaban y cortejaban algunos escritores que eran sus coetáneos, había una generación mucho más joven ansiosa por acoger, aclamar y hasta aprender sus versos. De momento, una autora que hubiera podido colocarse de manera mecánica entre los creadores de los años 50 ganaba su verdadero lustre en las dos últimas décadas del siglo XX y hasta en la primera del siguiente.

Cuando me presentaron a la escritora, me sorprendió con su calidez, con su tranquila seguridad en sí misma, era evidente que en su interior la sobresaltaban malos recuerdos, amarguras, pero ella sabía dominarse y tratar a los demás con esa dignidad y altura del que ni siquiera se permite reconocer que tiene enemigos. Y eso que los tenía, y en número no despreciable. En una época de poetisas con la apariencia exterior de haber sido rescatadas de un naufragio, ella cuidaba su apariencia desde el cabello hasta las uñas. Era elegante hasta la extravagancia, pero eso mismo ocurría con su manera de situarse en el mundo y con una zona de sus versos. Yo aprendí pronto que si aquellos afeites podían parecer incómodos en un tiempo en que se sobrevaloraba el desaliño, bastaba con olvidarlos y mirarle directamente a los ojos, que eran profundos y a la vez sonrientes. En ellos brillaba con frecuencia una chispa de picardía.

Su apariencia me hizo pensar en otra figura de la poesía latinoamericana, la uruguaya Juana de Ibarbourou. Quizá ella constituyera un modelo en su juventud y prefiriera ese echar la belleza hacia afuera, hacer un desposorio entre la poesía y el espectáculo, con un divismo artístico de buena ley, aunque muy distante del estilo austero y aristocrático de Dulce María Loynaz o del áspero de la maestra y cónsul Gabriela Mistral.

Cuando aún no se hablaba de performances, Carilda hizo de la poesía algo performático. No leía sus versos como hacían casi todos hace treinta años, sentados en el suelo, huyendo de todo énfasis y con una especie de premura, como si debieran salir rápido de aquello para hacer algo más importante. Sus recitales eran un espectáculo, a los que ella debía llegar al menos una hora antes y encerrarse en un camerino o en el rincón que pudiera servirle de tal y preparar su interior y su exterior para el espectáculo. Ponía algo adicional en sus versos cuando los leía, un algo que ayudaría después a descifrar mejor las intenciones de la escritura. No temía la efusión sentimental, la confidencia y en sus textos más fuertemente eróticos había un elegante manejo del asunto, un límite artístico de buen gusto que no han sabido mantener sus múltiples imitadoras.

En una ocasión la vi hacer algo casi imposible para el resto de los poetas cubanos, incluidos los más grandes. Ofreció un recital de poesía al aire libre, en una enorme plaza de Holguín. El público era dilatado, pero apenas había un par de filas de intelectuales, reales o pretendidos, el resto eran en su mayoría eso que se dado en llamar “público en general”, lo que incluía a muchísimos estudiantes de la enseñanza media. Sola, en un enorme escenario, ella dirigió su lectura a las jóvenes, dialogó con ellas, les hizo confidencias, leyó algunos de sus textos más divulgados y también otros menos conocidos y, desde su butaca, mantuvo en vilo a los asistentes por más de una hora.

Creo que una clave de su escritura es haber asumido el neorromanticismo sin complejos de culpa, aunque por muchos años ese término fuera una mala palabra. Cuba es una de las naciones de América donde la expresión literaria nació verdaderamente con el Romanticismo y éste asumió cualidades especiales, se transformó en el Modernismo, pero no desapareció, nunca fue una asignatura vencida, se hizo peligrosamente popular en los libros de Hilarión Cabrisas, primero y luego en las múltiples ediciones de Oasis de José Angel Buesa, pero nutrió también Ala de Agustín Acosta, “Nocturno y elegía” de Ballagas, ciertos poemas de amor de Guillén, así como muchísimas páginas de Mirta Aguirre, Dulce María Loynaz, Fina García Marruz.

La Oliver supo asimilar el estilo coloquial que entre nosotros se inicia, quizá, con ciertos poemas de Tallet y con la “Conversación a mi padre” de Eugenio Florit, pero que es convertido en uso casi común por los autores de los años 50. Ella apela a la confesión directa, al tono arrebatado, pero también al giro cotidiano en el lenguaje, a la palabra de sabor prosaico, aún cuando esté resolviendo con virtuosismo un soneto. Aprovechó también ciertas lecciones de los autores del posmodernismo, como su coterráneo Agustín Acosta y aún del camagüeyano Felipe Pichardo Moya.

