Discurso de entrada de Cira Romero

 

ACADÉMICOS QUE ME RECIBEN COMO MIEMBRO DE NÚMERO DE ESTA PRESTIGIOSA INSTITUCIÓN, COLEGAS, AMIGOS Y FAMILIARES QUE ME ACOMPAÑAN EN ESTE ACTO:

I

Desde que nací me educaron bajo el precepto de que «lo peor que se puede ser en el mundo es desagradecida». Guiada por ese principio me siento obligada a evocar, en este momento especial de mi vida, a tres personas, ya desaparecidas, que significaron mucho en mi vida personal y profesional: Manuel Cofiño, que, desde mi Santa Clara natal y de la mano del amor, me trajo a La Habana y me ayudó a instalarme en el mundo intelectual cubano desde finales de la década del 60; Julián Barrio, quien también desde el amor, pero sin tener que ver nada con mi profesión, siempre respetó mi trabajo y me creó condiciones materiales para ejercerlo. La tercera persona es José Antonio Portuondo, a cuyo despachó llegué con apenas veinticuatro años y con solo un título de recién graduada de Letras de la Universidad Central de Las Villas — o sea, era una perfecta desconocida—, y, sin dudarlo, me abrió las puertas del Instituto de Literatura y Lingüística, donde trabajé durante cuarenta y ocho años, y al cual seguiré vinculada mientras las facultades me asistan. A ellos dedico mis palabras, pero también deseo reconocer lo que en mi vida como investigadora de la literatura cubana ha significado, y significa, el Instituto Cubano del Libro, que ahora me acoge como una trabajadora más, aunque siempre lo he sido desde el lejano 1970. Sus directivos nunca han dado una negativa a mis propuestas y gustosos oyen mis demandas a veces impertinentes, atendidas en la medida de sus posibilidades. Si mi bibliografía creció, a ese organismo y a varias de sus editoriales se lo debo. Asimismo, declaro mi complacencia por acceder al sillón A de esta Academia, ocupado, hasta su fallecimiento, por el Dr. Delio Carreras, tan villareño como yo, él de Camajuaní, hombre de personalidad singular y de vastos conocimientos culturales, políglota, que centró en la Universidad de La Habana, de la cual fue Profesor Emérito, sus mejores esfuerzos profesionales, encaminados a la formación de generaciones de estudiantes. De él dijo el Dr. Eusebio Leal que «conocía el secreto de las palabras», a través de las cuales ejerció una poderosa fuerza entre alumnos y profesores. Leer más …