Aniversario 85 de la Academia Cubana de la Lengua

retamzar

El próximo 19 de este mes de mayo  la Academia Cubana de la Lengua cumplirá ochenta y cinco años de fundada, y se me han pedido unas palabras sobre el hecho. Adelanto que varios de los datos que mencionaré proceden del reciente libro de la actual secretaria de nuestra Academia, la doctora Marlen Domínquez,  La voz de los otros, y de alguna conversación con ella, así como del artículo «La Academia Cubana de la Lengua. Notas para la historia de una corporación», escrito por las licenciadas Patricia Motola y Marialys Perdomo y publicado en el número correspondiente a septiembre de 2009 y enero de 2010 de la revista Opus Habana. Desde luego, soy responsable de las opiniones aquí vertidas.

Los antecedentes de esta corporación remiten a Europa. La Academia Italiana della Crusca nació en Florencia en 1528, y la Academia Francesa en París, en 1635. En su estela, entre 1713 y 1714 (malos tiempos para el país y para el idioma), se creó en Madrid la Real Academia Española. Vale la pena destacar que ni Portugal ni Inglaterra, según lo que sé, contaron con entidades semejantes. Y menciono a estos últimos países porque ellos, como España, tendrían vastas posesiones coloniales en América, de lo que hablaré luego.

El ostentoso lema de la Real Academia Española (que no sé si se mantiene), «Limpia, fija y da esplendor», revela  incomprensión de la naturaleza de cualquier lengua, que se encuentra constantemente en crepitante proceso de reelaboración (la energia a que se refirió Wilhelm von Humbolt), lo que hace imposible fijarla. Sin embargo, es cierto que quienes nos valemos del español (los ciudadanos de esa lengua, como dijo en Madrid Rubén Darío cuando lo tildaron  de meteco) disponemos de un instrumento de creciente difusión planetaria que debe ser preservado y defendido. De ahí que haya sido justa la preocupación sostenida en ambas márgenes del Atlántico a raíz de la secesión de la Hispanoamérica continental en las primeras décadas del siglo XIX. De este lado, algunos despistados consideraron que una suerte de independencia lingüística debía seguir a la independencia política, y que en nuestros países se repetiría la fragmentación lingüística que siguió a la caída del Imperio Romano. Pero en América se alzaron voces sabias contra  el peligro. El ejemplo más notable de ello fue la faena en este orden del venezolano-chileno Andrés Bello, que llevó a Amado Alonso y Pedro Henríquez Ureña a llamarlo «el más genial de los gramáticos de lengua española y uno de los más perspicaces y certeros del mundo». Es difícil no pensar que muchos en España sintieron nostalgia colonialista frente a aquel peligro. Pero parece positivo que empezaran a crearse Academias más allá de la península. Así, en 1871 nació la Academia Colombiana de la Lengua, la primera Correspondiente americana, con sede en Bogotá, y posteriormente surgieron otras. Entre ellas, en 1926, la Academia Cubana de la Lengua.

El primer director de tal Academia fue Enrique José Varona, el intelectual más prestigioso del país en ese momento. Hace poco hablamos el colega y tocayo Roberto Méndez y yo del hecho singular de que el también camagüeyano Varona, quien a la sazón tenía más de setenta y cinco años, se había ido radicalizando con el tiempo, lo que lo llevó a ser reconocido como guía por muchos de los integrantes  de la entonces joven generación cubana, parte de la cual se expresaría a partir del año siguiente en la Revista de Avance. En el cruce de cartas entre uno de los editores de dicha revista, Jorge Mañach (quien a sus veintisiete años integró la nómina inicial de la Academia), y Varona, este se mostró más optimista que aquel ante el panorama de la época. No menos significativo fue que el vicedirector de la Academia recién creada fuera Fernando Ortiz, a quien se deberían numerosas empresas culturales cubanas y es considerado el gran gestor de la Academia Cubana. Así pues, la Academia nació teniendo a su frente a figuras de nuestra cultura muy valiosas tanto por sus obras como por sus actitudes.