Casi todos se han fijado en su poesía amatoria, en la fluida facilidad de las décimas del “Canto a Matanzas”, sin embargo se recuerdan menos sus elegías, escritas con una sinceridad y llaneza que calan muy hondo, no solo las referidas a la pérdida de alguien cercano: “Elegía por Mercedes”, “La vecina muerta” -que nos hace pensar en “La amiga muerta” de Pichardo Moya- o en los estremecedores “Sonetos a mi padre” y “En vez de lágrima”: “Hugo Ania Mercier yo te quería…”, sino, sobre todo, aquellas dirigidas a sí misma, donde se mezclan la introspección, la ironía, la lucidez para descubrir el efecto devastador del tiempo, como se muestran en “Elegía por mi presencia” o esa otra de 1969 que comienza con una línea terrible: “Los besos se me han vuelto telarañas…” y el soneto de aliento quevedesco: “Yo no me enfermo de las casi hermosas / arrugas que prometen ser mi cara.” Hace pocos días el mundo literario y muchísimos amigos y admiradores han despedido a una poetisa que se ha querido ver como provocadora, feminista, exhibicionista en su erotismo, creo que las aguas tomarán su nivel y descubriremos pronto que se ha ido una de nuestras grandes elegíacas.

Mirta Aguirre escribió hace mucho tiempo que Sor Juana Inés de la Cruz fue una gran escritora que tuvo la desgracia de escribir el poema “Hombres necios que acusáis” porque esas fáciles redondillas hicieron que se olvidara el resto de su obra. Creo que a Carilda le sucedió con “Me desordeno..”, un poema juvenil – está fechado en 1946- que parece ocultar el resto de lo que vivió y escribió.

Guardo entre mis papeles un curioso plegable realizado por Ediciones Vigía que contiene un poema suyo. Yo estuve en esa presentación en aquella sala alta, en la esquina de la calle Río, donde entraban el aire y la luz por las ventanas para hacer más llevaderos aquellos días de 199…y tantos. En vez de firmar con un bolígrafo después de la presentación, fue armada con un lápiz labial de rojo intenso y estampó un beso en el sitio reservado a la rúbrica en cada ejemplar. A algunos se nos antojó frívolo o cursi el gesto, hoy quiero pensar que era un modo de sellar un pacto de amor con la poesía. A lo mejor comenzaba a despedirse, o lo estaba haciendo desde mucho antes, desde 1983, cuando escribió su soneto “Pensar que yo estaré muerta también” incluido en su libro Se me ha perdido un hombre:

Pensar que yo estaré muerta también,
tan muerta como tú, de otros comida;
en esa trampa donde al fin, cogida,
a contraluz me clave no sé quién.

Pensar que yo estaré muerta también
es algo que me tiene enternecida,
con ganas de decir: “sigo perdida,
no guardes esa mano ni esa sien,

espérame esta noche. Tuya. Amén.”
¿No ves que sueño con andar dormida
donde tus bromas de inocente estén?

¿No ves que yo te estaba prometida
y vuelvo a ti, quitándome esta vida,
porque ya has dicho con la tierra: ¡ven!?

 

* ROBERTO MÉNDEZ MARTÍNEZ (Camagüey, 1958) Poeta, ensayista y narrador. Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española. Tiene publicados más de cuarenta títulos. Su ensayo Plácido y el laberinto de la ilustración recibió el Premio Alejo Carpentier, 2017 y el Premio de la Crítica correspondiente a ese año.

 

Mesa Redonda dedicada a Carilda Oliver

NOTA INFORMATIVA

El próximo lunes 3 de diciembre a las 3 de la tarde, los poetas Antón Arrufat, Roberto Méndez, Nancy Morejón y Enrique Saínz protagonizarán una Mesa Redonda dedicada a la recién fallecida poetisa Carilda Oliver, que fuera Miembro Correspondiente de la Academia Cubana de la Lengua, entidad que organiza este merecido homenaje que tendrá lugar en el patio del Palacio del Marqués de Arcos, en la Plaza de la Catedral, con entrada también por la calle Mercaderes entre O´Reilly y Empedrado. La entrada es libre.

JUNTA DE GOBIERNO

Elegidos cuatro nuevos Miembros Correspondientes de la ACuL

 

Elegidos cuatro nuevos Miembros Correspondientes de la Academia Cubana de la Lengua

En el pleno efectuado el pasado 14 de mayo se aprobaron las cuatro propuestas presentadas de nuevos Miembros Correspondientes de la ACuL, tres en el extranjero y uno en el territorio nacional. Son ellos Guillermo Rojo y Antonio Briz, de España, Alfredo Matus Olivier, de Chile, y el cubano Pedro de Jesús, de Sancti Spíritus. Los extranjeros ingresarán durante su estancia de enero de 2019 como invitados especiales al Seminario Internacional cuya convocatoria se muestra en este sitio. El acto de ingreso de Pedro de Jesús se producirá en el tercer cuatrimestre de este año.

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Por:  Graziella Pogolotti Jacobson

Aquí y allá, en establecimientos comerciales de carácter privado se extiende, como por onda expansiva, el uso de anuncios en inglés. Esa
presencia comienza a invadir el espacio público. En estas circunstancias, es imprescindible recordar que el español constituye la lengua oficial en nuestro país. Portadora de identidad, componente esencial de nuestra cultura, integra los factores constitutivos de la nación soberana. Por demás, la ley impone la exigencia de su cumplimiento obligatorio por parte del conjunto de los ciudadanos.

Cabría suponer que entre los comerciantes de reciente estreno se manifiesta la tentación de complacer, por esta vía, a los visitantes de otros países que, en flujo creciente, llegan al nuestro, aunque no todos sean hablantes nativos del inglés.

