Sobre aperturar, mandatar, Nada más decirles y otras novedades

La lengua es como una cinta que se va trenzando por uno de sus extremos (el de las innovaciones) y destrenzando por el otro (el de los elementos obsolescentes). Con esta imagen el filólogo Dámaso Alonso expresa cómo las palabras y otros signos se forman y desaparecen incesantemente.
En todo momento y lugar la lengua se mueve entre la unidad y las diferencias: unidad que garantice la comunicación, diferencias derivadas de las características y situaciones concretas de los grupos en que se estructura la sociedad, de sus actitudes y creencias. Estos componentes conforman el sistema axiológico y de símbolos, que de modo consciente o inconsciente establece qué se dice, qué estrategias se emplean para expresar la información y cuáles son las percepciones de los hablantes sobre las palabras y otros signos. Así, las convenciones sociales y lingüísticas imperantes en una comunidad pueden favorecer, servir de freno o impedir el avance de algunos cambios.
Y es que las innovaciones parten de actos individuales, y casi de modo imperceptible se van arraigando hasta convertirse en elementos regulares del idioma. Muchas de esas transformaciones son necesarias y justificables porque surgen del ajuste a los requerimientos de la vida social y a la búsqueda de formas de expresión precisas en ámbitos de la ciencia y de la tecnología; otras, en cambio, provocan alteraciones en el código que pueden oscurecer la comprensión de los mensajes.
Por eso vale reflexionar en si resultan útiles para hacernos entender las modificaciones que realizamos o los descuidos en que incurrimos, como el uso de una pronunciación relajada o un léxico coloquial en una situación formal, la tendencia a desplazar el acento de la frase por énfasis o por contraste, los problemas de concordancia y otros en la construcción de la frase.
De las creaciones neológicas que se oyen en el lenguaje formal en situaciones comunicativas donde antes no se empleaban, llaman la atención hoy dos vocablos: aperturar y mandatar. Estos verbos son derivados respectivamente de los sustantivos apertura y mandato, por analogía con otros pares ya existentes en la lengua (tortura/torturar, comando/comandar). Aperturar empezó a emplearse en el lenguaje bancario, donde se ha puesto de moda la expresión Aperturar una cuenta en lugar de Abrir una cuenta, sin que resulte evidente la necesidad del neologismo. No es un fenómeno cubano, sin embargo, pues se registra en Honduras, Venezuela, Perú, Argentina, Bolivia y España. Los medios de comunicación han favorecido que se vayan extendiendo estas formas y- de no atajarse a tiempo su difusión- podrían adquirir carta de naturaleza en el idioma.
También se va extendiendo el uso de un infinitivo al que le falta el verbo al cual se subordina: Bueno, ante todo decir que se verán afectados… Se crea así una construcción de valor impersonal, en la que el infinitivo aparece suelto y la carencia de los accidentes propios de las formas conjugadas (que aparecerían si se usa el verbo regente: quiero, necesito, me apena, me complace…) otorga a ese giro sintáctico un matiz de indeterminación, de despersonalización, que oscurece el sujeto del cual parte la intención o la voluntad.
Es frecuente entre algunas personas una estructura en la que aparece una preposición de superflua delante de infinitivo u oración subordinada: Pienso de que ella está enferma, que dificulta la comprensión del mensaje porque es diferente pensar eso (que ella está enferma) a pensar (algo) de eso, que es una nueva interpretación, errónea, sugerida por el de.
La cuestión de los neologismos descontrolados y de la invasión de préstamos del inglés sin una adecuada regularización han motivado también reflexiones en cuanto al cuidado de la lengua, en lo que ella tiene de símbolo de una identidad cultural.
Para que en los comportamientos lingüísticos de las personas, al menos en las situaciones formales medie algún grado de reflexión sobre qué y cómo debe decirse y qué no, la Academia Cubana ha buscado contribuir a la formación lingüística del pueblo y asesorar a instituciones y personas que ejercen más directamente una influencia idiomática (maestros, periodistas, artistas, comunicadores) a través de su servicio de consultas, su página web, el programa radial Al habla con la Academia, así como con materiales de estudio y cursos presenciales. Es una pequeña muestra de lo mucho que puede hacerse.
La creación de instrumentos lingüísticos (manuales de estilo, gramáticas, ortografías, espacios de formación y consulta) puede servir a la unificación de criterios idiomáticos, necesarios para lograr consenso entre los hispanohablantes. También se advierte la conveniencia de articular políticas lingüísticas acordes con los intereses de los estados nacionales y las integraciones regionales ante la globalización.
Si bien los profesionales que se desenvuelven en el campo de la ciencia del lenguaje afirman sin vacilaciones que la lengua no se puede imponer: la hacen los hablantes, es seguro que los buenos ejemplos quedan en la mente y pueden tomarse como modelo, para expresarse en forma oral o escrita. Ofrecer algunos de esos ejemplos y modelos es uno de los propósitos que orientan la labor de la Academia Cubana de la Lengua.

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