En 1951 se creó en México, el país con  mayor población hispanohablante en el mundo, la Asociación de Academias de la Lengua Española, que reúne a veintidós Academias existentes. Fue un paso importante para que fueran consideradas inter pares. Pero ello no se ha cumplido aún, pues desde entonces hasta hoy quien sea electo director de la Real Academia Española es ipso facto presidente de dicha Asociación. El roce con la Real Academia Española explica hechos como que nuestro gran lingüista Juan Miguel Dihigo se negara a encontrarse entre los fundadores de la Academia Cubana, y cuando al cabo aceptó ingresar no asistió a ninguna de sus reuniones. La razón de esa conducta estaba en que Dihigo había puesto muchos reparos al Diccionario de la Academia española, a la que no le reconocía suficiente autoridad. No estaba solitario Dihigo. En su admirable «Letanía de nuestro señor don Quijote», llamado allí «señor de los tristes» (poema que, por cierto, entusiasmaba al Che), había escrito Darío, el americano fundador de la moderna poesía  en lengua española:
De tantas tristezas, de dolores tantos,
            de los superhombres de Nietzsche, de cantos
            áfonos, recetas que firma un doctor,
            de las epidemias de horribles blasfemias
            de las Academias,
            líbranos, señor.

Hay que añadir que otras importantes personalidades se han negado también a formar parte de las Academias. En su último viaje a Cuba, me contó Rafael Alberti una conversación que tuvo con Dámaso Alonso, su amigo y compañero de la Generación del 27, quien lo instaba a entrar en la Real Academia. Alberti le respondió que cuando eran jóvenes ambos iban a orinar en los muros de esa Academia, y el autor de Marinero en tierra no había cambiado de opinión. En cuanto a Cuba, escritores reconocidos como Cintio Vitier y Fina García Marruz se negaron a formar parte de nuestra Academia. Recuerdo ahora una conversación con el colega Antón Arrufat en que nos preguntamos si José Lezama Lima y Virgilio Piñera hubieran ingresado en la Academia. Concluimos, creo recordar, que debíamos comportarnos como si lo hubieran hecho.

Los integrantes de la Academia han sido y son escritores y también estudiosos de nuestra lengua. Al valerme de este sintagma, voy a volver a citar, como hice en 1995, en mi discurso de ingreso en la Academia, palabras que escribiera en su libro Los 1001 años de la lengua española el notable filólogo mexicano Antonio Alatorre:

[…] a diferencia de otras historias [dijo Alatorre], la mía no dedica un capítulo por separado al español de América, a manera de complemento o de apéndice. La falta no se debe ciertamente a que la materia me parezca secundaria o desdeñable, sino a todo lo contrario. Somos americanos la inmensa mayoría de los hablantes de español. El «español de América» no tiene por qué ser tratado aparte. El posesivo nuestra de «nuestra lengua» nos engloba a todos por igual. Tan hispanohablante es el nacido en Almazán, provincia de Soria, como el nacido en Autlán, estado de Jalisco. Muy escondida, muy disfrazada a veces, pero muy tenaz, existe en muchos españoles y en muchos hispanoamericanos la idea de que el español de América es, de alguna forma, menos bueno, menos correcto, «legítimo» que el de España. En  mi libro no encontrará el lector ningún apoyo para semejante idea, que me es ajena por completo.

Aunque en la actualidad aproximadamente nueve de cada diez hablantes del español vivimos en América y solo uno lo hace en España, quizá haya que atribuirle a la pervivencia de aquella «idea» mencionada por Alatorre el hecho más bien escandaloso de que dispongamos de diccionarios de americanismos, pero todavía no de un diccionario de españolismos. Que hay españoles incluso eminentes que han creído o creen en la inferioridad del español americano lo probó Américo Castro al publicar en 1941 su libro La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico. Jorge Luis Borges lo impugnó en un texto memorable: «Las alarmas del doctor América Castro». Tengo en mi biblioteca un ejemplar de la lamentable obra de Américo Castro, pero no vale la pena citarla. En cambio traeré aquí varias observaciones procedentes del ensayo de Borges, quien fue miembro de la Academia Argentina de Letras:

He  viajado [escribió Borges] por Cataluña, por Alicante, por Andalucía, por Castilla; he vivido un par de años en Valldemosa y uno en Madrid; tengo gratísimos recuerdos de esos lugares; no he observado jamás que los españoles hablaran mejor que nosotros. (Hablan más alto, eso sí, con el aplomo de quienes ignoran la duda.) El doctor Castro nos imputa arcaísmo. Su método es curioso: descubre que las personas más cultas de San Mamerto de Puga, en Orense, han olvidado tal o cual acepción de tal o cual palabra: inmediatamente resuelve que los argentinos deben olvidarla también…El hecho es que el idioma español adolece de varias imperfecciones (monótono predominio de las vocales, excesivo relieve de las palabras, ineptitud para formar palabras compuestas) pero no de la imperfección que sus torpes vindicadores le achacan: la dificultad. El español es facilísimo. Solo los españoles lo juzgan arduo: tal vez porque los turban las atracciones del catalán, del bable, del mallorquín, del galaico, del vascuence y del valenciano; tal vez por un error de la  vanidad; tal vez por cierta rudeza verbal (confunden acusativo y dativo, dicen le mató por lo mató, suelen ser incapaces de pronunciar  Atlántico o Madrid, piensan que un libro puede sobrellevar este cacofónico título: La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico).

Uno de los logros mayores de la Academia Cubana de la Lengua se debió al académico Adolfo Tortoló, a quien, siendo yo muchacho, me llevó a conocer mi padre, condiscípulo suyo en Matanzas. Cuando se realizó en Madrid,  entre el 22 de abril y el 2 de mayo de 1956, el II Congreso de Academias de la Lengua, a dicho Congreso Tortoló envió su magistral trabajo «La legitimidad gramatical de la pronunciación hispanoamericana». Allí, con gran acopio de razonamientos y oportunas citas, logró que se reconociera que no es error de nosotros los hispanoamericanos la distinta forma de pronunciar ciertos fonemas, concretamente la zeta, sino que existen en nuestra lengua (incluso en parte de España) dos sistemas fonológicos, en uno de los cuales se pronuncia la ce de cierto, y en otro se pronuncia como ese. En ninguno de ambos se está equivocado: simplemente son distintos. Hubo que esperar a aquella fecha, relativamente reciente, para que la Real Academia aceptara el hecho multisecular de que los hispanoamericanos y algunos españoles tenemos maneras de pronunciación que no se corresponden con las de gran parte de estos. En nota al pie de su trabajo, Tortoló llamó la atención sobre el hecho de que Darío hiciera rimar palabras que muchos españoles pronuncian con zeta con otras que todos pronunciamos con ese. Es fenómeno que ya se encuentra en Espejo de paciencia, supuestamente escrito a principios del siglo XVII.

En  líneas anteriores mencioné que, según creo, a diferencia de Francia y España, ni Portugal ni Inglaterra tienen instituciones académicas que se propongan limpiar, fijar y dar esplendor a sus lenguas respectivas. No parece, sin embargo, que sus excolonias americanas hayan sufrido por esa ausencia. El inglés de los Estados Unidos y el portugués del Brasil gozan de buena salud. Sus literaturas, como la nuestra hispanoamericana, cuentan hoy entre las mejores del mundo. ¿No deben esos ejemplos ayudarnos a ser fieles al gran Darío y al modesto Tortoló?

Muchos nombres ilustres están vinculados a la Academia Cubana de la Lengua. Ya mencioné a Enrique José Varona, Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Adolfo Tortoló. Añadiré a José María Chacón y Calvo (impulsor junto a Ortiz del nacimiento de nuestra Academia), Medardo Vitier, Agustín Acosta, Felipe Pichardo Moya, Esteban Rodríguez Herrera, Raimundo Lazo, Dulce María Loynaz (a quien se debe en gran medida la sobrevivencia de la corporación), José Antonio Portuondo (cuyo centenario conmemoraremos pronto), Salvador Bueno, Lisandro Otero, Ofelia García Cortiñas, Ángel Augier, Nara Araújo… Me detengo ante los actuales académicos, pues no se puede ser juez y parte. Ojalá no los haya defraudado con este texto que no hubiera escrito sin la solicitud que me hicieron.