Se trata de una apreciación errónea. Las motivaciones de los viajeros son múltiples. Muchos se solazan con los atractivos de la naturaleza,
disfrutan del sol y la playa. Otros, prefieren frecuentar las ciudades, interesados por los valores patrimoniales que las singularizan y por el comportamiento de un pueblo comunicativo, callejero, acogedor y cordial, tal como lo reconocieron quienes pasaron temporadas entre nosotros desde los tiempos de la colonia. En el ámbito edificado y en las gentes que lo habitan, descubren los valores de una cultura diferente, amasada a través de una historia específica.

Por vía inconsciente, el ambiente que nos rodea influye en el uso del idioma. Era yo una joven recién graduada en busca de trabajo, cuando
se me ofreció la oportunidad de colaborar en la elaboración de un manual de ortografía. La autora del texto había realizado previamente
una encuesta entre estudiantes para detectar los errores más frecuentes. No los hubo al escribir la palabra cerveza, a pesar de la
c, la v y la z, tan comprometidas en nuestra habla latinoamericana. Por aquel entonces, la competencia entre las marcas más reconocidas se
manifestaba en un despliegue publicitario en las calles y en la televisión. La grafía se grababa de manera indeleble en la retina de todos.

Según reseña la prensa, el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel, subrayó en palabras pronunciadas en el
Ministerio de Educación la necesidad de conceder la importancia que merece al desarrollo de los hábitos de lectura mediante la conducta de un maestro, portador siempre de un libro ante los escolares que deberán seguir su ejemplo.

El asunto adquiere mayor trascendencia en tiempos de dominio creciente de la comunicación audiovisual. Ha sido objeto de análisis e investigación a nivel internacional. Entre nosotros, el tema reclama atención de primer orden ante el deterioro en el empleo de la lengua
que concita preocupación en amplios sectores sociales. Por distintas vías se ha manifestado la necesidad de conceder la debida jerarquía al
aprendizaje del idioma, no solo mediante el manejo de la gramática, sino a través del entrenamiento en la comprensión de textos literarios.

El dominio del idioma asociado a la comunicación humana y a la capacidad de forjar en los educandos el ejercicio de un pensar independiente, crítico y creativo, abierto al acceso al conocimiento y a la búsqueda permanente de la innovación, resulta reclamo fundamental de esta época. Constituye un integrante inseparable, junto a la historia y las matemáticas, de la tríada de disciplinas que, más allá de lo instrumental, se distinguen por su carácter formador.

Preservar el potencial de riqueza y expresividad de la palabra y diseñar estrategias en función del presente y, sobre todo, con vistas
al futuro de las criaturas que están naciendo, cuando los mensajes telegráficos dominantes en el empleo de los teléfonos celulares suplantan el arte de la conversación, bloquean el diálogo productivo, interfieren la transmisión de saberes, castran el impulso creativo de la imaginación y limitan el acercamiento sensible entre los humanos, son demandas impostergables.

La complejidad del desafío compromete a la familia y a la escuela, pero trasciende delimitaciones institucionales compartimentadas. Desde
el amanecer, la comunicación preside, tanto como el oxígeno que respiramos, la totalidad de nuestro existir. Se manifiesta en la zona
más íntima del hogar, en el tránsito por las calles, en la prestación de servicios, en las fórmulas de una convivencia civilizada, en el tejido de las redes de la información que nos conectan con la realidad del país y con los derroteros del acontecer internacional. Comprender
la magnitud del problema es paso indispensable para afrontar la búsqueda de las soluciones.

Cultura e identidad arropan el territorio de la espiritualidad, residencia de los valores que nos definen como pueblo. Perduran y se transmiten a través de la lengua que hemos heredado. Cuidemos de ella en los mensajes que animan nuestras calles, en los medios de comunicación, en el ámbito de la escuela y del centro de trabajo. Podemos hacerlo ahora mismo. Mientras tanto, para precisar estrategias a largo plazo, convoquemos al análisis y la reflexión. Ante la complejidad de los problemas, pensar es un modo de ir haciendo.

