Elogio de Leonardo Padura

 

 

Éramos jóvenes y arriesgados. Arriesgados ellos que cuestionaban, discutían y polemizaban, poniéndolo todo en duda. Arriesgada yo que impartía por primera vez un curso de literatura latinoamericana y me veía obligada a improvisar en clase, a partir de sus preguntas, comparaciones entre los gemelos del Popol-Vuh y los Ibeyi, entre La araucana y El cantar de Roldán; o a desmenuzar, hasta la saciedad, Grandeza mexicana de Bernardo de Balbuena para verificar su filiación barroca. Cada vez que una mano se levantaba en el aula, tragaba en seco y me preparaba para el sutil combate que tendría lugar. Terminé el semestre agotadísima, luego de abandonar la lectura de la poesía completa de José Joaquín de Olmedo cuando tropecé con un poema dedicado a una conversación familiar entre él y, nada más y nada menos que su almohadilla. Dediqué entonces mis últimas fuerzas a estudiar la estructura de La Batalla de Junín a la luz de las críticas epistolares de Bolívar a su autor.

Un año después, cuando llegó el momento de definir los trabajos de diploma, dos estudiantes muy especiales me pidieron que fuera tutora de sus tesis: Jorge Luis Arcos, que había optado por la poesía de Andrés Bello, y Leonardo Padura, decidido por el Inca Garcilaso de la Vega. Nunca había dirigido una tesis; pero acepté el llamado a la aventura y fue entonces cuando se estrechó mi relación con aquel brillante alumno que había tenido en el aula, quien no se conformó con los Comentarios reales y la Historia general del Perú, sino que la emprendió también con La Florida del Inca y hasta con la Relación de la descendencia de Garci Pérez de Vargas. Yo me asombraba de su capacidad de trabajo, de la rapidez y seriedad con que devoraba libro tras libro, de la exhaustividad de sus búsquedas bibliográficas, de sus consultas con Alberto Prieto y Manuel Galich, y, finalmente, de la cantidad de cuartillas que iba acumulando en un tiempo nada pródigo, sino urgido por una fecha de entrega inapelable. En alguna ocasión me aventuré hasta Mantilla en la moto soviética de 50 cc que manejaba entonces para entregarle unas revisiones hechas a deshora, en un viaje que hoy rememoro con vértigo.

 

He vuelto a leer, más de treinta años después Con la espada y con la pluma. Comentarios al Inca Garcilaso de la Vega. Y vuelve a asombrarme no solo la agudeza de sus reflexiones, su capacidad de diálogo con las fuentes de conocimiento histórico, la fluidez de su prosa, los aportes que realiza al estudio de esta figura principal de la literatura hispanoamericana, sino la destreza para mantener la atención del lector sobre una temática que, aunque de interés, no puede calificarse precisamente de cautivadora. La figura del Inca adquiere en estas páginas una vitalidad y una dimensión humana –ese hombre triste, henchido de contradicciones, con su “enrevesada personalidad de escritor y mestizo”– que lo rescata de la aridez de los archivos para imprimirle una peculiar actualidad. Una muestra precoz, pudiera decirse, del talento de Padura para hurgar en las complejísimas relaciones entre el individuo y la historia.

Alguien me pidió alguna vez y nunca me devolvió, las opiniones que leí en la defensa de esa tesis universitaria, de modo que no he podido consultarlas, pero seguramente entonces hice un entusiasta vaticinio sobre la futura vida profesional del recién graduado. Ese augurio, por muy elogioso que haya sido, se habría quedado por debajo de las bondades que le estaban destinadas. A ese primer libro se han sumado más de veinticinco, de diversos géneros, incluyendo doce novelas. Leonardo Padura se ha convertido en el escritor cubano vivo “más asediado por el público lector y la crítica, el más abordado en congresos literarios y revistas”. Varios libros de reconocidos estudiosos y numerosas tesis de grado, maestría y doctorado se han dedicado al análisis de su obra. Sus libros han sido traducidos a veinticuatro lenguas y algunos de ellos, como El hombre que amaba a los perros ha tenido más de ochenta ediciones solamente en España, Argentina y México. Como ha escrito Jorge Fornet, al referirse a lo que denomina el “fenómeno Padura”, en este creador, “prolífico y diverso como pocos (…) se produce uno de esos enigmas nunca resueltos de la literatura: el de las razones por las que un escritor logra cautivar, a la vez, a lectores y críticos”.