Tomado de Juventud Rebelde

http://www.juventudrebelde.cu/index.php/opinion/2018-05-19/closed

Publicado: Sábado 19 mayo 2018 | 09:21:59 PM

Cuidar el lenguaje es cuidar el pensamiento

Aunque los tiempos no estén para andar haciendo confesiones personales, quede la siguiente como testimonio de honradez al menos. La primera noticia que el autor de este artículo tuvo sobre la supresión de la prueba de lengua española en exámenes de ingreso a los Institutos Preuniversitarios Vocacionales de Ciencias Exactas —a la universidad, llegó a decirse—, la recibió por vía oral, y él pensó: “¡Otra bola para crear confusiones y desprestigiar a la Revolución Cubana, y nada menos que en el sistema educacional, uno de sus pilares!” Pero esta vez, lamentablemente, lo que circulaba no era una nueva expresión de tantos rumores como los que ha sido necesario refutar para combatir a enemigos externos o domésticos. Era cierto lo tocante a los mencionados institutos.
Esos centros constituyen una relevante puerta de acceso a la universidad en Cuba, y lo que se decida para ellos puede tener repercusiones que los desborden. No son la única vía para hacerlo —de otras aulas salen también alumnos brillantes—, pero forman lo que está llamado a ser una cantera fundamental de profesionales para el país, especialmente en el área que el nombre genérico de dichos institutos señala: las denominadas ciencias exactas, que no son las únicas, pero tienen prioridad en ellos y particular significación para el ámbito tecnológico y otros afines.
A las confirmaciones sobre la medida mencionada se sumó una declaración emitida el 17 de abril último por la junta de gobierno de la Academia Cubana de la Lengua: http://www.acul.ohc.cu/consideraciones-acerca-de-la-eliminacion-del-examen-de-espanol/. Tampoco se habían hecho esperar diversos comentarios que iban por igual o similar camino y, desde que se dio a conocer, el pronunciamiento de la Academia ha suscitado justas aprobaciones. Ese organismo cumplió su deber, cuando no siempre todas las instituciones cumplen el suyo en plenitud y con tino, y ratificó una verdad insoslayable: cuidar el lenguaje es cuidar el pensamiento. Con ello defendió a la patria y su sistema educacional.
Según se sabe, la supresión este año del español en las pruebas para el ingreso a los mencionados institutos ni siquiera puede disculparse argumentando que fue impensada. De haberlo sido, también merecería rechazo; pero se pensó, solo que, a juicio de quien esto escribe, y de no pocas otras personas que se han manifestado sobre el tema, se pensó mal. El mismo día en que conoció el pronunciamiento de la Academia el articulista lo reprodujo en su página de Facebook, y le han llegado comentarios que merecen atención en su totalidad. Si no cita ninguno es por los apremios del espacio, pero aspira a que todos se sientan representados en lo que aquí sustenta.
El clamor de repudio contra la medida tomada ha sido y está siendo amplio, y nuestra Academia no ha hecho más, ni menos, que apoyarlo con un peso institucional que sería más que irresponsable desconocer. Deben tenerlo en cuenta los implicados en una decisión que ha merecido calificarse como torpe cuando menos, o de lesa cultura. Lo sería, cabe suponer, en cualquier momento, pero lo es aún más cuando pululan errores y horrores que son como para echarse a llorar, o a correr para tratar de erradicarlos.
Quien desee conocer esa realidad y no vivir en el limbo de las resignaciones y la ignorancia voluntaria, solo tiene que asomarse a textos que corren en internet y en otros soportes diversos, editados incluso. A veces no sería acertado hablar siquiera de mala ortografía, sino de un caos heterográfico que amenaza con babelizar el español. Se dice que no ocurre solamente en este idioma, pero de él se trata, y esa lengua no le pertenece solamente a Cuba, ni al país donde nació y por obra y gracia del colonialismo lleva su gentilicio por nombre, sino a una de las mayores comunidades lingüísticas y literarias del mundo.
La referencia explícita a textos impresos obeece al valor documental que ellos tienen para valorar el asunto, no porque se piense que la expresión oral anda por mucho mejor camino en jóvenes y no jóvenes. Aunque al decirlo quisiera uno limitarse a desastres que pudieran estimarse solamente formales, entre forma y contenido funciona una unidad orgánica. Eso es algo que no deben ignorar quienes alguna vez hayan blasonado, o blasonen hoy, de defender el materialismo dialéctico, aunque para ser consciente de tal hecho pudieran bastar el extraordinario sentido común y conocimientos elementales.
Ejemplos de dislates que apuntan a la urgencia de perfeccionar —nunca descuidar— la enseñanza y el conocimiento de la lengua abundan por todas partes en Cuba, y en grado alarmante son palmarios incluso en personas que tienen alto grado de responsabilidad profesional en esa esfera. Para no ir más lejos, basta mencionar la frecuencia con que se sufren errores de concordancia elemental en el plano de la gramática, o la alteración radical del sentido en expresiones tan comunes como favoritismo y dar al traste con, mal empleadas con el uso que les corresponde a ventaja y a propiciar, respectivamente.
Es ineludible insistir en un ejemplo de algo todavía más grave, y que va resultando una epidemia ya: el empleo de humanitario como sinónimo de humano, cuando aquel adjetivo califica a lo que es beneficioso para la humanidad, para las personas. En medios de comunicación y hasta en altos podios políticos se habla de crisis y desastres “humanitarios”. Tal error sirve para avalar la calificación de humanitarias dada por el imperialismo estadounidense y su lacaya OTAN a intervenciones que esas fuerzas genocidas llevan a cabo para masacrar pueblos y robarles sus riquezas naturales. ¿No viene de ahí la manipulación de ese calificativo? Aceptarla por error o ignorancia no resta gravedad al asunto. Quizás la refuerce.
Frente a semejante realidad, ¿qué es la pobreza idiomática apreciable cuando en la pantalla del televisor comunicadores y entrevistados aparecen usando un idioma que se diría de muñequitos y comienzan sus parlamentos con giros de este corte: “Decirles que…”? ¿Dónde quedó el antecedente que exprese la intención real del infinitivo decir? Así como tampoco nadie, y menos supuestos defensores del materialismo dialéctico e histórico deben, ignorar la unidad orgánica que opera entre pensamiento y lenguaje, ¿no se aprecia en esa pobreza expresiva una señal de pobreza de ideas?
Ante esos hechos, las instituciones y las autoridades responsabilizadas con fortalecer el buen uso del español en Cuba no deben permitirse acto alguno que menoscabe el efecto de sus funciones. Si hasta ahora las pruebas de ingreso a los institutos ya mencionados, y a la universidad, han revelado deficiencias, alarmantes incluso, en lo que respecta al español, la solución no es eliminar las mediciones que evidencien crisis, sino fortalecer los planes de enseñanza y la preparación de quienes —desde el aula hasta la cúpula de los ministerios correspondientes— deben garantizar la calidad de la enseñanza. Para eso es también necesario, lo recuerda la Academia Cubana de la Lengua, estimular la inteligencia y la voluntad de aprendizaje del estudiantado, no acomodarlas hasta que entren en letargo. Por ese camino pudieran más bien extinguirse.
Eliminar exámenes, como ahora intenta hacerse —o ya se ha decidido con una medida a la que urge dar marcha atrás—, equivale, acudamos al lenguaje popular y culto, a tirar por la ventana el sofá, o la bañera con el agua sucia y el niño dentro. En términos más técnicos, o literales, de algún modo equivaldría a retomar o seguir validando el síndrome del promocionismo, que tanto le ha costado y pudiera seguir costándole al país, con independencia de las intenciones con que ese morbo se haya propiciado: un morbo que da al traste con los irrenunciables propósitos de índole cualitativa que deben ser rectores en la instrucción y en la educación, y confiere favoritismo a la ignorancia.
Aducir que se trata de viabilizar el acceso a las aulas a futuros profesionales de determinadas áreas de la ciencia y la tecnología supone, cuando menos, un grave déficit cultural por parte de quienes propician el dislate, o lo aceptan. Si lo que se quiere fomentar no es un indeseable proyecto para fabricar emigrantes, esos profesionales deben preverse como parte, en primer lugar, de Cuba y, por consiguiente, de la comunidad lingüística hispanohablante. La sabiduría científica no parte del aire, ni se afinca en él: es una etapa superior del conocimiento, que empieza por ser elemental y cotidiano y se extiende a esferas cada vez más altas y complejas.
Si el profesional no conoce bien su idioma —y no es cuestión de dominar tecnicismos o saber dibujar cuadritos de gramática estructural, aunque unos y otros pueden ser muy beneficiosos para el buen pensamiento—, ¿cómo va a interpretar rectamente los fenómenos y explicárselos a sí mismo? ¿Le bastará dialogar solamente con la pantalla de su computadora? ¿Entendería así de manera cabal todo cuanto puede llegarle por esa vía? ¿Podrá creer que para ser científico o tecnólogo le bastan las jergas y abreviaturas que ha empleado para intercambiar ágiles mensajes por el correo electrónico o el teléfono celular? Mucho más, ¿cómo va a comunicarse con la comunidad científica? No está de más recordar la sabiduría integral que ha caracterizado a quienes han sido paradigmas en el plano del conocimiento. Y los paradigmas no están para ser elogiados y olvidados, sino para respetar lo que enseñan, y tratar de seguirlo.
¡Ah!, pero no tarda en asomar el fantasma de la lingua franca imperial que se ha entronizado en el mundo. Aparte de que los malos hábitos y la ignorancia en el uso de la lengua madre pueden trasladarse nocivamente al aprendizaje y el empleo de otros idiomas, vale detenerse en algunos elementos valorativos. A ningún nivel de la nación se debería estimular acríticamente, como acto de inercia irreflexiva, el conocimiento de otros idiomas, conocimiento en sí mismo útil, valioso, aconsejable, y no solo si se trata del inglés. Es necesario favorecer en todo caso la asunción de perspectivas culturales adecuadas, incluidas las de índole histórica y política. Ya hay en Cuba centros privados de enseñanza donde el inglés se les enseña a niños y niñas del país como si residieran en Miami o en Nueva York. Aunque solo fuera frente a eso, algo les corresponde hacer a las instituciones nacionales.
No se habrá repetido lo bastante: el privilegio de que goza hoy la lengua inglesa no se debe solo ni principalmente a las grandezas de William Shakespeare y Walt Whitman. Grandezas tendrán o tienen los demás idiomas, el sobresaliente español entre ellos, honrado por las de Miguel de Cervantes, José Martí, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rubén Darío y otros. El paso avasallador del inglés se basa, sobre todo, en el poderío económico, político, tecnológico, mediático y bélico de un imperio que se expresa en ese idioma. No es una realidad que se deba soslayar, como si la cultura fuera algo tan abstracto y aséptico que no se requiriese estar advertido de cuanto ocurre en el planeta.
Cuando hace unos siglos el latín se usaba como lingua franca de las ciencias, ya no se rendía pleitesía a ningún imperio que se comunicara en ese idioma, y este hace un todavía mayor número de siglos que dio lugar a otros: los romances, como el español. Hoy, con el inglés, la realidad es diferente. No se trata de no usarlo, ni de darle la espalda, como algún “cosmopolita posmoderno” pudiera pretender que los presentes apuntes proponen. Pero no se piensa aquí en interlocutores tales, sino en lo mejor del pueblo de Cuba, y en quienes de cualquier modo tengan la posibilidad y el deber de actuar para que se revierta una decisión que, de solo estar vigente un año, ya sería impertinente y puede acarrear consecuencias lamentables, como sucede con cualquier error introducido en el sistema educacional. Ni pensar en lo que ocurriría si se permitiera que dure más de un curso, o devenga pauta para el ingreso a la universidad.
La indeseable medida confirma que no solo en lo más explícita o directamente económico puede asomar la oreja peluda, lobuna, del pragmatismo, forma de pensamiento —o falta de él— característica del actuar capitalista. Menospreciar o relegar el español en Cuba hace recordar tristemente el Plan Bolonia, tan combatido en Europa por pedagogos y otros profesionales de actitud revolucionaria, emancipadora, y tan propulsado por quienes pretenden eliminar todo lo que estiman ajeno a la finalidad de formar tecnócratas, ejecutivos y otros representantes del capitalismo. El ateo convencido que esto escribe pide perdón para decir: ¡Dios nos ampare!