Aquel inquieto y arriesgado estudiante, que era capaz de montarse en la desvencijada moto amarilla con su joven profesora para ir a la Biblioteca de Casa de las Américas, posee ahora dos doctorados honoris causa, el Premio Princesa de Asturias de las Letras, el Premio Nacional de Literatura, el Raymond Chandler, el Carbet, el Roger Callois, nueve Premios de la Crítica en Cuba, tres Dashiell Hammet, premios a la mejor novela extranjera del año en Francia y en Grecia, dos Premios Internacionales de Novela Histórica –el de la Ciudad de Zaragoza, el Barcino de Barcelona–, y no sigo mencionando honores y lauros porque sería interminable mi elogio.

¿Para qué escribe, entonces, Padura, sus novelas? El excelente ensayo que acabamos de escuchar expresa, con meridiana claridad, su poética como narrador y las concepciones que sustentan su novelística. Es evidente que aunque el éxito y la fama lo han acechado con particular intensidad, sus textos no han sido escritos para satisfacer las banales exigencias del mercado, sino que conforman un sólido cuerpo que desde sus inicios se caracteriza por una honda indagación sobre el ser humano y su respuesta a las circunstancias y los retos de la vida. Su vocación carpentierana deja una huella en su marcado apego a la historia y en el afán de revelar los conflictos y dilemas que esta impone al hombre, incapaz de permanecer al margen de esa fuerza o destino. A la vez, su preocupación por el complejo vínculo entre lo imaginado y lo factual, por el conocimiento de una realidad específica –sea pasada o contemporánea– otorga una dimensión muy especial a una obra en la que se advierte el deseo de –como él mismo afirma citando a Flaubert– “llegar al alma de las cosas”.

 

El arraigado sentido de pertenencia a la isla que habita, a su cultura y a su historia se advierte en toda su narrativa, pero llega a ser el centro de La novela de mi vida, un texto que va a los orígenes mismos de la formación de lo cubano a través del poderoso paisaje espiritual de la patria y de algunos de sus símbolos más trascendentes, delineados en los versos del primer gran poeta de América. A la vez, otros momentos históricos, incluido el contemporáneo, confluyen en este libro sobre el cual Enrique Saínz ha afirmado que es “más que suficiente para que alcancemos una magnífica imagen de nosotros mismos, de quiénes somos y de dónde venimos”.

 

El creador del personaje de Mario Conde siempre se las ha ingeniado para que toda su obra se publique en Cuba, aunque esas tiradas no alcanzan a satisfacer la demanda de un público lector que persigue sus libros con un fanatismo muy cercano al despertado por las estrellas de rock. A pesar de la poca divulgación y del ostensible mutismo de la prensa y de otros medios de comunicación sobre su quehacer, este narrador cuenta con una popularidad y un prestigio alcanzado por muy pocos escritores en Cuba.

 

El contraste entre la notable difusión que tuvo en su momento la obtención del Premio Príncipe de Asturias por Javier Sotomayor y el silencio absoluto sobre el de Padura en los medios nacionales fue obvia. Son, sin embargo, los dos únicos cubanos que han recibido hasta el momento tan importante galardón. Padura, desde luego, no es campeón de salto alto –ni tan siquiera pudo cumplir su sueño adolescente de ser pelotero–, y mucho menos cantante de un grupo heavy metal, a pesar de su conocida capacidad de convocatoria, pero es, sin duda alguna, una de las figuras más sobresalientes e importantes de la cultura cubana actual.

 

Le doy, pues, la bienvenida a Leonardo Padura Fuentes –quien ya es correspondiente de las Academias de Puerto Rico, Panamá y Costa Rica– a la Academia Cubana de la Lengua, como miembro de número, donde ocupará, con la letra U, el sillón que perteneciera al querido y admirado monseñor Carlos Manuel de Céspedes.

 

 

Margarita Mateo Palmer