Luis Toledo Sande

Cubarte, 30/abril/2018

Consideraciones acerca de la eliminación del examen de Español

Ante la medida tomada por las autoridades del Ministerio de Educación acerca de la eliminación del examen de Español como requisito de ingreso a los Institutos Preuniversitarios de Ciencias Exactas, la Academia Cubana de la Lengua hace constar las siguientes consideraciones:
PRIMERO:
Sobre la base de principios fundamentales e irrenunciables acerca de la conveniencia de mantener una educación pública y laica, sin motivaciones económicas inmediatas que puedan sesgar su funcionamiento, con énfasis en el conocimiento y la ciencia, con un sentido de equidad que permita total acceso, y concebida como deber y derecho, hace ya varios años, los Ministerios de Educación y Educación Superior determinaron incluir el examen de español como requisito de ingreso a la universidad para todos los estudiantes que optaban por carreras, cualquiera fuera su índole, en el entendido de que como parte de los requerimientos profesionales imprescindibles se encuentra el dominio adecuado de la lengua materna.
Esta medida ha sido completamente justa y apropiada no solo dado el carácter patrimonial, identitario, simbólico y testimonial que la lengua materna tiene para todos los integrantes de una comunidad, sino también por la condición de habilidad profesional indispensable que el dominio de la lengua reviste.
SEGUNDO:
La competencia lingüística necesaria y suficiente de cada profesional para ejercer su especialidad con éxito no es equivalente, sin embargo, a contar con la capacidad para evaluar o tomar decisiones en temas lingüísticos que atañen a todos, para lo cual parece necesario el concurso de especialistas en la materia.
En los últimos años, en atención a criterios seguramente valiosos, aunque parciales, hemos asistido al abandono de la medición de la habilidad de dictado, fundamental para los profesionales; a la falta de estrategias efectivas en relación con el dominio de la lengua española, inversamente a la potenciación de las lenguas extranjeras, en particular el inglés; y a la falta de congruencia entre las posturas teóricas ante la lengua y las acciones prácticas en que ellas se manifiestan.
TERCERO:
Los instrumentos con que se cuenta evidencian, sin embargo, más allá de cifras y porcientos, manquedades reales en la formación de los futuros profesionales en cuanto a la ortografía y la distinción entre el código oral y el escrito, la capacidad para lograr una coherencia adecuada, sobre la base del manejo de los recursos cohesivos; la creatividad y disponibilidad de ideas para la construcción de textos; en resumen, que nuestros jóvenes aspirantes a carreras universitarias aún afrontan dificultades en el manejo de su instrumento expresivo, no solo ortográficas, sino de calidad de las ideas, de coherencia y cohesión, que demandarían una ejercitación mayor y más creativa, una evaluación más sistemática y consecuente, y, en particular, colocar la responsabilidad del conocimiento esencialmente en el propio alumno, en la medida en que ese aprendizaje se convierta en significativo para él. Los resultados, incluidos los obtenidos en el Español básico que se evalúa a los matriculados en los cursos para trabajadores y por encuentros como parte ya de su proceso formativo inicial, permiten afirmar que las medidas tomadas no han sido aún totalmente efectivas.
La preferencia por otras normas, los rasgos de inseguridad y los fenómenos de prestigio encubierto que revelan las investigaciones pudieran estar influyendo en la desatención de la lengua propia.
CUARTO:
La experiencia demuestra que mientras más independencia se da al estudiante, y más se le deja hacer, se toma en cuenta su opinión, o se reta su capacidad, más se desarrolla el joven, e incluso más disfruta lo que hace; en consecuencia, como se sabe que la posibilidad de pasar un examen para lograr un objetivo concreto se convierte en un incentivo para lograr habilidades lingüísticas como las comentadas, la decisión adoptada no favorece, más bien desestimula el interés del estudiante.
Las causas de la decisión parecen relacionarse con el rescate de los objetivos fundacionales de esos centros, la distribución de asignaturas por campos del saber, y la voluntad de dar mayor peso a las asignaturas específicas de interés del estudiante sin aumentar la cantidad de exámenes. Mientras existe un requisito de haber alcanzado 90 puntos en la Matemática y la ciencia específica seleccionada para poder optar por el IPVCE, no lo hay, en cambio, para la lengua.
Parece ocioso insistir en que la esencial fuente de conocimiento, que situamos en la observación, el estudio, la ciencia, una ciencia específica, la práctica… pasa necesariamente por una lengua: se piensa en esta lengua, se observa en la lengua, se trabaja en la lengua, se hace ciencia en la lengua. De ahí que si queremos formar científicos cabales no podamos descuidar este aspecto.
QUINTO:
Convendría pensar, entonces, en soluciones alternativas que respondan a los mismos objetivos: por ejemplo, que los estudiantes se examinen de Matemática e Historia en un primer nivel de selección, que sirva de filtro, y que para lograr el ingreso definitivo a la especialización examinen Español y la materia de su interés. También puede pensarse en un único examen con cuatro secciones de puntuación equitativa que sería calificado por los profesores de todas las materias. Otras ideas que contribuyan a mantener el requisito indispensable de lengua serían también valiosas.
Finalmente, en cualquier caso, la Academia Cubana de la Lengua expresa su desacuerdo con la decisión y reitera su disposición de colaborar, como lo ha venido haciendo, en cualquier empeño que contribuya al conocimiento y cultivo de la lengua propia.

La Habana, 15 de abril de 2018.
Junta de Gobierno

Día del idioma

 

La Academia Cubana de la Lengua celebrará el próximo lunes 23 de abril, Día del Idioma, con la tradicional ofrenda floral ante el monumento a Don Miguel de Cervantes Saavedra, a las 10:30 a.m., en el Parque San Juan de Dios, del centro histórico, ocasión en que hará uso de la palabra el Académico de Número Enrique Saínz de la Torriente.

A continuación, la Academia Cubana de la Lengua realizará una sesión abierta al público en el Aula Magna del Colegio Universitario de San Gerónimo, con la presencia de representantes diplomáticos de los países de habla hispana quienes leerán fragmentos de autores relevantes de sus literaturas en relación con la lengua que nos une. Actuará la Schola Cantorum Coralina dirigida por la maestra Alina Orraca.

«En Román Paladino: La ‘Glosa 89’ el primer texto español»

Frente a quienes sitúan los orígenes del castellano en el ‘Cartulario de Valpuesta’, el autor mantiene que es en la llamada ‘glosa 89’ donde se encuentra el primer testimonio de una lengua que «con sus vaivenes y sus crisis» se ha convertido en universal

 

Se ha publicado recientemente la noticia de que la editorial ‘Siloé, Arte y Bibliofilia’ ultima una edición facsimilar del Cartulario de Valpuesta (Becerros Gótico y Galicano). En ese artículo, los entrevistados -los dos editores de la obra- otorgan a la documentación altomedieval de Valpuesta el rango de «los registros más antiguos del castellano», incluso anteriores a las mismas Glosas Emilianenses. Como estudioso de estos temas desde hace ya muchos años, creo que puede ser oportuno ofrecer algunas aclaraciones o precisiones, solo algunas y sencillas, en torno a esta compleja cuestión.

1.- ¿La atribución de la máxima antigüedad a estas escrituras romances de Valpuesta, que recoge dicha noticia periodística, pone realmente en cuestión la tesis hasta ahora defendida de asociar los orígenes del español con el escritorio de San Millán de la Cogolla?

No, en modo alguno. Y ¿por qué? Por las razones siguientes, fáciles de comprender:

  1. a) La antigüedad de una lengua debe quedar de manifiesto en todos sus niveles. Es decir, debe darse una primera expresión de características romances en todos los niveles lingüísticos. Al tratarse tan solo de palabras, por ejemplo, estaríamos hablando de la antigüedad del léxico de una lengua, pero no de una lengua en su integridad. Quiere esto decir que ese título de ‘cuna de la lengua’ sólo podría atribuirse estrictamente a un enunciado o conjunto de enunciados donde estén presentes todos los niveles lingüísticos que constituyen los modos de hablar que llamamos lenguas: los niveles gráfico, fonético, gramatical (morfológico y sintáctico), lexicológico y semántico.
  2. b) Un texto en romance es aquel que, con un sistema gráfico romance refleja todos los niveles lingüísticos de una lengua, incluida la pronunciación. Es necesario representar la lengua hablada de una nueva manera, desde las palabras hasta los sonidos pasando por la morfología y la sintaxis. Por esta importante característica sobresalen los testimonios emilianenses de las glosas respecto de otros hispanos donde se sigue escribiendo la morfología hablada con la ortografía latina. En efecto, los monjes de Suso se esforzaron por dotar de nuevas reglas ortográficas al romance, de dejar de escribir la lengua hablada total al modo tradicional, a la latina, para pasar a una escritura innovadora, una nueva técnica fonográfica, la escritura a la española.
  3. c) La riqueza y complejidad cognoscitiva y física, en su realización, de una lengua requiere unos mínimos de expresión para reconocer en ella alguna de sus admirables singularidades específicas. Y el texto constituye, a mi juicio, la unidad indispensable, esto es, el enunciado escrito donde todas sus secuencias de significado están cohesionadas o relacionadas entre sí, por lo que transmiten un mensaje coherente, es decir, un mensaje que adquiere una unidad de sentido.

2.- Pues bien ¿se ajusta el Cartulario de Valpuesta a estos criterios?, ¿cumple estas indispensables condiciones? Es evidente que no:

– No contiene textos en romance, sino simplemente palabras romances.

– Lejos de presentar todos los niveles de la lengua, se limita casi exclusivamente a uno solo, al nivel léxico. Los documentos recogidos en los dos cartularios de Valpuesta, donde el valor lingüístico es sin duda muy apreciable, no alcanza a la totalidad de los niveles de nuestra lengua. La antigüedad, insistimos, ha de valorarse rigurosamente, esto es, con referencia a la manifestación de un estado de lengua en todas sus dimensiones. Porque, si se alude a una antigüedad parcial, a la específica de un solo nivel, por ejemplo, a la correspondiente al ámbito lexicológico, se podría objetar con toda razón que otros niveles, como el sintáctico, nuclear sin duda en la constitución de cualquier lengua, hunde sus raíces, para muchos, en las varias Vetus latinas (siglo II) y la Vulgata (siglo IV) o incluso, para otros, en los textos del latín vulgar anteriores a nuestra era. Sin pasar por alto las palabras que ya dejaron de pertenecer al lexicón latino, por ejemplo, en los escritos de Isidoro de Sevilla o en los viejos glosarios hispanos, como el Liber glosarum del siglo VIII, cuya copia se llevó a cabo en Hispania. Ni tampoco deberían silenciarse, parece evidente, las formas de contenido semánticas que hoy compartimos con los hablantes de la Romania de cualquier tiempo.

Por lo tanto, los documentos valpostanos no pueden ser considerados testimonios romances, sino unos escritos latinos en donde aparecen palabras romances. La antigüedad del cartulario de Valpuesta es, sin duda, un valor de gran interés para la lexicología romance, pero no presenta las credenciales suficientes para la reivindicación específica de los orígenes del castellano. En este sentido, la prudencia y cautela de los especialistas castellanos, lejos de tener que ser recriminadas, tienen que ser comprendidas.

3.- Por el contrario, la llamada ‘glosa 89’, escrita en el folio 72r del códice emilianense 60, sí es un texto iberorromance propiamente dicho: el primer texto romance en el sentido genuino del concepto de texto.

– Es el primer texto iberorromance que reúne las dos condiciones anteriores:

  1. a) Constituye la primera manifestación en todos sus niveles lingüísticos de la lengua iberorromance.
  2. b) Y también por primera vez, intencionadamente, está escrito en su integridad (el léxico, la gramática y los sonidos del habla) de una nueva manera, a la española. Es el primer testimonio, de extraordinaria entidad lingüística y cultural, donde con notoria solvencia y llamativa limpieza se expresa completamente y por vez primera el habla romance de la Hispania altomedieval.

Por todo ello, dentro de la notable producción filológica y lingüística del monasterio emilianense (glosas, glosarios, innovaciones ortográficas, Becerro Galicano, Berceo, etc.), debe ocupar el centro de la atención y del estudio de los orígenes del español la así llamada ‘glosa 89’ o ‘doxología’, de cuya edición paleográfica doy aquí mi versión, muy fiel al original: «Cono aIutorio . < d e > nuest r < o > dueno . dueno christ o . dueno salbatore . qual dueno get ena honore . equal due n no tienet . Ella mandatjone . cono patre cono sp irit u s an c t o enos sieculos . delosieculos . facanos d eu s om ni p o t en s tal serbitjo fere . ke d e na n te ela sua face gaudioso segam us . Am em».

Quiero destacar que esta ‘glosa’ fue ya considerada por un reconocido especialista, Díaz y Díaz, como «el primer texto escrito en román paladino”, un texto en el que los hispanistas deberían centrar más su estima porque «es ahí donde ya está la lengua que con sus vaivenes y sus crisis de crecimiento se ha convertido en una lengua universal».

Además, atendiendo incluso a la cuestión de la antigüedad, mis últimas investigaciones descubren en la ‘glosa 89’ un texto con un estado de lengua desde luego muy anterior a la segunda mitad del siglo XI, fecha en la que algunos la datan, principalmente porque es muy difícil concebir el estado de la lengua de la ‘glosa 89’ como el correspondiente a una época solo un siglo y medio anterior a Gonzalo de Berceo. Por cierto, el poeta riojano ha enriquecido el vocabulario culto como nadie lo ha hecho con tal intensidad en la literatura española. Es decir que gracias a él, no hay que olvidarlo, nos entendemos hoy.